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6.12.12

Granitos

Pide con señas que saquemos el colchón desnudo, escondido debajo de la cama, y lo hacemos. Eugenia me advierte lo que está por venir, me prepara con una combinación de ojos y sonrisa. El único fresco posible brota del piso de granito, bruñido como un espejo, y se sostiene en el aire apenas por la penumbra de la habitación. Sobre la cama, un gran ventanal apenas permite el paso de la luz, gracias a la persiana baja. (Disparos de sol se imprimen en el frente del placard). Más lejos, en el vértice opuesto al filtro de la ventana, la puerta sí abre paso a una franja concreta de claridad. Y Vicente ya está bailando, sobre el colchón. Y transpira. Eugenia, frente a mí, sonríe. Tiene los ojos envejecidos pero la ternura intacta. Sufre el calor pero no me lo hace saber: apenas puedo distinguirlo en la ondulación de su flequillo, que en otro clima suele estar liso. Veo su calor en el brillo húmedo que le nace de la juntura entre el pelo y la piel. 

Gime y grita, flexiona las rodillas y gira sobre su eje, alza las manos y prueba el límite de los dedos, de las muñecas. Gira y aplasta el colchón como un astronauta fuera de sí, eufórico en los movimientos pero lento y torpe por su desconocimiento del real equilibrio. Parece querer rapear; no hay música, estamos inmersos en un silencio casi absoluto, pero Vicente tensa la espalda y luego la suelta, exige la repetición de los brazos, se arquea y gime, sonriendo, hasta que se lanza hacia delante. Abandonado. Es un ciclo rarísimo, pero el baile y los giros lo llevan cada tanto a aflojar todo el cuerpo, sin el miedo de lo brusco. 

Grita con las manos, estira los dedos, salta, prueba, gira, balbucea canciones imposibles de traducir y se lanza, de cabeza al colchón. Cae con el peso muerto: ¡Uh! Decimos con Eugenia al mismo tiempo, y nos reímos. Tiene la frente bastante bien, le digo. Dentro de todo sí, dice ella, y me sonríe. El abandono dura menos de cinco segundos, y otra vez la energía toma su cuerpo; se levanta con la torpeza repetida, gira una, dos veces, agita las manos. Vuelve a girar. Sus piernas ceden y no; estamos atentos al instante preciso en que perderá el equilibrio y saldrá del terreno acolchonado para abrirse la piel. Pero no cae: ríe y transpira. Tiene el pelo mojado. Los ojos de un celeste grisáceo, plenos y movedizos. Baila cuatro o cinco giros más, mientras atendemos a una posible caída, y entran los chicos por la puerta, ocupan los flancos del colchón más desguarnecidos. Somos cuatro forjando un perímetro y Vicente bailando, estrellándose de cabeza contra la gomaespuma. Nicolás y Santiago entienden y ríen. Nos miramos los cuatro. Echados en el suelo, cubiertos por la penumbra del cuarto en la tarde de domingo, sintiendo la frescura y la dureza del granito, dejamos los brazos sueltos esperando el desbande. Sin pensarlo armamos un corral humano, una soga gruesa y ondulante que nos une. Vicente registra la extensión de la seguridad y se vuelve aún más loco, agita sus manos rapeando, gira y balbucea, y se lanza. Queda muerto de cara al colchón, sin fuerza. Le apoyo mi mano en la espalda, y le despego el cuero. Lo masajeo y todo su cuerpo se mueve. Apenas siente la extensión de mis dedos, apenas se siente tapado, hace un ruido con la boca. Copio su ruido y le muevo toda la piel de su espalda, y después le doy golpes porque eso es lo que quiere: que le tiemble la voz. Solo se aparta y vuelve al baile. 

Todos sobre Vicente, dice Nicolás cuando vuelve a cumplirse el ciclo. Vicente se abandona y Nicolás arma un pequeñísimo escudo que lo cubre y Santiago se lanza sobre Nicolás y yo sobre Santiago. Eugenia se ríe. Vicente la mira y también. Después volvemos a nuestras posiciones y Vicente vuelve a bailar. 

En vez de hablar, esperamos que rebote contra las sogas del corral que armamos. Cada tanto pierde el equilibrio y sale despedido por la misma fuerza centrífuga que genera con sus giros; lo atajamos, lo devolvemos al centro del colchón. 

La primera vez que vi a Eugenia de noche, por fuera del colegio, tenía 13 años. Se ataba el pelo lo más tirante posible y usaba minifaldas, borcegos y medias blancas de algodón. Era más insegura que el tiempo. Santiago también tenía 13 cuando lo conocimos: sólo usaba camisetas de fútbol, y no hablaba con nadie. Apenas pestañeaba. A Nicolás lo conozco de más chico. Lo vi dejarse crecer el flequillo rubio hasta el borde de la comodidad, cuando apenas estrenábamos las dos cifras de edad. Lo vi morderse el flequillo en los tiempos muertos de las tardes de verano. Ahora es domingo y estamos viejos. Rodeamos un colchón desnudo, en el centro de una habitación en penumbras, en la ciudad de Buenos Aires, donde ninguno de los cuatro nació. Es domingo y estamos viejos y sonreímos como testigos que somos de la creación. El centro está tomado por Vicente, un futuro hombre que Eugenia, la de los borcegos y las medias, la promesa del hockey juvenil neuquino, la chica de la habitación estilo alcoba en lo alto de su casa paterna, soltó de su vientre un verano atrás.

No hay ruidos, nos sabemos cansados y seguros de seguir midiendo y a la vez ignorando al tiempo. Pronto el baile acabará y damos las gracias con la voz invertida, desplegada hacia el centro del pecho, esperando el regreso del calor y la luz, todo lo que resta para que Vicente salga caminando hacia la cumbre de un nuevo objetivo.

