9.12.14
8.12.14
Despertar y tenerte aquí
Cuando despertó, Dinosaurio se había ido. Lo habían bautizado con ese nombre tres o cuatro noches antes, sentados en el porch de la cabaña. Se acercó a una velocidad ridícula, primero entre los árboles y luego por el césped, hasta el comienzo de la escalera. Recién allí notaron su problema en las patas.
Por algún desorden de crecimiento, quizás una mutación genética, llegó lanzándose de cara contra el suelo, a cada paso. Sólo así podía avanzar. Un paso, un golpe autoinfligido. Discutieron el nombre mirándolo, con la noche inmóvil y los grillos de fondo. Dinosaurio o Tiranosaurio. Ella se inclinaba por la designación amplia, él por rendirle homenaje a esas dos patitas delanteras inconclusas, tan cortas que no le permitían adoptar el perfil de un cuerpo convencional (hasta propuso llamarlo “Rey”). Decidió ella, desde su sillón, mirándole los ojos hambrientos y espejados.
—Dinosaurio —dijo.
Había aparecido sin explicación. Lanzándose de cara una y otra vez hasta la escalera del porch. Allí pasó los días, acompañándolos, comiendo los restos de la pareja.
Cuando él despertó (tarde y solo, como siempre) quiso sentir la frescura del aire y darle los buenos días. Lo había hecho cada mañana desde su llegada. Hizo crujir las maderas del porch con los pies desnudos. Miró el bosque, y luego el entorno inmediato a la cabaña: nada. No había ojos, ni respiración cansada, ni pasto apelmazado. La comida todavía estaba allí. Pero ni un sonido de Dinosaurio al caminar.
26.11.14
Militancia
Hace doce años y once meses me encontraba llorando frente a un televisor 29 pulgadas, en el barrio Jardín de la ciudad de Neuquén, y por estar tan lejos de Avellaneda no me quedó otra que filmar el televisor, con una Sony HandyCam temblequeante. Recuerdo la textura de la manopla de tela y cuero de la filmadora, rozándome los dedos flacos. ¿Tierno? ¿Triste? No. Coherente. Soy hincha de Racing. Siempre nos falta algo. Soy hincha de Racing quizás porque mi papá jugó en Racing, pero ahí está el alma de Racing: mi papá es hincha de Boca. Hace doce años y once meses me era tan increíble lo que estaba viendo que, mientras lloraba, y veía a Bastía, Milito, Campagnuolo y Vitali en calzones montados al travesaño oeste de estadio José Amalfitani, también filmaba el televisor. Hoy esa escena es más palpable que el campeonato logrado.
Hoy, a cuatro días de que Racing juegue en el Gigante de Arroyito con Central, todo se remueve. Hace casi trece años que no podía vivir la sensación de tener chances de algo. La expectativa de estar en carrera hasta el final para alcanzar un campeonato. Escribo esto por los condimentos especiales: nunca me hubiese imaginado que este momento llegaría en Córdoba, donde nunca supe que iba a establecerme; nunca supe que este momento iba a tardar tanto. Nunca imaginé que llegaría este momento, tanto tiempo después, con Milito representándonos en el área contraria, y por sobre todas las cosas nunca imaginé que iba a tomarle tanto cariño a Belgrano de Córdoba, y al patetismo del fútbol cordobés, como para que hoy, a cuatro días del domingo, sienta una alegría especial por el hecho de que este Racing, imperfecto como siempre pero ofensivo como casi nunca, tiene entre sus filas a dos leones: Luciano Lollo, a quien vi fallar innumerables rechazos en el Gigante de Alberdi, y Ezequiel Videla, que se merece todo el placer del mundo por el trabajo que está haciendo.
Lollo y Videla, los dos cordobeses que vi de cerca en los últimos años, constituyen la columna vertebral de este Racing que llega con chances. La punta de la columna es Milito, al que filmé en bolas hace trece años.
No importa si no llegamos. Con esto adentro del cuerpo, y con este texto, suficiente como para tirar unos años más.
2.10.14
6.8.14
El libro “Los Próceres” está dedicado a mi abuelo Rodolfo Arrufat. Él fue quien disfrutaba más del fútbol en mi familia cuando yo era chico, aun con los antecedentes de mi padre, ex arquero profesional: a él lo miré para aprender a asimilar la enfermedad de la pelota, y las formaciones, y los nombres, y las camisetas. Rodolfo era un tipo abatido, apagado, casi todo el tiempo, pero cuando hablaba de fútbol, o recordaba viejos equipos, se le llenaba el cuerpo de vida. Tenía un televisor marca Saba, de 29 pulgadas, en el living de su casa (un living apagado, abatido), que ya era un aparato viejo cuando lo conocí: carcasa de madera, pantalla inmensa y semejante a una mitad de pelota de fútbol vidriada. En esos años (fines de los ochenta), las pantallas de los televisores eran tan curvadas, tan convexas, que parecían una pelota saliendo de una caja. El televisor Saba exageraba esa sensación, por su enormidad. Ahí nos sentábamos los dos, a oscuras, para ver los partidos de los torneos de verano en Mar del Plata (lo visitábamos en vacaciones), y a veces algún partido del seleccionado argentino. Recuerdo con muchísima precisión dos partidos. Un superclásico que Boca le ganó holgadamente a River 2 a 0, en Mar del Plata, con un gol de Batistuta que infló la red mientras el referí, Juan Carlos Loustau, se cubría del bombazo dentro del arco, y un partido de la Copa América Chile 1991 en el que Argentina venció a Perú 3 a 2 con un gol de Diego Fernando Latorre (acabo de darme cuenta que Maradona le puso a su último hijo el nombre de Gambetita) y uno del ¡Turco Claudio Omar García! Esos dos partidos los vimos en el Saba 29 pulgadas, a oscuras. Y como siempre, porque era una ley, veíamos la transmisión por tele pero escuchábamos el relato por radio. Mi abuelo Rodolfo, ya desde esa época, no soportaba a los relatores de la tele; sobre todo al carnero macrocéfalo de Marcelo Araujo. Lo que yo no sabía en esos primeros años de vida era que su relator preferido terminó siendo mucho más detestable que Araujo: mi abuelo Rodolfo escuchaba a José María Muñoz.
