18.11.11

Por fin

El domingo 13 de noviembre a las 21:15 pude, por fin, estar ahí. Ya no estaba tan presente el recuerdo-calvario de los shows en Ferro, también noviembre, hace exactamente 6 años; shows que mis amigos se encargaron de refregarme en la cara durante tanto tiempo. Supongo que en algún momento me dedicaré a escribir sobre la banda y sobre los años en que la conocí, sobre los amigos de mi hermano que me fueron educando de bien chico en la escalada de angustia y rabia del grunge, sobre nuestro barrio, Alta Barda, del que ya compartí algunas fotos acá mismo, ese terreno decadente donde sonaba ellos, Nirvana, Faith No More, tantos otros. Pero Pearl Jam fue siempre la música de fondo de esa época del crecer. El 13 de noviembre pude hacer todo lo que tenía pendiente, y por suerte lo hice con la gente indicada. No podría haber sido de otro modo. Fui con mis amigos del barrio, ya estamos todos bastante viejos (ellos bastante más viejos que yo), pero seguimos vivos, entre enfermedades inventadas, catálogos de neurosis, dudas y frustraciones, el domingo supe que todos tenemos aún ganas de sentir en la piel la potencia de lo bello y lo miserable, lo bello pasado de tiempo, lo bello agotado, lo bello sucio.
Uno de los pibes, que siempre tiene alguna cuestión de salud (antes de salir para la plata tenía dolor de estómago, cagadera y alergia), llegó al campo y se olvidó de todo. Todos nos olvidamos de todo. A las 21:15 Vedder salió al escenario a resolver la apuesta que habíamos hecho en el auto: ¿con qué tema arranca? ¿con cuál salen al palo?
Vedder está por cumplir 47 años y Pearl Jam tiene 20 y algunos meses, y como siempre, como la adolescencia misma en Alta Barda, siempre la banda y él se corren del lugar común. Pearl Jam siempre se corre del lugar. El recital del 13 de noviembre empezó con Release, una burbuja de sentimientos adentro de otra burbuja: el estadio con techo.
Todavía no puedo usar las palabras de todos los días para decir lo que fue estar ahí. Menos mal que me pasa esto. Hace un tiempo, con mi amigo Curciento nos pusimos a escribir sobre música, sobre lo que nos gustaba, y el primer texto que me salió fue éste que copio acá abajo. Se llama Rats.



Un círculo negro y en su centro, recortando la negrura con una claridad absoluta, la silueta de una rata. En las madrugadas más frías del invierno, cuando a cada día le faltaba más de tres horas para recibir la luz, ya vestido para ir al colegio, enchufaba los auriculares al único equipo de música del hogar para escuchar un disco sin nombre. A las seis de la mañana sonaba el primer despertador y eso me permitía desayunar para después dormir otros veinte minutos; pasadas las seis y media me vestía con la panza revuelta, juntaba mis cosas y empezaba a sufrir el aire helado desde la ventana de la habitación. Daba tristeza mirar la hora en esas noches cerradas, y esa tristeza me llevaba a enchufar los auriculares en el equipo, como un autista, para escuchar el disco sin nombre. El de la oveja desaforada en blanco y negro, que en la tapa atraviesa una red con el hocico.
En esos días empezó el verdadero gusto por la mugre del grunge. Ponía el disco todas las mañanas, antes de ir al colegio, sólo para escuchar una canción: la nueve. Mientras los otros dormían, enchufaba los auriculares y buscaba el tema de las ratas, y abría el librito del CD para mirar los dibujos y tratar de entender la letra. En vez de escuchar las baladas del disco (la tres, la diez), que sí se me antojaban por las tardes, prefería arrancar los días con el más fiel componente de la tragedia. Rats. Encorvado en la punta del sillón, todo empezaba con un plato y dos golpes de redo de Abbruzzese (que siempre estuvo solo) y el dibujo aterrador, inolvidable, del bajo de Ament (un adelantado), que ahí no era tan bajo sino más bien medio, el bajo de una garganta preparándose, y después los raspones de las guitarras como gritos que escapan por tubos, como resortes, y después la intromisión más susurrante de Vedder, la entonación más monocorde de toda su carrera. Y después una explosión.
No entendía toda la letra, pero la sentía. Leía las líneas en el librito y concentraba los ojos en la silueta de la rata que sigue ocupando el círculo negro. Esa voz negra y rota me decía que ellas no comen, que no duermen, que no piensan: sólo alcanzaba a traducir algunas palabras pero Vedder me describía esas encías al descubierto cuando gimen y gritan, la habilidad de ellas para sacar la suciedad, para congregarse hasta ser demasiado fuertes. Todas las mañanas tenía que ir al colegio, pero antes hacía una religión de esa voz que susurraba a ras del suelo. Vedder decía: ellas no dejan de procrear hasta estar muertas. Ellas no cagan donde suponen que no deben hacerlo. Y después el estribillo, la explosión: ellas no toman lo que no es de ellas. No se comparan.
Entraba al colegio a las siete y media, y esto pasaba a mediados de los noventa. Recién amanecía dos horas después, justo cuando terminaba el primer recreo y empezaba a levantar la helada. La cara impresa del disco no tenía dibujos ni textos: era sólo otro círculo poderoso, naranja. Completamente naranja. Años después me enteré que el disco se titula Vs.: Versus. Ahora es gracioso: eso sí que es comparar. Las ratas no se comparan, y la banda que hacía de ellas una comparación sigue siendo incomparable, pero ese círculo negro se parecía demasiado a la muerte del invierno en las madrugadas, y ese círculo naranja era casi como la vida que empezaba a oscuras, todas las mañanas.