26.1.12

Out of Bounds

Ayer fui a sacar el auto y otra vez me volvió a pasar. Antes de abrir la reja vi un gato echado contra la rueda trasera izquierda. Abrí la reja, despacio, y no se movió. Chau, dije. Un gato que no registra un movimiento cercano está chau. Me acerqué despacito. Lo chisté, y nada. Me acerqué un poco más, pensé en tocarlo con la zapatilla pero me pareció demasiado invasivo, así que busqué una rama y la acerqué a él: nada. Y lo toqué con la rama. 
El gato, claro está, no se movió. Estaba muerto. La rama le removió apenas el pelaje, no modificó más que eso, el peinado de su lomo. Pero lo que quiero decir con este texto es lo que me sucede en la mente un instante antes del contacto, el estado en que me sumerjo durante los pocos segundos previos a tocar la muerte de un animal. Nunca toqué una persona muerta, sólo toqué animales muertos. Tres veces a animales de un tamaño decente. La primera no sentí nada porque se trató de un accidente, de una escena espantosa. Mi padre había vuelto a nuestra casa a media mañana, en un horario raro, a buscar papeles. Su presencia ya rompía un orden y se olía en el aire, era extraño para todos: para mí, que estaba adentro de la casa y lo vi entrar acelerado e irse acelerado, para él, que notó sin duda algo fuera de lugar, y para la mañana misma, que estaba nublada. Él entró, buscó papeles y salió apurado. Cuando sacó el auto de debajo de la pérgola, Cazote, el gatito que era de mi hermano, cagó fuego. Se había puesto atrás de un neumático trasero para aprovechar el calor del auto recién apagado. Es un lugar recurrente para los gatos: buscan, generalmente, el calor de los autos. Se ponen detrás de las ruedas, se meten incluso dentro del motor y los suele agarrar el ventilador. Cazote se había puesto detrás de una rueda, era chico pero no bebé, y mi padre no lo vio. Yo sólo escuché los gritos y lamentos de él, entrando de sorpresa (por segunda vez) a la casa. Decía “le maté el gato, le maté el gato, me va a matar, me va a matar”. Cuando salí, escuché apenas una fricción rarísima contra el cemento del piso, y vi chorritos de sangre que volaban y caían ahí nomás, ya delante del auto, porque mi padre le había pisado parte de la cabeza. La pérgola había quedado vacía y Cazote estaba agonizando de la peor forma, soltando estertores, arqueándose sin control, sin forma, mientras se desangraba. Las últimas fuerzas que lo hacían mover coincidían con un cierto orden de latidos, ráfagas de la última sangre que pasaba por su cuerpo antes de escapar por su cabeza malherida. Esto lo cuento así, minuciosamente, porque me lo estoy sacando de encima por primera vez. Eso fue desgarrador para mí: vi al gato perder sus fuerzas, perder la vida, según su pulso, según los bombazos de sangre que le restaban dentro del cuerpo, como un conjunto de olas que van menguando, hasta apagarse. Durante todo este proceso, sólo atiné a quedarme parado junto al animal, recibiendo el desparramo de sangre en mis piernas, mientras lo que quedaba de él se revolcaba sin sentido por el cemento, hacía contorsiones inentendibles para un animal sano. Mi padre también miró, apenas, desde atrás del auto. La cosa es que cuando esos latidos últimos perdieron caudal, cuando ese tránsito oleado de la última sangre menguó, Cazote mismo quedó latiendo, demostrándonos cómo se le escapaba la energía, ya sin violencia pero con una agonía insoportable. Entonces tuve una reacción que jamás pensé posible en mí: reventarlo. Que terminara de reventar, darle fin a lo mal que la estaba pasando. Dejar que toda su sangre parara de una vez por todas, que pudiera cruzar el umbral sin seguir pasando por eso. Ahora me remite a una escena común de los veranos, cuando vamos al lago Mari Menuco con Nico, salimos a andar un poco en lancha, y al caer la tarde decidimos sacarla del agua. En ese último trayecto que solemos hacer hacia el embarcadero, Nico me pide que le saque la manguera al tanque de nafta. Entonces el motor de la lancha consume toda la energía que le queda dentro, ya no tiene contacto con el exterior (el tanque). Y así nos vamos acercando a la costa. De a poco, desacelerando, con los últimos centímetros cúbicos. Hasta que el motor se apaga, queda seco. Cazote pasaba por eso cuando pensé en reventarlo. Entonces miré a los costados y había dos ladrillos grandes. Tomé uno y me paré sobre él, que apenas se ondulaba en el cemento, y calculé para tirárselo en lo que le quedaba de cabeza. Quise hacer fuerza y no pude. Pensé entonces en dejarlo caer, en que el trabajo lo hiciera la gravedad. Entonces cerré los ojos y dije “dale, pelotudo”, y cuando los abrí él ya no se movía. Por fin había muerto del todo. Mi padre tampoco estaba: sin darme cuenta, él se había subido al auto y había escapado a su trabajo, sí, escapado a su trabajo para dejarme ahí solo. Tiré el ladrillo a un costado y quedé parado unos minutos bajo la pérgola, con el cielo nublado encima y el silencio del barrio donde vivíamos (nuestra casa estaba pegada al río Neuquén). Quedé mirando el desparramo de sangre que había por todas partes: el piso, mis piernas, la pared del living. Miré a Cazote. 
Después de un rato fui a la cocina y busqué una bolsa del Wal Mart. Volví al lugar del hecho y volví a mirar el resultado del accidente, como un policía llegando a la escena del crimen. Algo ya se me había cambiado adentro, tenía el mismo asco pero unos grados más de coraje. Ni pensé en guantes. Agarré la bolsa con la izquierda y cuando me agaché, me puse a llorar. Tomé a Cazote por el lomo. Estaba caliente, y muy flojo, con una ausencia total de tensión en su cuerpito. Pero su cabeza era un infierno. El neumático le había reventado un tercio del casco, todo un ojo había desaparecido y se le veía el filo del cráneo y lo de adentro. Cuando lo metí en la bolsa, se le soltó el único ojo que le quedaba y quedó colgando del nervio, como una bolita tirando de un hilo. Fue tremendo. Pude meter todo el animal en la bolsa pero su cabeza quedó alzada, porque el ojo se me metió por el agujero de una de las manijas de la bolsa. Entonces tuve que destrabarlo con mi mano derecha. Cuando lo destrabé, terminó de caer al fondo de la bolsa. Y así moqueando como estaba la cerré y busqué, junto al asador de la casa, una pala, y encaré hacia el río. Crucé la calle y me interné en el bosque que separaba al curso de agua de la urbanidad. Busqué un lugar bien húmedo. Hice un pozo torpe y tiré la bolsa, y le clavé tres palitos ahí junto al bulto, queriendo hacer un homenaje pelotudo, ajeno a lo que había pasado. Un accidente. 
Ayer, cuando fui a sacar el auto y vi al gato echado que ni se mosqueó con mi presencia, pude reconocer lo que había sentido esa vez que cagó fuego Cazote. Me pasó de nuevo, y ahora me lleva a escribirlo. Es el instante previo lo que me sacude frente a la muerte de un animal, la constatación: el hecho de haber llegado a la reja, haberlo visto echado, entender en ese mismo instante fugaz que para un gato es imposible no percatarse de ese movimiento e inaugurar, allí mismo, la conjetura fuertísima de la muerte. Lo que me sacude, y lo que me sacudió antes, es la certeza de la muerte del animal y aún así la prudencia al acercarse, el chistido imbécil que le hice, como si así pudiera despertarlo de lo único absoluto. Si desde el momento en que la escena misma, mi presencia y un gato echado junto al auto, ya daban por cierto lo peor, ¿para qué chistarle, buscar una rama, tener el miedo de tocarlo con mi pie? No lo sé. Sin embargo, hice todo así, con miedo y asco y prudencia, mientras sabía (mientras en esos mismos actos sabía) que el gato no podía sino estar muerto. Eso fue lo que me pasó con Cazote. Lo supe muerto en cada estertor que atestigüé ahí junto a él, vi cómo se le escapaba la vida en cada chorrito de sangre, en cada golpe que se daba contra el piso, y así y todo algo en mi cuerpo reaccionaba con un cuidado insólito, como si al moverme rápido o al tirarle el ladrillo pudiera dañarlo de más, herirlo de muerte. Sólo me pasó con animales, pero se ve que la insistencia de la vida es tal que uno hasta cuida al muerto con sus formas, como si la muerte requiriera la misma atención que la vida, la misma dedicación moral. Me sale, evidentemente, ser educado, prudente y cariñoso con los animales muertos, en ese mismo momento en que sé que están muertos y empieza el reflejo contrario. La resistencia a entenderlo es tal que mientras se materializa la certeza de lo ya escrito, uno aporta la cuota de duda suficiente como para actuar con sigilo por si algo, aún, vive.

Supongo que pasará lo mismo con las personas. Pero entonces, ¿por qué es mucho más "digerible", para la mayoría, la muerte de un animal? ¿Porque no habla?

