22.1.09

El comienzo de algo


1. Ninguna siesta

Según el servicio meteorológico nacional, 39 grados a esta hora en el Alto Valle del Río Negro. Hace ya unos días que pienso en volver a escribir acá y en hacerlo a partir de un tratado personal sobre las vicisitudes cotidianas, algo dentro de todo idéntico a lo que hago siempre, o por lo menos cada vez que me siento a escribir. El interrogante repetido fue, a lo largo de estos días, cómo comenzar y cómo ordenar las ideas de un tratado sobre la cotidianeidad de un verano de enero en este planeta, y la respuesta a ese interrogante, aún, no aparece. Por lo tanto el comienzo de una descripción minuciosa sobre pelotudeces que no le interesan a nadie salvo a mí no puede comenzar por otro sitio que no sea el baño. En estos días de enero, como casi todos los eneros, aprovecho el tiempo para leer, y recién, a eso de las cinco y cuarenta de esta tarde, terminé en el baño una novela que se titula Aráoz y la verdad, de un escritor porteño que se llama Eduardo Sacheri. Sacheri es un escritor mediocre que propone historias divertidas. Escribe de mediocre para abajo, y recrea (y sostiene) sus historias de un modo casi jolivudense. Pero la leí toda, a la novela, con un cierto aire de ingenuidad, y también con un cierto cariño por la trama, una especie de empatía de un verano en enero en esta parte de la tierra. En definitiva, lo que quiero decir es algo quizás común para algunos, pero evidentemente cierto: todos los libros deberían terminarse cagando. Es una verdadera satisfacción terminar un libro sobre la tabla del inodoro, no importa si antes o después de limpiarse, ni tampoco si el olor es nauseabundo o si el baño se respira un poco viciado pero habitable.

Entrar de madrugada a la casa en la que viven los padres, previo paso por una reja chillona en medio de un barrio mudo, el retumbe de la puerta, un gato gris durmiendo sobre un sillón de un living, la penumbra natural que allí persiste. Tocar al gato: creo que allí comienza un capítulo de las cosas que no se piensan, un automatismo digno de ocupar este tratado. El gato duerme pero no responde como siempre; está pesado, respira bruscamente siguiendo el ritmo entrecortado de un fuelle, y no puede echarse sino es de costado. Eso es un problema. Allí, de madrugada, hay un problema. Dormir hasta la mañana, y al despertar, un ruido a tos, o mejor dicho a carraspera de gato, el mismo gato gris ensaya distintas carrasperas y no puede ni contraer las pupilas.

Llevar un gato al veterinario en un canil pequeño: primero meterlo a la fuerza (no tanta porque el gato no puede oponerse demasiado), subirlo al auto, escuchar luego su maullido apagado, afónico, su queja, su resignación, su ansiedad. Manejar con un gato encerrado al lado. Hablarle al gato, como se le habla a un bebé. No importa, Grisi, ya llegamos. Te vamos a hacer ver, mamita, por la carrasperita esa. No, mi amor, no llores, ya volvemos a casa. Ya pasa.

Un gato, entonces, que intenta no-salir del canil hasta que se ubica éste último en sentido plenamente vertical y el gato gris cae sobre la camilla metálica de un veterinario con nombre de boxeador: Raúl Héctor De Ccico, sesenta y nueve ochocientos, oriundo de la ciudad de Cipolletti, con un récord de veintiocho-cuatro-uno, experto en semiología, como todos los veterinarios, y una auscultación, palpar la zona del vientre, preguntar por la caca y las costumbres, preguntar, en resumen, por esto. Por el tratado cotidiano de un gato que finalmente parece sufrir una insuficiencia cardíaca.

Grisi es una insuficiente cardíaca. Se le inyecta en la patita izquierda (allí donde queda carnecita; allí donde todos intentarían morderla si alguien la tirara a la parrilla) una mezcla de descongestivo y diurético y se la envía a su domicilio particular: si mejora, entonces el diagnóstico es correcto. Grisi vuelve a su casa, la temperatura es apenas menor a la del comienzo de este texto, se echa en la sombra. El piso es granito negro, está fresco.

Enero sigue, todo.