En el recital no sonó Rats, pero sí otras canciones rabiosas, de madrugadas de invierno oscuras, escarchadas. Lo que más me salió fue cerrar los ojos y tratar de ejercitar un movimiento imposible: volver, con la mente, a cada momento preciso en que algún tema me atravesaba el cuerpo, cada momento grabado con hierro caliente. En el recital cerré los ojos, por ejemplo, y volví a las mañanas antes del colegio: cerré los ojos y volví a la primera vez que escuché el disco Vitalogy, al miedo que me produjo, mezclado con la atracción total; cerré los ojos y volví a escuchar No Code por primera vez, confundido; cerré los ojos y volví al playón de cemento donde todas las tardes algún pibe salía para decir algo, jugar al fútbol, hablar de música, o de la nada misma. Cerré los ojos con la intención de soltar el cuerpo, como lo hice (lo hago) en casa, en el medio del living. Pero la diferencia fue que el domingo 13 de noviembre cerré los ojos varias veces para decirme "están acá, la concha de mi madre, están acá", "esto no es un disco sonando en casa", "ahora ellos están acá, yo estoy acá, estamos en el mismo lugar". El mismo lugar de siempre.

4.11.11

Racing Club de Avellaneda Campeón del Mundo 1967 con el mejor gol recordado en una final del mundo





44 años pasaron y todavía no hubo un puto equipo campeón del mundo argentino que definiera el partido decisivo con un golazo así. Pasó el rey de copas, con sus definiciones por penales y sus tiritos de rastrón bochinescos, pasó Boquita con su supuesta potencia recalcitrante, pasaron las gallinas con su paladar negro ahora blanqueado, y los cuervos lamentablemente no pasaron nunca. Y nadie definió ese partido con un gol así. Los golazos no tienen edad. Nosotros sí. Me gastaron toda la vida con que algún día ese remate, de tan usado y viejo, iba a pegar en el travesaño o iba a ser desviado por el arquero. Bueno, todavía no pasó. Sigue siendo un golazo para ser campeón del mundo.
Brindo por el Chango Cárdenas, brindo por el Racing Club de Avellaneda, institución de la cual mi padre es ferviente hincha aunque diga ser de Boca (como Perón, que decía ser de Boca y era de Racing; como mi padre, que dijo siempre ser Radical y es un claro peronista), y brindo porque muera, de la manera que sea, sin sufrir pero con contundencia, la ironía que habita el cuerpo de Ramón Ángel Díaz y toda su caca esencial. Decía del pelado Díaz mi abuelo Rodolfo, que en paz descanse, cuando lo veía perder contra Boca por baile y asimismo reirse en el banco de suplentes: "Este pelotudo es una hiena. Come mierda y se ríe."
Me desvié. Te amo Racing, aunque elijamos siempre el camino más largo.