Dejé la reja abierta y fui a tocarle el timbre al Alejo, que vive en la casa vecina a donde guardo el auto. Me atendió en cueros, como casi siempre. “Otra vez me tocó vivir lo mismo”, le dije. Me miró atento: “no, no es nada grave”, dije. “El gatito que anda siempre por acá, está muerto al lado del auto. ¿No me prestás alguna bolsa?” Fuimos los dos, con dos bolsas de consorcio y algunas bolsas de supermercado. Estaba oscuro el lugar del auto. Me enfundé las manos con las bolsas chicas y me acerqué al animal. Era el mismo gato que encontraba ahí mismo, cuando llegaba tarde sobre todo, y las luces lo sorprendían pelotudeando o jugando entre las plantas. El efecto de la sorpresa en los ojos reflectantes. “Me da un asco esto”, dije, hablándome, y Alejo me dijo que si quería lo hacía él. 
 A diferencia de Cazote, éste estaba duro como un zapato en el techo. Lo agarré de las dos patas de atrás, y hasta la cola, enrollada hacia arriba, mantuvo su forma. Podría haber jugado al ping pong con su cuerpo. Era una tabla. Alejó abrió las bolsas, lo tiré adentro. Después las cerró y nos miramos. Pensamos qué hacer. Finalmente colgamos la bolsa de un palo de luz, para que estuviera fuera del alcance de los perros. Sólo pensamos en que el camión de la basura se lo pudiera llevar sin demasiado lío. 
Salí en el auto, finalmente, y fui calladito hasta la casa del Seba, a ver el superclásico. Pedí perdón por la demora y les conté a él y a Miriam, su madre, que había encontrado al gato de la cuadra muerto junto al auto. Me senté a ver el partido, y al rato llegó un mensaje de texto a mi celular: Alejo Cel mostraba el remitente. 
Hice la de siempre, esto mismo: armé la historia. Pensé que los perros habían llegado a la bolsa. Que se habían apoderado del cuerpo del gato, quizás, por su dureza, envenenado, y que así se habían envenenado todos los perros de la cuadra. Pensé que algún perro había robado el cuerpo del gato y lo había dejado en el garaje, o en la puerta de Alejo, o en el medio de la calle hasta que lo pisara un auto. Opciones había a roletes, pero como siempre tuve que abrir el mensaje. 
“El gato está out”, decía.

20.1.12

El Efecto Necochea

Un turista cualquiera intentó cambiar la dirección de la sombrilla en medio de un viento único, sorpresivo, pero algo falló. Por la secuencia de los movimientos que intentaban evitar el descuajeringue, o por la furia misma de la ráfaga en cuestión (una ráfaga que los diarios, la mañana siguiente, bautizaron "Necochea"), la sombrilla se soltó de sus manos y salió a ras de la arena a una velocidad pocas veces vista. Rebotó una vez, siempre abierta y estirada; dio un tumbo, luego otro, y volvió a girar sin cerrarse, acelerando: como a cien metros del campamento original tomó una posición definitiva, opuesta al efecto de un paracaídas, y voló, horizontal, sin tocar el suelo, durante veinte o treinta metros, al revés de lo imaginado, con el palo en punta al frente, empujada por el viento de cola, hasta el pecho de otro padre de familia que apenas levantó la vista (tenía un tejo en la mano) sintió una estocada perfecta, violenta, en el centro del pecho, justo debajo del esternón.
La sombrilla lo traspasó con tal precisión y velocidad que terminó saliéndole por la espalda más de treinta o cuarenta centímetros, para luego clavarse otra vez en la arena, clavando también al futuro muerto como una estaca. El viento se calmó en ese preciso instante en que el hombre vio, por última vez, la armadura interna de una sombrilla, los fierritos desde abajo. El lado de adentro.
Los bañistas corrieron despavoridos a socorrerlo, pero era casi tarde. Los hijos de la víctima, un nene y una nenita que habían recogido algunos tejos en el ínterin del vuelo, soltaron todo y cayeron arrodillados junto al cuerpo tieso y atravesado al medio por el caño blanco. Fue la nenita y su impulso veraniego la que acercó una oreja a la boca sangrada de su padre ido, para escuchar las últimas palabras, quizás un último deseo.
–Tengan ojo... –le dijo el hombre–, con... –dijo–, el agua.
Y se desvaneció.

5.1.12

Clave de flaco



Clave de flaco /1

El título numerado quiere decir que habrá muchísimos más textos con este mismo título, sobre esta misma persona. Alguna vez me propuse escribir una batería de relatos sobre cada uno de los cuarenta discos que sacó a la calle (pueden ser más, o algunos menos pero, los oficiales, rondan los cuarenta): escribir simplemente lo que se me viene a la cabeza, hacer fotografías con los pasajes de sus temas, hacer dibujos con algunos retazos de sus letras, hacer algo así como un ejercicio de libertad total en la escritura, sin más pretensión que la de anclar algunos párrafos sobre una obra que ejecuta un prolapso de todos los lenguajes. Creo que este es el comienzo.
El pedazo de vida que viví hasta ahora me ofreció cosas maravillosas, y entre esas cosas se filtra, casi en primera línea, el destino impagable de tener amigos muy cerca del negocio de la música. Por ejemplo: la persona con la que hice la tesis para escapar de la Facultad tiene y conduce, hoy, una de las radios más populares de la ciudad. Es una radio de claro perfil comercial, pero se sabe que las radios esconden muchos más secretos y regalos que las señales de televisión: esta situación produce que suene el teléfono en cualquier momento de un día de mierda para que nazca la posibilidad de ir a escuchar buena música, gratis. O por ejemplo: uno de mis verdaderos amigos de la infancia, anclado en la Capital Federal, está dedicado de lleno al negocio de los espectáculos musicales, y aunque es verdad que con el paso del tiempo cambian muchas rutinas de comportamiento de las personas (de nosotros), también es verdad que con él, hoy, somos los mismos pero distintos, pero básicamente los mismos, y eso es lo que nos mantiene hermanados y compartiendo todo.
Hace más de tres años, mi amigo dedicado al negocio de los espectáculos musicales empezó a trabajar con Spinetta para una ocasión especial: su regreso a los escenarios en la ciudad de La Plata, después de tres años sin tocar. Si tuviera que elegir uno de los milagros que estas amistades me ofrendaron indirectamente, elijo éste por sobre todas las cosas. La posibilidad de haber conocido de cerca (y seguir conociendo, porque esto no terminó) la música que se esconde detrás de la música que es y hace Spinetta. Así que en estos primeros intentos voy con eso: un artista de cerca.
Aquella primera vez desde tan cerca, en La Plata, fui el encargado de cuidar la entrada de los camarines. Es lo mismo que decir: fui el encargado de mirar. Spinetta llegó con un gorro negro en la cabeza y anteojos oscuros, se metió al camarín con su novia Poli (qué lindo: suena tan parecido a su negra Poly) y salió vestido completamente de leopardo. Una camisa y un pantalón bien angosto, todo aleopardado, y los pelos revueltos. Nos saludó uno por uno, comió algunas boludeces de la mesa de catering que le habíamos preparado, y se puso a caminar por el pasillo. Con las manos en la espalda, entrelazadas, daba pasos largos y hacía ejercicios vocales con los labios apretados, echando aire y saliva: hacía ejercicios con la voz como si imitara a un bebé. Iba y volvía, iba y volvía, la gente enloquecida esperando por el inicio del show. Estaba nervioso como la puta madre. Pensé: cómo puede ser que este tipo flaco, que escribió la historia del rocanrol, esté tan nervioso. Spinetta caminó un rato más como si tuviera que ir al escenario a rendir un final y al final, fue. Dio un show maravilloso, de terciopelo aleopardado, y mientras lo miraba cantar, de costado, entre las telas negras, yo cenaba algunas cositas de la mesa del catering. Cuando terminó la lista volvió al camarín contento (la lista incluyó Gricel, creo que vale el solo hecho de escribirlo), y volvió a salir para los bises, unos minutos después. Cuando terminó los bises, volvió igual de contento al camarín pero hizo un llamado de atención: le dijo a uno de los productores del show, socio de mi amigo, a la pasada, que mandara a encender la música funcional del teatro (las luces de la sala parece que no alcanzaban). La platea explotaba. Descubrí que el sonido de la gente, desde atrás del escenario, es todavía más brutal: una marea de gritos pidiendo por lo que les pertenece, la alegría. El productor dijo que sí y no hizo nada. Todos sonreían y nadie decía nada, y yo los miraba, como me habían pedido. Spinetta salió del camarín uno o dos minutos después y dijo “pongan música, la puta madre, no ven cómo está la gente”, y se guardó de nuevo. El manager, que caminaba por ahí, le dijo al productor que mandara a poner música: el productor entornó los ojos y le dijo, bajito, pidiendo: “una más”. “Juanca, una más”, dijo. El ruido se mantuvo y hasta creció allá afuera (allá adentro de la sala), y Spinetta volvió a salir enloquecido, casi lo agarra de la ropa a su manager, y nos gritó a todos los que estábamos ahí: “pongan música, pongan música, no ven lo que es esto”, y se guardó, otra vez, en el camarín. Juanca, el manager, entró detrás de él. Miré al socio de mi amigo, productor, y me sonrió y cerró los ojos. Le hice que sí con la cabeza (fue lo único que se me ocurrió). Spinetta volvió a salir, sin mirar a nadie. La vista en un punto fijo, derecho al escenario. No pude ver ni una sola de las caras que aún lo esperaban, pero el grito de locura fue aterrador. Ya no tenía la camisa aleopardada: sólo el pantalón y arriba una remera blanca, de esas que uno usa para dormir, casi transparente, percudida. Agarró la guitarra acústica, una silla y tocó "Los libros de la buena memoria". Silencio total. En un segundo, como a un chiquito que pide teta y se la dan, las personas pasaron de gritar como dementes a tratar de tragar saliva sin hacer siquiera ese ruidito que se hace solo con la garganta. ¿Alguna vez le prestaron atención a la mirada de los bebés en el mismo momento en que toman la teta o la mamadera? Fue eso: un silencio ciego y absoluto. El vino entibia sueños al jadear, desde su boca de verdeado dulzor, y entre los libros de la buena memoria, se queda oyendo como un ciego frente al mar.
Hizo la versión más lenta que escuché hasta ahora, y entendí que ya no iba a poder salir de ahí. No creo que alguna vez pueda salir. No quiero salir de Spinetta. No puedo, no me interesa hacerme preguntas que tiendan a una lejanía. Voy a seguir acá, insistiendo en vano con la búsqueda de explicaciones a lo que escucho cuando lo escucho, aunque no pueda llegar. El título que elegí para estos párrafos dedicados es un título superador: pensé en algo que combata y alimente, como él, en un mismo trazo, a la forma en sí misma y al paso del tiempo. Elegí “clave de flaco” porque en el primer disco de Spinetta Jade, titulado Alma de diamante (¿alguna vez le prestaron atención a la mirada de los bebés en el mismo momento en que toman la teta o la mamadera?), la Ese de Spinetta es una clave personal, parecida a la clave de sol pero transmutada en clave de S, en una clave propia. Y como sucede con la misma exactitud infinita que propone el pentagrama, él ya tiene ahí una habitación individual, un nicho único de contornos indecibles, una armonía propia. Spinetta tiene clave propia. El último tema, esa noche, terminó con esa resignación (¿aceptación?) que carga en el final, con uno de los cansancios más hermosos de toda su obra. Terminó el recital como si todos se hubieran emborrachado entre sí. Esta botella se ha vaciado tan bien que ni los sueños se cobijan del rumor. Licor no vuelvas ya, deja de reír. No es necesario más, ya se ven los tigres en la lluvia.
Si todos saltamos, Spinetta no cae. Y no por flaco.
Esta es sólo la primera vez que lo voy a decir.