Se sucede otra entrada de madrugada, el mismo quejido de la reja, la misma puerta de entrada abriéndose. Pero surge una diferencia. La mente cotidiana intuye que sobre el sillón habrá una gata gris –claro que sí, se llama Grisi y es una gata, no un gato– que tendrá carraspera porque los veterinarios no hacen otra cosa que ejecutar hasta el hartazgo el ensayo y el error, y en este primer caso, alguien habrá yerrado. Después de la puerta la penumbra, y sobre el sillón la Grisi. “Qué hacés acá, Grisi”, se piensa. Ella está echada, llamativamente, como siempre lo hacía: de pechito. Agacharse junto al sillón, muy despacio con el único reflejo de un llavero y de los ojos de la gata. Abrir la mano en el espacio del living. Estirar los dedos. Ponerlos rígidos, mirarlos con lo poco que se tiene, girar la mano muy, muy despacio y asentarla sobre el pelo gris. El pelo es suave, el vientre se infla y se desinfla con armonía, un suspiro pacífico, silencio que entra por la naricita de una gata, silencio (otro) que sale por allí mismo. Acercar la nariz propia a la nariz de un gato con insuficiencia cardíaca. Un gato que vale más que muchas personas juntas. Que ha sufrido. Que ha vivido. Que al morir, otra vez, no va a tener memoria. No va a recordar el estrés del viaje al veterinario. No va a recordar las siestas. Ninguna siesta. Pero un gato que, por fin, habla.

Nariz contra nariz.

“Mau”, dice.


2. El juego de un gato

Si uno supiera por lo menos que los muertos se quedan con la memoria. Si uno pudiera saber de alguna manera que al morir queda la chance de recordar, de hacer un repaso lento, lento, muy lento de las cosas que se ataron y se desataron, de atardeceres acelerados hasta la locura, de vientos ralentizados hasta el ritmo de una respiración nocturna, un entramado fino, minucioso de escenas y argumentos, algo así como una bola de hilos. Si cada uno sobrevive en este globito achatado gracias a la bola de hilos que va enredando minuto a minuto, los muertos (nosotros, después) tendrían que tener la posibilidad de jugar con su propio hilo: mezclarlo de la manera que se le cante al quinto forro de las pelotas de cada uno pero por lo menos, en medio de esa soledad, la primera de todas, por lo menos recordar, releer la experiencia, reinventarla hasta que las mismas coordenadas mueran. Si nosotros, al final, pudiéramos morir antes de nuestras propias coordenadas, entonces, creo, sería mucho más tranquilizador, aún, acariciar un gato que yace en un sillón, a oscuras, con una insuficiencia cardíaca.


3. Llenado y vaciado

Lo cotidiano es cálculo. Todo cálculo es registro de lo cotidiano. Más vale. Ay, qué loco, acaba de descubrir el mundo. Dirían otros: ay, qué loco, le chupa la pija a un muerto. Y sí. Acá calculo. Compré hasta hoy 45 botellas de cerveza, botellas chiquitas. Tomé 16 litros de cada una de ellas. Hablo por chat con mis amigos que respiran en otros sitios, brindo a 14 mil kilómetros de distancia, y al dejar la computadora sólo quedan las botellas vacías sobre el escritorio y una habitación tranquila. Recién aquí comienza lo cotidiano. En el acto que surge de levantar envases viejos y acomodarlos contra el borde de una mesada en una cocina.

Tomar cerveza en botellas chiquitas es colocarlas en un freezer, buscar la posición menos molesta de cuatro o cinco cubeteras y allí encima apoyar las botellas, algo así como media hora para que al sacarlas, transpiren, y se les pueda poner una rodaja de limón dentro: una rodaja que casi las rebase. Entonces es: destaparlas. Tomar el primer sorbo. Gozar las primeras burbujas, sufrir las segundas. Mirarlas a la luz: la revelación más pelotuda de todas al sentir una suerte de alegría estética porque una rodaja de limón macera el contenido de una botella de cerveza que fue elaborada y envasada en México y trasladada a una ciudad de la Patagonia, duplicando y triplicando su valor y finalmente fue puesta de cara a un foco bajo consumo, indicado por el gobierno nacional, para disfrutar de una rodaja de limón que burbujea e intensifica su color amarillo, ya en medio de otro color amarillo que la envuelve, y demuestra que sí, que una cerveza con limón sabe a cerveza con limón, y que sí, eso brinda un gustito a limón en toda la boca.

El tiempo de lo cotidiano es el tiempo que transcurre entre el llenado y el vaciado de un envase. El tiempo ramificado de lo cotidiano es, por ejemplo, lo que tarda en pudrirse una rodaja de limón dentro de un envase vacío, que algún ansioso, alguno de esos que todavía creen en los secretos, va a romper, y a pisar, para saber si todo está seco, si todo está bien pero bien seco. Como aquí enero.

21.1.09

La conciencia del fuego apagó la de la tierra. Mi visión del mundo se resuelve en un adiós dudoso, en un prometedor nunca.
Culpa por haberme ilusionado con el presunto poder del lenguaje.
Todo es un interior. Por tanto, el poema es incapaz de aludir hasta a las sombras más visibles y menos traidoras.
Hablar es comentar lo que place o disgusta. Lenguaje visceral constatador de los fantasmas de las apariencias.
Escribir no es más lo mío. Con sólo nombrar alcoholes temibles, yo me embriagaba. Ahora -lo peor- es ahora, no el miedo a un desastre futuro sino la de algún modo voluptuosa constatación del presente infuso de presencias desmoronadas y hostiles. Ya no es eficaz para mí el lenguaje que heredé de unos extraños. Tan extranjera, tan sin patria, sin lengua natal. Los que decían: "y era nuestra herencia una red de agujeros", hablaban, al menos, en plural. Yo hablo desde mí, si bien mi herida no dejará de coincidir con la de alguna otra supliciada que algún día me leerá con fervor por haber logrado, yo, decir que no puedo decir nada.

