18.5.07

A-chalay la que se viene


Pero por qué, gallinas... tanto tiempo haciendo fuerza para alejar al burro del trago y ahora parece que tiene todo arreglado con el Necaxa de México. Al final es como con el Diego: lo quieren matar, cor dió, lo quieren matar.

Salud, jujeño, ojalá que entre empinadas y picotazos llegues al máximo de tu rendimiento.

2.5.07

Tanto tiempo buscando y acá está

Esto me lo debía. Tanto tiempo en la ruta, entre un lugar y otro, con cuadernos y lapiceras intentando escribir algo decente, y en el libro Automotrices, de Lucas Tejerina, encontré la perfección.
Si estas líneas blancas y amarillas
no vendrían conmigo metro a metro,
si este largo tendido de postes y cables
no harían de mí su motivo de guardia;
si el lugar donde voy no estaría
viniendo a mi encuentro,
como viene hacia mí un transporte pesado,
entonces la nostalgia que llevo y me lleva
simplemente sería por épocas pasadas,
sin embargo
es por la edad perdida mi nostalgia,
es por la edad perdida.

El auto que me cruza está regresando,
el hombre que cree, ciegamente,
conducir ese auto,
está regresando,
el camino que lleva de retorno a ese hombre,
está regresando;

¿de dónde es que se vuelve, Dios mío,
de dónde es que se vuelve?
¿Y qué es lo que se deja,
qué es lo que se deja
cuando se cierra la puerta
y se emprende la marcha?
Es más,
¿por qué marchamos?,
si ya hemos comprobado
que llegar nunca se llega,
que partir es la mitad de un camino siempre vano
que perfecciona el volver. Pero no lo completa.

¿Por qué me detengo a orinar estos cardos?
¿Por qué fumo, uno tras otro,
un tabaco inconcluso?

Estas cosas las creo, intuyo otras.
Íntimamente sé que la vida es basura,
igual, soy brutalmente feliz,
como un tractor.
Creo que no hay que agregar nada. Esto es Automotrices (2005), de Lucas Tejerina, editado por La Creciente en Córdoba.

26.4.07

El regreso del papel araña

Cuando se hizo de día, ese domingo del robo, pedí un teléfono prestado y llamé a mi madre para pedirle que denunciara el celular que veinte días antes me había regalado. Me contó que ya le habían avisado, y que el trámite estaba hecho. La empresa inhabilitó el chip, en ese mismo momento. Pero los ladrones se llevaron el teléfono, quizás, más elegante del mercado.
Los días sin teléfono fueron sencillos y ya conocidos por todos: un bolsillo libre, una interrupción menos, una posibilidad extinguida de convenir encuentros rápidos y generalmente incómodos. Sin embargo, madre fue hasta la empresa de celulares, compró otro, lo forró y lo mandó directo a Córdoba. Llamó por teléfono al trabajo para avisarme.
Entonces le hice la pregunta: cómo lo mandaste. Cómo antes, me dijo. ¿Igual que antes?, le pregunté. Por supuesto que no, respondió, casi contenta.
Me acerqué hasta la empresa de transportes. Pedí la encomienda. Todos los estantes estaban atiborrados de cajas marrones y aburridas; salvo una caja de zapatos, bien a lo lejos, forrada con papel araña color verde, aún más intenso que el azul anterior, brilloso, como siempre, empapado de ese relieve simpático. Mi madre, ahora sí, lo había comprado a propósito: caminó hasta la misma librería de antes, supongo, y pidió otro color, más fuerte, a la misma vendedora. La persona que se lo vendió debe haber pensado: "esta señora compra papel araña, todos los meses".
Todos coinciden en que la mejor manera de olvidar recuerdos feos es reemplazándolos lo más pronto posible con recuerdos lindos: me quedo entonces con la expectativa creciente de ver al empleado del transporte dirigiéndose lentamente hacia la caja; mirándole el lomo; controlando el nombre y ejecutando la entrega. Me quedo con la caminata hasta casa, con la manera de aprisionar la caja, con la búsqueda de la tijera, la apertura más cuidada de un regalo en la historia de los regalos, con el papel verde difícil de manipular que ahora ilumina un pedazo de mi biblioteca.
No creo que sea necesario exponer todas las prestaciones del teléfono nuevo. Con sólo ver la caja, pude darme cuenta de que era aún más elegante que el anterior. Ojalá que, algún día, el mundo nos pueda entregar cada electrodoméstico forrado con papel araña, cada aparatito nuevo envuelto por esa textura indemne, cada producto innovador asfixiado por el brillo ordinario del pasado. Un precinto de control de calidad.