Clave de flaco /2

La evolución tecnológica no es, y nunca será, la raíz de la evolución del sonido. La evolución de la complejidad que arrastra la tecnología no es, ni será, parecida a la complejidad que arrastra la evolución de la música. Primero fueron las mañanas de sábado en el hogar, con los discos de vinilo de mamá y papá. Mamá escuchaba música clásica (Tchaikovsky, Bach, Händel, Vivaldi), algún disco de Mercedes Sosa, y papá se castigaba con merengue y latas: rocanrol del malo, o el frenesí de Wilfrido Vargas (los sábados me descontrolaban la mente en la repetición incesante de la pregunta más popular de esos años: mami qué será lo que tiene el negro, mami qué será lo que tiene el negro. Ése quizás haya sido, ahora que lo pienso, el origen de mi ansiedad crónica). Empecé, entonces, con la brisa sucia del sonido en vinilo en el equipo Pioneer que después nos robaron (un equipo de varios racks, frente gris clarito, medidores con agujas en el rack amplificador, solidez absoluta), y después siguieron los casetes, que empezaron a sonar en radiograbadores cada vez más chiquitos y oscuros y endebles. Los primeros casetes que escuché con atención (no sé de dónde salieron) fueron Nada Personal, de Soda Stereo, e Ignacio Copani, de, naturalmente, Ignacio Copani. El primer casete que adoré con el corazón y que hice andar hasta gastarlo fue El amor después del amor, ya en otra casa. Con los casetes desaparecieron las basuritas del vinilo pero empezaron otras chispas, un sonido más precario, en el que tuve que involucrarme más: para buscar un tema había que imaginarlo en algún pasaje de toda la cinta, y para re-escuchar un lado A, por ejemplo, había que rebobinar a mano. Así aprendí a usar los lápices de cuerpo hexagonal, o las biromes, ayudadas con una vuelta de papel si eran muy finitas, para mover la cinta y las canciones. En algún momento de esa época aparecieron los aparatos con auto-reverse y mermó el rebobinado manual: ganó algo parecido a lo automático. No lo era del todo, pero casi (¿se acuerdan de los días en que lo semiautomático era mejor que lo automático?). También apareció, para los paladares negros, el apósito de calidad que significó la cinta de cromo. Casetes con cinta de cromo que sonaban mejor, un poco más de fidelidad, y la posibilidad de subir el volumen sin miedo. Eran más caros, pero como todos los casetes, también abrían las compuertas del autoservicio. Comenzó a expandirse el verdadero arte del compilado: la actitud detectivesca en el oído atento a la radio, buscando el tema de moda o la melodía más pegadiza para conformar la mezcla perfecta de canciones en un solo rectángulo de plástico. Fue el apogeo del VARIOS. Casetes por todo el territorio argentino, casetes en todos los dormitorios de adolescentes, tinta negra sobre las tiritas de papel autoadhesivas que indicaban un VARIOS, una antología de los sueños, un compilado más, quizás mejor que uno anterior, quizás peor que el siguiente. Me dediqué, entonces, durante años, luego de haber recibido el origen de la ansiedad, a edificar la conducta obsesiva de la medición: elegía los temas para el casete perfecto, anotaba en un papel la duración de cada pieza, hacía un cálculo según la longitud temporal de la cinta (sesenta o noventa minutos) y recién ahí me disponía a grabar. De cinco a diez segundos en el punto cero, antes de que empiece el primer tema, y el mismo silencio para el final de cada lado. El arte de la alternancia. También evolucionó la recuperación de las cintas maltratadas, las maniobras para grabar en casetes que a primera vista no lo permitían, la pérdida de un material cuando algún autoestéreo se lo tragaba, y hasta el ajado, en el tiempo, del sonido. Una mañana de sábado de principios de los noventa, mamá y papá aparecieron en casa con un producto innovador (del que ya se venía hablando) de una marca desconocida: el minicomponente Aiwa con reproductor de Compacts Disks. Conectaron el equipo (negro) en el living y fue mi hermano el encargado de conseguir (no comprar) algún CD para saber de qué mierda se trataba eso. Los comentarios y las publicidades prometían una fidelidad nunca antes vista, sumada al milagro de lo digital y lo discreto (la posibilidad de pasar de tema con sólo apretar un botón)*. Efectivamente, otra mañana de esas épocas, mi hermano puso a sonar el álbum negro de Metallica a todo lo que daba el equipo, en un momento en que mis padres no estaban. Yo dormía, y me despegué de la cama como un policía aburrido. El sonido nos perforó la imaginación: “Enter Sadman” bañó las paredes de la oscuridad más penetrante y potente que podíamos llegar a soportar. Chau. Enloquecido yo por el golpe de música, enloquecido él por el poder supremo de su broma. Eso era el futuro. Para la navidad siguiente recibí de regalo el Use Your Illusion II de los Guns, y mi hermano recibió Let it Be. Otra de esas mañanas, en la casa de un amigo, mientras jugábamos a una consola de juegos de 8 bits, fuimos testigos de lo que tarde o temprano podía llegar a pasar: la mamá de mi amigo terminó de escuchar un CD en su minicomponente (también nuevo) y suspendió lo que estaba haciendo en la cocina. Sin chistar, caminó hasta el equipo, abrió la bandeja del CD, lo dio vuelta y la volvió a cerrar. Puso play y se trabó todo. Después del aprendizaje cotidiano, cupo esa fidelidad en un discman, que mató despacio al mejor invento de Sony: el walkman (mi abuelo materno, fanático de la evolución tecnológica y culposo de profesión, decidió regalarnos un walkman a mi hermano y a mí para nuestros 15 años; compró los dos aparatos juntos, le dio a mi hermano el que le correspondía en su cumpleaños y esperó tres años para darme el mío). Después empezamos a grabar los compilados de modo casi profesional, anotando cada tema en la cara linda de los CD’s (decíamos en la librería: “una fibra para escribir CD’s, por favor”), y pedimos más fidelidad y más memoria, y luego más memoria, hasta que llegó el Digital Versatil Disc. Sonido fiel e imagen brutal. Y un cajón sin fondo capaz de recibir todo lo que quisiéramos. El DVD creció gracias a los formatos de compresión del sonido: el círculo empezó a dar la vueltita, a sonar del otro lado de la loma. La compresión del sonido permitió usar más el espacio de memoria de grabación pero nos devolvió a la precariedad, porque qué es el MP3 de hoy sino el signo de lo precario visto con buenos ojos (los ojos del vértigo). Entonces comenzamos a escuchar, “realmente”, “como nunca antes”, “sin esfuerzo”, lo que quisimos. Aprendimos a descargar música gratis en la Internet. Discografías completas comprimidas. Artistas comprimidos. Discos sin nombre que sonaban bien hasta que una novedad los enterraba. Un tiempo después aparecieron los discman y los walkman y los reproductores de MP3 dentro de los teléfonos. La posibilidad de hablar por teléfono mientras escuchamos música. La posibilidad de andar por la calle con los auriculares puestos mientras se suspende el tema preferido porque alguien llama. Luego, la inteligencia de los aparatos. Smartphones y rectángulos blancuzcos por todos lados (esto es el futuro, nos decimos). La posibilidad de escuchar perfecto, de navegar perfecto, de hablar perfecto, de jugar a los jueguitos mientras pasamos sólo un puñado de minutos sentados en el baño. Los teléfonos agenda computadora reproductores navegadores utilitarios videograbadores apoyados, con cuidado, sobre todas las mesas de luz posibles. La música comprimida hoy espera en nuestras mesitas de luz para despertarnos cada mañana.