(Pizarnik en enero. Gracias a Manuela)

13.1.09

Plop, de Rafael Pinedo. Esa es la novela que leería en este verano, si yo fuera ustedes.

19.12.08

Murió el "cachorro fumador"


El perro consumía medio atado de cigarrillos diariamente. Falleció atropellado.

Redacción LAVOZ.com.ar

Un perro llamado General Edi, más conocido como el "cachorro fumador", no murió a causa del tabaco. El pobre animal tuvo un final trágico cuando murió atropellado en Graz, Austria, durante un paseo, según indica la edición digital de The Sun y Globo.com.

El dueño del can, Wolfgang Treirler, informó que el animal tenía unos 24 años, edad hombre, y que masticaba la mitad de un atado de cigarrillos desde cachorro.

El comía tabaco y, en seguida, masticaba un tiempo antes de escupirlo", dijo Wolfgang Treirler. "En promedio, el comía cerca de diez cigarrillos por día, aunque todos sus dientes estaban bien", explicó.

Por su parte, el veterinario Harald Mayr indicó que la "nicotina normalmente produce intoxicación en los perros, aunque en este caso, el animal obviamente se volvió vicioso, lo que aumentó su nivel de tolerancia".


13.12.08

Penal y gol es, por supuesto, gol

Pasen por la videoteca, después de mucho tiempo, que puse un video estremecedor del afamado programa (ya extinto) denominado Penal y Gol es Gol. Que lo disfruten.

11.12.08

Lo que sueño

Hace unas semanas, en un colectivo –larga distancia– del lado de ventanilla, celebridades. Luis Alberto Spinetta me llevaba a jugar al golf en tierras neuquinas, vestido con su tradicional ambo de recital en vivo. Camisa aleopardada, pantalón angosto aleopardado, el flaco me conversaba entre tiro y tiro, estaba dulce como un beso, y jugaba relativamente bien. Llevaba el carro con los palos. Reía y levantaba la cabeza. Jugaba con lentes.

Un instante después Spinetta desapareció y dio lugar a una cama de una plaza, esqueleto de metal, en una habitación tan blanca que no se le veían las paredes. Una habitación que estaba enteramente moldeada por las novelas de la tele abierta, o por las películas cómicas de Hollywood: era exactamente igual a todas las habitaciones de las novelas donde alguien muere y sube al cielo y es recibido por Dios. Llámese Dios a Julián Weich, Alfredo Alcón o Morgan Freeman que, sin duda, por cómo tiene la cara, es lo más parecido a Dios que habita nuestro planeta tierra.

En la cama había dos personas, un hombre y una mujer. La mujer, platinada y bizca. El hombre, soberbio y vestido con bijouterie. Ella, Susana Giménez. Él, Cacho Castaña. El protagonista del sueño era quien les habla y, tal como me sucede en la vigilia, no sólo miraba la cama, sino que también controlaba cada pedazo de blanco, cada detalle inexistente de esa habitación. Hasta que miraba a Susana y a Cacho. En esos momentos, ellos sonreían y a mí se me bloqueaba el aire. Cuando los miraba no podía respirar, y era tan desesperante que ellos reían más, y luego más, y yo me ahogaba. Me desperté de un salto, el hombre que viajaba a mi lado dormía y tenía los brazos cruzados. Respiré hondo.

Antes de todo eso, en mi casa, también de madrugada, me encontré en una fiesta de alguien que, por supuesto, era conocido pero yo no reconocía. Conocer a alguien en un sueño y al mismo tiempo reconocerlo, creo que es de puto. A mí no me pasa, porque soy peronista, cacique y un estimado semental. Estaba entonces en una casa antigua, gente por todos los ambientes, música de lejos, y mi director de tesis, acodado en una barra pequeña, tomando un Contreau con limón. Mi director de tesis había pasado unos días en General Deheza, y en su teléfono había documentos de esa visita. Me lo mostró. Miré la pantalla de su celular y allí comenzó a rodar un pequeño video, donde se veía la pista del aeropuerto de General Deheza. Delante de la pista, a no más de cincuenta metros, había una casa inmensa, ladrillo visto, ventanas blancas y techo azul Francia. Una casa de country pero sin country.