Una de las cosas que hacía Rodolfo para mí, especialmente los sábados antes del almuerzo, era prepararme un vaso trago largo de granadina con soda. Y una de las cosas que yo hacía para él, especialmente los sábados después del almuerzo, cuando todos se iban a dormir la siesta y sólo quedaba el canto reprimido de sus canarios en el patio interno de la casa, era dibujarle futbolistas, en pequeñas hojas lisas, con una birome azul. Esa era mi forma de agradecerle su atención y sus ganas de hablar de fútbol conmigo. Todavía tengo la sensación certera, y orgullosa, de mi mejor dibujo en esas tardes mudas de sábado. Mi mejor desempeño fue un retrato a cuerpo entero de César Orlando Labarre, un arquero sobrio (olvidable) y prolijo que atajó algún tiempo en el club de sus amores. Todo esto que acabo de escribir, entonces, es para llegar a ese destino. El club de mi abuelo, que justo en este momento goza de un presente histórico. Mi abuelo Rodolfo era hincha fanático de San Lorenzo. Un club que nunca me gustó. Nunca. Él me contó el origen de su sentimiento: su padre lo había hecho de San Lorenzo porque tenía los mismos colores que el Barcelona de España, club del que mi visabuelo (parece) era hincha.
Recuerdo muy bien la alegría de Rodolfo cuando vio el dibujo de César Labarre. Lo guardó entre sus papeles, con su meticulosidad habitual. En este preciso momento, San Lorenzo está jugando por primera vez en su historia la final de la Copa Libertadores de América. Rodolfo murió en el año 1999. Hoy estaría nervioso, serio y enfermo, como siempre, pero con toda la vida adentro, vibrándole en su pequeño cuerpo. Por todo esto, por la gratitud y el cariño hacia lo que fue, y porque aún lo extraño, hoy voy a alentar a estos cuervos horribles y agrandados. Frente a mi televisor de pantalla inexorablemente plana. Para informarle las novedades. Y para estar un poco con él.
26.3.14
24.2.14
“Soñé que iba en un
auto
manejando
y había una vieja al
lado
con una bebé
hermosa
era.
Y la bebé era yo también
y la vieja decía
‘pobrecita
es huérfana no tiene a
nadie en el mundo’
y yo agarraba a la bebé
a mí misma
y me la sentaba en las
piernas
y furiosa le decía a la
vieja
‘esta bebe me tiene a mí,
¿entendés?
Yo la cuido
no está sola.’
Y la tiraba del auto
a la vieja
y nos íbamos yo y yo
escuchando música
con mi ser bebé a upa.”
15.1.14
Juan Gelman (1930-2014)
"Cohabito con un oscuro animal.
Lo que hago de día, de noche me lo come.
Lo que hago de noche, de día me lo come.
Lo único que no me come es la memoria. Se encarniza en
palpar hasta el más chico de mis errores y mis miedos.
No lo dejo dormir.
Soy su oscuro animal."
Lo que hago de día, de noche me lo come.
Lo que hago de noche, de día me lo come.
Lo único que no me come es la memoria. Se encarniza en
palpar hasta el más chico de mis errores y mis miedos.
No lo dejo dormir.
Soy su oscuro animal."
11.1.14
Hace un instante la ciudad estaba tan desierta como para escuchar con un detalle lisérgico el raspaje de cada zapato sobre el asfalto. La cadencia del caminar azotando el suelo, de a poco, como un eufemismo de lo inútil, y yo pensando en lo que no puedo, en lo que no podré, en lo que no alcanza, en lo que quise y no llegué, en lo que ya no tiene sentido empujar. Venía deslizándome hacia la casa por la cuesta descendente del orden, enumerando las piedras, pensando en lo que extrañaré hasta morirme, en el intento vano de hacer despertar el milagro, en la pesadilla del peso real de la pérdida, cuando de pronto, bajo los árboles hundidos en la espesura, un pájaro cantó. Concreto. Sin pretensiones. La noche tenía, y aún tiene, varias figuras invisibles por delante. El cielo seguirá bajo y negro por un tiempo, pero un pájaro cantó, armónico, imposible de observar, con una voz opuesta a la temperatura. Un pájaro cantó hace un instante. Un pájaro único en su gesto, que cantó justo cuando pensé que no llego, y que ya no llegaré, y que la potencia no me alcanza, y que para qué insistir con la pureza del alma si no se ve. Nadie la ve. Para qué insistir, si no se ve. Para qué buscar el entendimiento, si no se comparte. Para qué comunicar, para qué esperar el decir, si todo está tan callado, tan dislocado, tan decidido.
Un pájaro desde la nada cantó, discutiendo dos cosas. El sentido de lo que no se puede hacer vivir, y el invierno.
En el fondo es la hermosura de las palabras. La espera llegada al límite. En el fondo de las cosas está la hermosura de las palabras, como la única salida frente al sentido muerto. Es la hermosura de las palabras lo que no sirve para nada. Es esa hermosura lo que cantó el pájaro, lo que sigue cantando, lo que seguirá cantando hasta el último fondo de las cosas. El último fondo. Lo que no se toca.
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