Este texto es el segundo de la serie flaca porque hace un tiempo viajé a Lomas de Zamora para ver un show de Spinetta, en el que también tuve la posibilidad, como escribí antes, de verlo de cerca. En esa ocasión me encargaron prepararle el camarín. Pregunté qué no podía faltar y fui llevando de a poco cada ítem que podría necesitar: miel, té, alfajores, frutas, Gatorade, agua mineral, energizante. Le preparé el camarín como si hubiese intentado reconquistar a una novia desilusionada. Calculé la distancia entre cada elemento sobre la mesada. Alineé los alfajores, que son, en el fondo, una de las comidas esenciales de Luis: no deja de comer alfajores. Acomodé las botellas, las frutas.
Spinetta cayó un rato después y me encontró saliendo del camarín. Levanté la vista con una mezcla de miedo y de emoción que pocas veces volví a sentir. Me dio la mano y sonrió. Tranquilo. A partir de ese momento no entré más y me quedé en la sala grande, a un costado del escenario en el que iba a presentar el disco Un mañana, que decidió grabar en cinta, y no en forma digital. Spinetta no es que graba en cinta ahora, cuando todos los músicos refunfuñan contra las ventajas y las mentiras de la mezcla en estudio: Spinetta grabó siempre en cinta, del primero al último disco. Me quedé sentado en una fila de sillas, en la sala grande, durante una horita, esperando el comienzo de su recital, hasta que un rato antes del comienzo del show el flaco salió de su camarín (de mi camarín) y se sentó un par de sillas más allá, a “esperar”. En ese momento la sala se llenó de gente. El resto de la banda inundó la sala, y amigos de él también cayeron para escuchar, quizás, como siempre, alguna anécdota. Spinetta contó algunas cositas de Dylan, su fotógrafo hermano, y cuando todos los otros se largaron a hablar, bajó la vista, cerró la boca y sacó de su bolsillo un teléfono celular. Me dediqué a mirarlo durante casi veinte minutos, como si me hubiese dedicado a mirar a una ex novia desilusionada. Los amigos siguieron hablando, hasta que cansaron al resto de los músicos (cada uno se fue a su camarín). Los amigos, después de eso, siguieron hablando, pero ya no con el objeto de deseo, sino entre ellos: Spinetta no hizo otra cosa, durante veinte minutos, que mirar la pantallita de su celular (un Nokia 1100) y tocar las teclitas acolchonadas. En un momento los amigos empezaron a irse y quedé solo con él. Miré hacia todos los costados que me permitía el cuello: fue como vivir, en la conciencia, en la certeza, una escena onírica, despojada de toda épica, y brillante, silenciosa, única en su sentido de ser, única en la posibilidad humilde de existir. La sala vacía, a cinco minutos del inicio del show, el bullicio expectante de la gente en las butacas (el crecimiento de ese grito ciego), las guitarras esperando en fila, y Spinetta, con su celular, y yo mirándolo. Ya se había tirado hacia delante. Tenía los codos apoyados en los muslos y el ceño fruncido.
Me hablé durante dos minutos enteros, sin abrir la boca. Al tercer minuto decidí pararme. Caminé los metros que me separaban de él y me detuve frente a su cabeza gacha. Sentí en el corazón algo parecido a lo que sentí cuando me tocó hacer una ergometría en medio de un ataque de pánico y llegué a los 191 latidos por minuto. Él estaba jugando: no mandaba mensajes, ni revisaba cosas viejas. Estaba jugando a la viborita. En el tiempo en el que la evolución de la tecnología cree marcar el tempo de la evolución del sonido, y de la memoria, y del espacio, Spinetta jugaba a la viborita. En el tiempo en que más de la mitad de las bandas no pueden reproducir en vivo lo que graban en el estudio, Spinetta jugaba a la viborita. En mi bolsillo tenía un Motorola V3 Black, finito, futurista, con un tema suyo de ringtone. Spinetta se había pasado veinticinco minutos jugando a la viborita, concentrado en su empresa, el ceño fruncido, buscando con los dedos el calor necesario para luego afrontar los punteos sinuosos de sus temas. Vio mis pantalones ahí, casi temblando, y puso en pausa a la víbora, y levantó la cabeza, como un chico al que lo descubren en algo demasiado íntimo.
“¿Sí?”, me dijo.
“Luis”, le dije, “te quería decir algo”.
“Sí”, me dijo.
“Es así”, dije. “Unos amigos de Córdoba abrieron hace poco una editorial, a pulmón, que hasta ahora publicó dos libros de poesía, y creemos que te pueden gustar. Quería preguntarte si te los podía dar”.
“Sí”, me dijo, “¿pero dónde están?”.
“Me los olvidé”.
“Ah”.
“Pero se los puedo acercar después a Juanca, si te parece, y él te los da”.
“Dale”, dijo, y bajó la cabeza y sacó la pausa y siguió jugando.