Llegué a ver tres despegues. El primero fue un avión que parecía liviano ya en el carreteo, y que cuando se despegó del suelo giró inmediatamente hacia un costado y de ahí cagando para arriba. Como una rata voladora. O, para ser un poco más poético y original, como un gato volador. El segundo avión fue el más normalito de todos. Despegó con la potencia y la soltura de un avión tradicional. Pero el tercero no. El tercero fue, lejos, el más grosso de todos. Un loro rojo despegó del aeropuerto de General Deheza; un loro rojo que tenía el tamaño de un Boeing 747.

Sé que es al pedo aclararlo, pero el loro era claramente un avión. Tenía plumaje natural, aunque debajo de las plumas se notaban los detalles en metal, el caparazón que le permitía volar. Es decir, un avión-loro. Despegó en la pantalla del celular y se elevó con estilo y poderío de ave; dio unas vueltas allí mismo, apenas sobre la pista, y movió la cabeza para un lado, después para el otro, y epa: volvió a aterrizar. Genio. Creí que era un modelo nuevo, y que lo estaba probando.

El aterrizaje fue realmente impresionante. Desplegó unas patas inmensas de metal semejando a una araña en celo, y derrapó cientos de metros, y rompió todo: el asfalto de la pista, los pastos de las banquinas, la pulcritud del aire, el poco silencio que había en el lugar. Derrapó, derrapó, y naturalmente tuve que aparecer con el japonés en una estación de trenes, queriendo ver al loro por las ventanillas. Nos asomamos por un ventanal gigante de la estación de trenes y pudimos ver un despegue, pero resulta que era el más normal: el segundo. Faltaban unos minutos para que despegara el loro.

Quisimos ir a otro sector de ventanales pero allí, en esa parte de la estación que ya era el interior del tren, no había butacas –clase turista, tapizados bordó–, y por lo tanto pasaban autos en dirección contraria a la nuestra. Podían atropellarnos sin ningún tipo de problema.

El tren era larguísimo, pero larguísimo en serio, y estaba lleno de gente, y junto a nuestra fila de butacas pasaban los autos, que no hacían mucho ruido. Parecían autos muy nuevos, de esos modelos ABC1 que ahora vienen tan desarrollados en cuestiones de insonoridad y seguridad vial. Esperábamos el vuelo del loro, con el japonés, el plumaje ocupando las ventanas, y entonces, ahí sí, despegamos.

26.11.08


Hace rato que no tengo un carajo de ganas que escribir acá pero hoy robo de mi hermano Chimango esta foto, y digo, grito al cielo, achino los ojos, me hago malo: ¡Hétore, pedazo de miserable querido, te has tenido que guardar en la selva chilena y el affaire mediático no te ha permitido ni comprarte unos de esos respuestos Bic con una sola gillete que no sólo no afeitan una mierda, sino que además se parecen a las afeitadoras viejas, viejas, pesadas, doradas, con un tornillito en la capocha y una chapita que se le salía y ahí la gillete, una sola hoja, que tiraba como la gran puta, que alguna vez arruinó mi tez blanca de niño para hacerme hombre!
¡Kalama querido (Kalama, nombre de boliche por antonomasia), dónde estarás ahora, predicando alguna milanesa por la tierra nuestra, cuán nostálgico me siento al verte allí, en la cornisa de un ladrillo visto, con la línea sin pulso de fondo, la sequedad transparente, los fresnos de la ciudad, concha de su madre!
Héctor, comandante en jefe de la generación de escritores neuquinos de la que ninguno integrante es neuquino, ojalá te encuentre cuando termine el cero ocho para tomar una Schneider fuerte en la esquina de Elordi e Irigoyen, oliendo pizzas inasibles y empanadas aterciopeladas. Piedra Libre, y un abrazo desde acá, te manda el pastor más soplanucas del continente americano, excluyendo a Heath Ledger, por supuesto.

12.11.08

Todo vuelve

Murió aplastada por el ataúd de su marido
La mujer viajaba en un coche fúnebre. Por accidente, el cajón la golpeó.

Agencia EFE

Una mujer brasileña murió hoy después de que el coche fúnebre en el que se dirigía hacia el cementerio al lado del cuerpo de su fallecido marido sufriera un accidente de tráfico y el ataúd golpeara su cuerpo, informaron medios locales.

Marciana da Silva Barcelos, de 67 años, viajaba en el asiento del copiloto cuando un turismo que circulaba en la misma vía que el coche fúnebre golpeó al vehículo por atrás haciendo que el ataúd se desplazara y la golpeara, según fuentes policiales.

El coche transportaba el ataúd desde la localidad de Tapes, donde la pareja vivía, hasta Alvorada, en donde el fallecido sería enterrado, ambas son localidades del estado de Río Grande do Sul, en el sur de Brasil y fronterizo con Argentina y Uruguay.