24.4.07

Algo oscuro en el centro

Bueno, voy entonces con lo que pasó el fin de semana, ahora que ya pasaron dos noches en las que pude despertarme únicamente con la alarma del reloj despertador. El viernes me escapé con mi novia a Unquillo, para quedarnos el finde en la hermosa casa de su prima (supongamos que la prima se llama Ana, o Laura), enclavada en una pequeña ladera de montaña, con vista al Pan de Azúcar. La casa está en una suerte de barrio cerrado, un poco lejos del pueblo. Un lugar demasiado lindo para todos los días.
Ese viernes por la noche fuimos a comer con la prima de María (embarazada de ocho meses y tres semanas, a punto de explotar) y su marido a lo del Gallego; fonda ubicada en Río Ceballos. Toro viejo con soda, lasagna, rabas, raxo de cerdo con papas fritas y puré, flan con crema. Volvimos, vimos películas. El sábado comimos ñoquis caseros. Por la tarde me senté en la cornisa del pasto a leer un poco: estuve un rato hasta que alguien puso a sonar las suites 1, 2 y 3 de Bach y me obligó a entrar a la casa, para escuchar de cerca.
Esa misma tarde llegó la última visita: una gran amiga de la prima embarazada que, supongamos, se llama Daniela (no sé por qué no quiero dar los verdaderos nombres). Daniela, entonces, llegó con su última joya: un bebé llamado, supongamos, Fidel, o mejor le pongo un nombre de esos que ahora las actrices les ponen a sus hijos; el bebé Benicio, entonces, una rata de veinte días, en etapa de formación intestinal, tomando la teta todo el día, llorando discretamente (la verdad que lo hizo muy poco) sólo para pedir leche de la teta libre. Benicio, Daniela, Ana la embarazada, su marido, María y yo, cenamos ese sábado unas pizzas con empanadas y cerveza; vimos unos capítulos de Angels in America y nos fuimos a dormir.
En la madrugada del sábado sentí ruidos en el pasillo, voces que sonaban fuerte, y lo primero que se me cruzó por la cabeza fue que Ana estaba por dar a luz. Abrieron la puerta de la pieza en la que dormía junto a mi novia y la primera imagen que pude distinguir fue la de un orificio de pistola, plateado en su contorno, oscuro en el centro.
Nos asaltaron.
El marido de Ana estaba con muy poca ropa; yo también. Las chicas estaban en pijamas. Los dos tipos que habían entrado nos juntaron a todos en la pieza donde yo dormía. Daniela, llorando despacito, con Benicio en brazos, Ana tratando de mantener su panza a salvo, María acostada a mi lado, congelada, yo completamente cagado en las patas. Los perros también, adentro de la pieza.
La metodología de la pareja delincuencial fue la corriente: agitaron buscando una caja fuerte, joyas, la guita que supuestamente les habían “marcado”, amagaron con llevarse al dueño de casa a un cajero automático. Dijeron que ese era el laburo que les tocaba ejecutar. Que tranquilamente podrían hacerlo mal, y matar a la gente, pero que lo hacían bien, y por eso sólo gritaban y amenazaban. Uno de los pibes se la agarró con María, en un momento, por una supuesta cadenita de oro que no existía; después se la agarró con mis zapatillas, y hasta creo que se burló de ellas.
Juntaron todo lo que podían llevarse de a pie; estuvieron cerca de cuarenta minutos. Un minuto más largo que otro. Uno de ellos guardó todos los celulares en un bolsillo: sacaba de a uno, mientras lo mirábamos, y decía “éste es feo, éste es feo, éste es feo…”. Se llevaron mi bolso, todos los celulares, cinco o seis objetos electrónicos de valor, cámaras de fotos, un cepillo de dientes eléctrico, una Match 3, dos MP3, un poco de plata que había en la casa, la plata de todas las billeteras. Cerraron la puerta de la pieza con una llave de mi llavero: la llave con la que todas las mañanas abro la oficina. La llave con la que, hace minutos, abrí la oficina y me senté a escribir esto.
Ahora estamos bien, un poco más tranquilos. A María, hasta ayer, le costaba conciliar el sueño. Yo lo hice sin demasiados problemas. Me puse feliz cuando escuché el despertador: lo único que me obligó a madrugar fue un ruidito, sencillo, inofensivo. Sin contornos plateados. Sin algo oscuro en el centro.
Me retiro del texto porque me acaban de pedir la llave en cuestión, de la oficina, para abrir otra puerta. Me pregunto cuántas puertas se podrán abrir con esta llavecita; una llave doradita por la que nadie hubiera dado ni un solo mango, llavecita que acaricio, amaso, masajeo con las yemas de los dedos, como si algo pudiera reconocer en ella. Como si pudiera darme alguna respuesta.

17.4.07

Aclaración: Santaolalla

Aprovecho este pequeño espacio brindado por los organizadores del blog para aclarar un malentendido que ha sido provocado por mi absoluta falta de pericia. Durante mi última estadía en la ciudad de Neuquén pude reencontrarme con el Magnánimo poeta ensayista de milanesas Héctor Karamasov-Kafelnikov-Kalamicoy que, al ofrecerme su crítica sobre el material publicado en esta sábana vertical e infinita de pelotudeces, llamativamente denominada Ponte una oveja (ande quieras), encontró uno de los puntos más flojos del contenido en el post que refiere al retacón Gustavo Santaolalla. El poeta K interpretó que ese texto elogiaba el segundo logro consecutivo de la estatuilla jolibudense, cosa que yo nunca quise decir. Luego el Chimango Jaramillo me confesó algo parecido. Por esa razón, he decidido modificar un poco el texto, no sólo para suplir mi falta sino, también, para evitar convertirme en una víctima más de la actividad favorita que (según Federico Levín) practican a cada minuto los hermanos Kalamicoy: la conspiración.