Volví a la silla y me dije que para qué carajo tenía que ir a joderlo al tipo ahí, con algo tan poco relevante a cinco minutos de un show. En realidad, lo único que quería era hablar un toque con él. Eso no estaba tan mal, era nada más que un reflejo, tan válido y analógico como la concentración misma, como su reflejo de darle a la viborita.
Cinco minutos después se metió en el camarín, dejó el celular y salió al escenario. Tres horas después volvió a salir de su camarín ya para irse.
Mis amigos, los productores, nos habían pedido a los que estábamos al pedo que cuidáramos la entrada a la combi, porque a veces los fanáticos solían sortear la seguridad y se colaban hasta las camionetas para “hinchar las pelotas”. Cuando él salió para dar por terminado su trabajo (porque es una persona que trabaja de eso, aunque no se pueda creer: va, toca, le pagan) yo estaba en el playón de estacionamiento del teatro, cerca de la combi. Éramos varios ahí, formando una fila.
Luis Alberto se acercó saludando uno por uno a cada uno. Daba besos. Cuando se detuvo frente a mí, me agarró de los cachetes con las manos huesudas.
Me miró a los ojos.
“Los libros de la buena memoria”, me dijo.
“Se los doy a Juanca”, dije.
“Buenísimo. Cuidate”, dijo, y me dio un beso, y siguió hasta la combi.
Pasó mi amigo un segundo después:
“Mirá cómo estás”, me dijo.
“Bien”, dije.

Unos días después armé el paquete, y con la ayuda de mi amigo le llegó al manager. Y en enero de 2010, cuando mi amigo y su socio fueron hasta la casa de Luis para saludarlo por su cumpleaños, llevaron un libro de cuentos Hadrones, para regalarle junto a una pata entera de jamón crudo. Me mató la ansiedad ese día, esperando el comunicado para saber si Hadrones había entrado a la cueva de su casa-estudio, La diosa salvaje.
Por la tarde llamé a mi amigo, y me contó.
Dijo:
“Sí, llegamos y nos atendió en la puerta. Le di el libro y después le dimos la pata de jamón, adentro de una caja inmensa con forma triangular. Pesaba sus kilos. Luis miró todo lo que tenía en la mano y se dio cuenta que había agarrado los regalos como un músico agarra lo suyo. Y nos miró cuando volvíamos al auto:
¡Miren! ¡Es una Gibson!, dijo.”

Si todos saltamos, Spinetta no cae. Y no por flaco. Esto no es más que la materialización del fanatismo. Este año le voy a llevar un libro que espero terminar y que se llamará La búsqueda de la estrella. La búsqueda de la estrella: eso que él creó con la forma de una canción, que ya encontró y que sigue buscando en estos días, todos los días. Y que va a volver a encontrar.


* La ansiedad de esta época nuestra es la irrupción de lo discreto. La ansiedad endémica es producto del hecho de haber conocido la irrupción de lo discreto, de haberla vivido por primera vez, como eso que cuentan del bautismo de la heroína, y después querer que todo se convierta a esa misma lógica, el impulso irrefrenable de pasar por encima el tedio del proceso para llegar a algún sitio, a algo, sólo con una pulsión de botón. La ansiedad de lo que somos hoy nace de la fragmentariedad que fue minando lo continuo. La posibilidad de pasar de un estado a otros con un solo golpe fue el final de la vida hilada, del proceso como valor. No fue tanto el mundo extraterrestre de lo importado en los noventa. La mentira de los billetes que valían lo mismo, ni siquiera la otra mentira de la fiesta perpetua, que se empezó a vivir cuando se acabó la complicidad, no antes. La historia de la crítica es la historia del aprendizaje: se nombró a una fiesta sólo cuando no se la pudo comparar con nada. Así cualquiera. El final de la vida hilada, el verdadero cambio, fue el hecho de que nadie se quedara fuera de lo digital. Ahí se empezó a morir el tiempo, y comenzamos a nacer otra vez, todos juntos, en el futuro, que es lo mismo que nacer antes de nacer, la nada antes de la nada.


21.3.11

Cuchi Corral

–Porque no puedo –le dice–. No se puede hacer cualquier cosa en cualquier momento.
–Pero si es lo que querés. Dijiste que lo íbamos a hacer juntos.
–Juntos pero no así. No quiero que te muevas de acá.
El chico tiene ya la mano estrujada por esa otra mano huesuda que hace fuerza para que no se acerque al barranco. El viejo lo sostiene mientras él intenta patear unas piedras por la rampa de madera preparada para los parapentistas. El mirador está a merced del último sol y la luz los encandila: es el final de la tarde, en el momento en que todo allí despide un reflejo. El río, cientos de metros por debajo de la cornisa, hace rebotar el sol a lo largo de su dibujo; las plantas reverdecen, las sierras se opacan hacia el horizonte por el contraste (las sierras son las persianas invertidas). Están parados en el comienzo de la rampa, el único sendero dispuesto para ensayar un salto controlado.
–¿Acá venías a volar en parapente?
–Aladelta. El parapente apareció después, cuando ya no nos tirábamos –dice el viejo, que junta en los ojos el ancho del paisaje. Estuvo allí muchísimas tardes, pero nunca acompañado por su nieto.
–¿Y venías seguido?
–Sí. Gané el primer campeonato argentino, en el ‘79.
–Dejame que quiero ir con los otros –dice el chico, y el viejo le suelta la mano para dedicarse sólo al horizonte. Franjas superpuestas de naranja, rojo y fucsia: el color de las brasas, tal como le gustaba a ella.
El silencio dura un instante.
–Ahora –vuelve la voz fina sin avisar, en medio de un envión. Corriendo desde atrás, el chico lo empuja con toda su fuerza, desde la parte baja de la espalda hacia el declive pronunciado de la rampa.
El viejo pierde unos pasos por la sorpresa, pero recobra la rigidez y se resiste a tiempo.
–Esperá –alcanza a decir cuando el chico cambia de lado y se le cuelga de un brazo. Quedan apenas a unos metros del vacío, tirando: el viejo arruga la boca por el esfuerzo pero el chico lo mira a los ojos.
Se reconocen: su nieto tironea mirándolo.
–No te asomes –dice finalmente el viejo, y afloja el cuerpo de un momento a otro, se desentiende de los pies. Trastabilla por los huecos entre los listones y al caer golpea contra la rampa, con las rodillas, y luego estira los brazos a la nada, como tanteando el vértigo: llega a soltar una sonrisa antes de resbalar en la punta y desaparece. El chico se arrodilla y gatea rápido hasta el último de los listones. Asoma la cabeza y alcanza a ver cómo el cuerpo desarticulado rompe primero unos arbustos, pega luego el torso contra una piedra y por último despide un estruendo seco, suficiente. El resto es parte de una tragedia verdadera.