19.10.11

Vitalogy, o El estudio de la vida

Ayer soñé bravo. Me jugué la vida en el sueño, a la manera que siempre pongo en práctica cuando estoy despierto. Tenía que viajar en avión y me enteré que en ese mismo vuelo viajaba Pearl Jam. Los vi subir a todos: Jeff Ament con la sonrisa de siempre. Subí al avión y dejé una campera en mi asiento, y se ve que tuve que salir de nuevo por alguna cosita, porque cuando volví a entrar lo vi subir a Vedder, y lo seguí desde atrás. Caminó todo el pasillo hasta su asiento: le había tocado frente a mí. Literalmente, porque el avión tenía filas de asientos enfrentadas, como un tren. Vedder frente a mí: los dos del lado del pasillo. Corrí la campera y me senté, y lo miré. Él estaba tranquilo, como siempre. Me miró y después buscó la ventanilla. Habrán pasado no más de treinta o cuarenta segundos y no aguanté más. Y en el mismo sueño practiqué, ensayé, la manera más simple que tenía a mano para explicarle todo lo que me pasaba adentro, pero en inglés. Ahora me doy cuenta que todo ese pensamiento, ese cálculo, la inseguridad y la duda de qué palabra tenía que decir, fue exactamente igual en el sueño a cómo sucede en la vigilia. Entonces busqué las palabras, hablé como indio inglés, ya lo sé, pero me miró, me escuchó, y me entendió. Lo traduzco acá: le dije Eddie, mirá, vos estás sentado acá adelante mío y esto para mí es como un sueño hecho realidad, no tenés idea la dimensión que tiene tu presencia tan cercana. Él sonreía a medida que iba entendiendo y yo seguía explicándole que compré el primer disco de la banda cuando todo empezó a ponerse miserable, cuando empecé a ver de reojo que la cosa no era tan sencilla, y que desde ahí ya no pude volver a pensar las cosas como eran antes de pasar la cortinita de la miserabilidad y la tristeza. Le dije que después de Vitalogy nada podía volver a ser como entonces, como antes. Vedder me habló. Demostró, en el sueño, que podemos ser amigos, porque después la secuencia del relato saltó a otro momento en el que ya no estábamos arriba del avión y yo parecía acompañarlos a hacer algo en la previa de un concierto. El final de todo esto es que seguí con la misma sensación de excitación y emoción en el cuerpo, en la mente, y sobre todo seguí con el cálculo. Lo raro y nuevo de todo lo que me pasó allí, en este capítulo de la "segunda vida" (los que dicen que vida hay una sola, no sueñan), es que calculé, mientras me hacía amigo de Eddie Vedder, la fotografía perfecta. Nunca me saqué fotos con los músicos que admiro: tuve mil chances de pedirle a Luis Alberto y nunca lo hice, hasta tal punto no me gustan las fotos con artistas. Pero con Eddie crecí, aprendí, y se ve que toda esa mierda orgullosa se disvuelve ahí mismo, cuando la materia con la que se trata es visceral. Mientras Vedder hablaba, yo trataba de tomar decisiones sobre la foto definitiva. Eso era: una fotografía definitiva. Él hablaba y yo pensaba cómo hacerme sacar una foto que pudiera atravesar el tiempo: ¿usar el flash o no? eso le iba a dar una artificialidad que no se correspondía con la magia del contacto. ¿Y qué cara poner? ¿Mirar a cámara? Él lo iba a hacer, pero ¿yo también?
¿Cómo puede uno mirar a la cámara en la foto definitiva? Es ridículo. Uno tiene que dejar los ojos sueltos, en la misma dirección perdida o volátil que llevan los ojos cuando uno sueña el núcleo de la emoción del paso del tiempo. La dirección de los ojos plenos nunca es directa, concreta, achinada: los ojos de un hombre pleno, que está frente a cierto sentido de las cosas, guardan en sí un velo de preocupación. Es una maniobra estratégica e ideal para que los otros no te anden envidiando o hinchando las pelotas.
La foto, en el sueño, nunca se sacó. O no fue tradicional. La foto es ésta.

3.10.11

Murió atragantado por una mandarina

Sucedió en Camilo Aldao, Córdoba. Las dudas.

"Una sana fruta que terminó siendo la causa de muerte de un cordobés"


José Romero, de 55 años, encontró la muerte donde menos pensaba: en los gajos de una mandarina.

El hecho tuvo lugar en la localidad cordobesa de Camilo Aldao, según señalaron fuentes policiales.

El hombre fue encontrado en plena calle, tirado, junto a unos gajos de mandarina que le obstruían la tráquea. Ya sin signos vitales fue remitido al hospital de esta localidad del sudeste cordobés, donde determinaron la muerte por bronco aspiración, según informó el sitio cadena del sudeste.

El dato fue confirmado también por fuentes policiales de esa localidad. El comisario Marcelo Barrionuevo señaló: "Inmediatamente se lo trasladó al hospital local donde se confirma el deceso; donde se le extraen gajos de mandarina. A posterior, el diagnóstico es que presenta bronco aspiración seguida de muerte, siendo identificado esta persona como José Dionisio Romero de 55 años de edad".

acá, gracias a romi p.