25.10.10

Capítulo uno

En el comienzo de todo esto, hubo un tercer brazo entre las dos. Un brazo un poco más corto que nacía entre mi cabeza y la de ella, justo en la conjunción de nuestros cuellos, y que los médicos extirparon unos días después del nacimiento. Esa fue la primera operación que me tocó vivir, aunque no dolió porque todavía no habíamos aprendido a pensar. Hoy creo que ese brazo fue lo único en medio de todo esto que nunca tuvo dueño. No alcanzamos a pelear por esa porción neutra, ni llegamos al punto de arrancarnos los pelos, como sí sucedió con otros problemas más comunes, y menos mal que fue así, porque pelear por un brazo hubiese sido complicado y doloroso. No puedo negar –y ella tampoco puede– que lo mejor fue quitarlo del camino; ya sé que tampoco lo decidimos nosotras, pero hablo de un camino que hubiese ensuciado la silueta de la letra que nos tocó a las dos: nuestra Y griega. Un camino corto, es cierto, pero en definitiva un atajo de carne y dedos entre dos cabezas, un verdadero punto medio. Una línea media, mejor. Si ahora ese tercer bracito estuviera en su mismo lugar, alimentando una simetría que no persiste ni en mí ni en ella, no sólo sería un misterio absoluto el asunto del control –¿a quién le hubiese tocado moverlo?–, sino que tampoco nos sería posible mirarnos de reojo. Con un brazo en el medio, naciendo de nuestros cuellos, yo no podría mirar a mi hermana, nunca. La dirección de sus ojos. Sus pestañas. Y ella tampoco: un palo de carne, una columna viva ahí, rozándonos las orejas. Me llamo Vera, tengo veinticinco años, vivo con mi familia y estoy a la izquierda de mi hermana. Comparto casi todo con ella, salvo algunas cosas que, hasta hoy, creo que me salvan la vida. O me la arruinan, también. Comparto la piel, la altura aunque no parezca, gran parte de mis órganos, mis genitales, el torso y una posición inclinada y permanente, que los estudios de los médicos y la montaña de papeles de los sanatorios resumieron siempre en una sola idea: comparto mi cuerpo. Pero por suerte y desgraciadamente tengo mi propio corazón, y tengo mi propia forma de hablar. La únicas dos cosas que me enorgullecen y que a veces me hacen dar ganas de morir, y terminar con todo esto. Porque mi decir es mío, eso es verdad, al hablar escucho mi voz, así como también es mío lo que sin darme cuenta –o queriendo, no sé, no importa, pero con mi energía– produje, sola, hace un tiempo, una noche, espiando hacia el costado de siempre, callada la boca, aunque ella diga e insista y sostenga que también sintió y produjo –hizo– lo mismo que yo. Competir así por una noche que fue mía y que por lo tanto me pertenece, y sentir esa competencia desde adentro, en mi parte del pecho, es lo que ahora me estira y me arruina la vida. Digo esto porque estoy embarazada de un chico. Un chico alto que tiene pómulos, brazos, nombre, manos, ojos, y que va a estar siempre lejos de este bebé por una decisión que han tomado otros. Sé mejor que nadie, mejor que ella, cómo suena en el aire esa palabra, lo que significa decir una cosa así, y soy perfectamente consciente de que suena ridículo. Podría repetir lo de la familia entera: tragicómico. Pero estoy embarazada. Estoy embarazada de la única persona que pensó en mí para probar esto y que debería haberse hecho cargo del bebé si mi hermana, primero, no hubiese saltado con esa mierda de Brian y su mano, Brian y la presión en los dedos, y si mis papás, después, no se hubieran metido en el medio. Pero a pesar de todo voy a ser mamá en unas semanas.
En una cama de esas con los soportes de metal para las piernas y una bata improvisada para no ver nada, el dolor de la panza, un tajo, otro techo, el dolor, los gritos. Voy a ser mamá, yo. Vera.

6.5.10

Grasas al Señor

(Para Graciela Ciccarelli)

1

El domingo 11 de abril de 2004 fue un día normal en el centro, hasta las siete y media de la tarde. A esa hora, un zapato negro y abotinado del señor Di Giorno cayó a los pies de la cama matrimonial, y se detuvo junto a una sandalia también negra de su esposa, la señora Di Giorno. Hacía ya unos meses que esos zapatos no se rozaban. Ella ejecutó una maniobra de otras épocas para levantarse el batón, flexionar al máximo las rodillas y sentarse encima de él: el señor Di Giorno, sorprendido, aprovechó el embate para bajarse el calzoncillo, aflojar las piernas, unir las manos por detrás de la cabeza y recién después suspirar. El sol entraba oblicuo por la ventana, y los encandilaba. La señora Di Giorno comenzó a moverse despacio, tratando de aplacar la rigidez de las caderas, pero el señor Di Giorno no quiso prudencia y le exigió velocidad. La señora cerró los ojos: se recogió el pelo y jugó a ser flaca, las flores de su batón se animaron. El señor, sin pensarlo, le acarició las piernas. Hasta que sucedió. La señora Di Giorno respiró fuerte por la nariz, e interrumpió el meneo. El señor Di Giorno levantó las cejas. Ella volvió a inhalar, con asco, y destrabó las rodillas: “asqueroso de mierda”, dijo, y escapó a la cocina.
El 11 de abril de 2004, a las siete y media de la tarde, Eduardo Obregón Sota dio por terminadas sus tareas dominicales y se dejó caer en el sillón del living. Estiró el torso hacia delante y aprovechó para bajarse las medias: arrugó todo lo que pudo la tela y se rascó el final de las piernas, la parte más fina, lo que antecede al tobillo; allí donde los elásticos dejan marcas sobre la piel. Y rió. Obregón Sota se rió porque no había nada mejor que rascarse una tarde de domingo, pero cuando empezó a sentir el olor se le rompió la sonrisa, y pensó que tenía que pegarse un baño. Se sacó las medias: el olor no venía de ahí. Ensayó una contorsión y se husmeó los dedos de los pies: todo estaba dentro de lo normal. Después siguió olfateando y llegó hasta la ventana.
Veinte minutos después, en la iglesia de los Capuchinos de Nueva Córdoba, el padre Caseratto –encargado de la misa de las siete– dio la orden a los asistentes para que se dieran la paz. En la primera fila de bancos, cerca del altar, esperaban la viuda de Moyanores y la viuda de Martinores, representando a las bi-varietales, y un poco más alejada la viuda de Nores, cristiana de una sola cepa. La iglesia estaba repleta. El olor avanzó por el pasillo central, paralizando en principio a quienes habían llegado tarde, y luego tomó por sorpresa al padre, que inmediatamente miró hacia el sector de las viudas y notó la desconfianza que ya existía entre ellas. Las viudas soportaron el primer acercamiento: se tomaron de las manos y se besaron, pero lo hicieron rápido y sin mirarse a los ojos. Un instante después los del fondo comenzaron a levantar la voz y el padre tuvo que pedir silencio a los gritos. Finalmente abandonó el altar y caminó por el pasillo hasta la explanada de acceso. Una vez afuera respiró hondo, y miró al cielo. La noche ya estaba creciendo sobre la ciudad. El tránsito se había detenido, y desde la plaza España bajaba una columna de gente en dirección a la avenida Vélez Sarsfield. El padre avanzó hasta la diagonal (detrás de él siguieron las viudas junto a todos los que participaban de la misa) con la intención de recoger alguna certeza: terminó interceptando a una chica que marchaba con una radio pegada a la oreja.
–¿Me puede decir qué está pasando, por favor? –preguntó el padre.
La chica lo miró y no le dijo nada.


2

La señora Di Giorno, su marido, Eduardo Obregón Sota y las tres viudas de la iglesia se conocieron frente a la Casa Radical. Las mujeres fueron las primeras en quejarse: luego de intercambiar miradas, la viuda de Nores le dijo a la mujer que tenía a su lado –la señora Di Giorno– que “no podía ser”, y motivó con ese gesto la participación de las otras viudas. Los hombres, en medio del diálogo, no tuvieron más opción que presentarse y escuchar las propuestas de los que intentaban organizar la marcha. Los más jóvenes pretendían llegar hasta el palacio municipal e improvisar un escrache. Otros hombres, entre ellos el padre Caseratto, se inclinaron por tratar de descubrir a qué olía la ciudad. Se decidió entonces formar una columna detrás del padre, y marchar así en dirección a la inmundicia. Seguir el olor, caminar hacia donde las narices lo indicaran. Por lo pronto, caminar hacia el río Suquía.
La columna de vecinos avanzó a contramano por Vélez Sarsfield y se fue nutriendo a medida que pasaban las cuadras. Nadie sabía de dónde brotaba el olor, como tampoco nadie podía decir a qué olía el aire. La señora Di Giorno estaba convencida de que se trataba de caca; otros creían que era una mezcla de aguas servidas y productos químicos liberados al ambiente. Al llegar a la calle Duarte Quirós se unió una pequeña fracción de murgueros que aprovechó el gentío para desplegar banderas del nuevo Partido Obrero Cultural. Una cuadra más adelante uno de ellos comentó que en la avenida Chacabuco habían reparado un aliviador cloacal: doblaron entonces por Caseros, y corrieron a toda velocidad para el este. Corrieron entre los autos detenidos, con las banderas como lanzas medievales, y frenaron recién al llegar a Chacabuco, que estaba totalmente desierta. Miraron para un lado: miraron para el otro. Olieron. Nada importante.
Los murgueros retomaron la marcha en el cruce de Colón y General Paz. En la esquina opuesta a la Casa Matriz del correo, un cartel luminoso –letras verdes deslizándose como una serpiente de noticias– informaba que el presidente seguía internado en Rio Gallegos y que eran las nueve y media de la noche. La versión más firme que se manejaba a esa altura –primero en las radios, después en la gente– hablaba de Dioxitek, una planta industrial de Alta Córdoba que solía descargar uranio y amoníaco al aire y a la red cloacal. Se decidió entonces llegar hasta el río –se decidió a los gritos–, pensando que allí el olor sería más reconocible. Sin embargo, en la boca del puente Centenario el padre Caseratto, las viudas y todos los que venían detrás –incluidos los murgueros– protagonizaron un hecho que nunca antes se había dado en la historia de la provincia de Córdoba. Parecía poco probable que semejante oleada viniera de esa zona, porque el viento –como alguien avisó tarde– avanzaba en sentido contrario, y entonces la marcha dio la vuelta. La inmensa columna de vecinos volvió por donde había llegado: todos giraron sobre sus pies, en silencio –caminar hacia atrás hubiera sido demasiado dudoso–, y caminaron para el lado de Colón.
En la esquina del correo –otra vez– hubo una inhalación multitudinaria. “Es caca con un poco de madera”, se dijo Obregón Sota. “Huele a un animal pudriéndose”, dijo otra señora que estaba cerca. Otro hombre sugirió cloacas con azufre. El padre Caseratto subió a una de las escaleras –las viudas lo esperaron abajo– y pidió silencio. Toda la gente calló: estaban cansados. Acomodándose la sotana, estirándola con los latigazos que las señoras hubieran ejecutado para ampliar una sábana, el padre hizo algunas preguntas que la mayoría creyó oportunas y convinieron, a partir de ahí, en marchar hacia Alberdi. Y salió la tropa. A la altura de la Plaza Colón, el olor tuvo otro cuerpo. Cientos de vecinos que esperaban en las calles aledañas se unieron a la columna principal y unas cuadras más adelante el olor ya era intenso, dulzón, y hasta provocaba arcadas en los más chicos. Las viudas usaron pañuelos para taparse la boca. Trataban de no pensar en la fatiga: escoltar al padre hasta donde fuera. Las ráfagas se entibiaron una vez pasada la gran loma de la avenida, cerca del Gigante celeste, y en el corazón de Alto Alberdi, por fin, la marcha se chocó con la potencia máxima de su objeto. Un hedor nauseabundo que caló las paredes de todas las casas, nubló los carteles publicitarios e hizo desaparecer autos, motos, trolebuses y colectivos. La avenida, como antes Chacabuco, estaba desierta.
–Es insoportable… –le dijo el señor Di Giorno al padre.
–Estamos cerca –dijo el padre Caseratto: los ojos achinados, la boca apretada.
En la esquina de Pedro Chutro la columna se detuvo de un modo distinto. El padre y cientos de personas miraron hacia el lado del cementerio San Jerónimo, y encontraron humo. Sin dar explicaciones, y sin proponer otra votación a todos los que venían detrás, se internaron en esa nube densa y caminaron despacio –giraban e intentaban respirar hondo cada cien metros– hasta la puerta enrejada del cementerio. El resto de la gente fue acercándose de a poco, todos los que se guiaban únicamente por el olor; una gran parte de la columna se agolpó en la plazoleta anterior a la entrada, donde había un Fiat Duna y un Ford Falcon estacionados. La concentración terminó siendo tan numerosa que ocupó la plazoleta y todo el largo de la calle, hasta el cruce con la avenida Colón. La policía –y sus adornos– intentó acceder con los patrulleros en clave bolichera pero no pudo. Los agentes debieron avanzar únicamente a pie, hasta la reja.
El padre Caseratto, escoltado por un grupo de chicos con camisetas de fútbol, se tomó de los barrotes de la puerta. A unos metros alcanzaba a ver un pabellón iluminado. Los empleados de turno –un sereno y un hombre de overol– se acercaron hasta la reja y le preguntaron al padre si había algún problema con toda la gente que daba vueltas.
–¡La gente quiere saber qué está pasando! –gritó el padre–. ¡Venimos desde el centro por este olor nauseabundo y ustedes no están enterados! Déjeme pasar, por favor –dijo.
–El cementerio está cerrado, padre –le dijo el hombre de overol.
–Usted está hablando con un hombre de Dios, carajo, mierda –dijo el padre. Las viudas lo escucharon desde atrás.
El hombre de overol abrió el candado y lo hizo pasar, calladito. Caminaron hasta la amplia sala con luz, entraron todos juntos y luego esperaron junto a un armario. Allí adentro no se olía nada.
–Estamos cremando por una orden del municipio. Es una tanda muy grande de cuerpos y decidieron hacerlo hoy domingo –dijo el hombre.
–Pero el olor… –dijo el padre Caseratto.
–Sí, es la grasa. Al combustionar se hace pesado. Por eso prefieren el domingo, que la gente se queda en las casas...
–Pero cómo puede ser que la grasa de una ser humano despida eso, usted nos está faltando el respeto…
–No es una, son muchas. La grasa de un cuerpo no hace nada. Todas las grasas juntas hacen esto.
El padre se quedó en silencio. Tenía la frente y los pómulos transpirados. Preguntó si se podía ver el sitio donde estaba el horno crematorio y le dijeron que sí se podía, pero así una miradita, rápido.


En la puerta de rejas esperaba la muchedumbre y algunos policías con las radios encendidas. El padre salió del cementerio a paso lento y habló con las personas que estaban cerca; después de unos minutos comenzó a brotar un murmullo entre la gente y unos hombres le pidieron que por favor informara a la gente lo que estaba pasando.
Obregón Sota y el señor Di Giorno acompañaron al padre hasta el Falcon estacionado y lo subieron al capó, sosteniéndolo de las manos. “Suba al techo”, le dijeron, y el padre, con miedo, lo hizo. Desde ahí podía ver las caras de todos los que habían marchado: eran miles. Se perdían hacia el cruce de la avenida. El padre Caseratto respiró, lejos ya del sabor que tenía acumulado en la boca, y dijo: “el Señor quiera perdonarnos y mantener estas almas en el reino de los cielos”.
Un silencio.
Y después otro.
Muy pocos lo habían escuchado.
“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, dijo después, y gritó por último “¡amén!”: los dedos sobre los labios, la vista perdida en el fondo de la noche.
“Amén”, dijeron los que estaban ahí nomás, bien cerca. “Amén, amén, amén” siguió la cadena a lo lejos, en un eco desigual –los murgueros no dijeron nada–; “amén” susurraron los que estaban bien al fondo y “amén”, casi como una tos, dijo un hombre a metros de una avenida Colón todavía desierta.
Era un hombre que creía ver a otro sobre el techo de un auto. Las gotas rancias en el alma de una ciudad vieja.


(Publicado en Revista Diccionario n°5, verano de 2009)

1.3.10

Pequeña reflexión diurna sobre serenatas sin rima

(Para la banda del Cabo Polonio)


“Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad”, escribió y cantó alguna vez Silvio Rodríguez, un domingo en el sillón de cuero de su living (un sillón viejito, individual, bajito y marrón clarito, para comenzar a introducir la rima como néctar de esta intervención). En realidad no sé si fue un domingo, pero quiero creer que sí, que era domingo por la mañana cuando Silvio escribió eso, en primer lugar porque hoy es domingo por la mañana (domingo 28 de febrero, diez horas) y también porque tenemos que ser ubicados: ¿qué otro día de la semana una persona puede levantarse y anotar semejante cosa? Un domingo. No otro. Todos tenemos nuestros muertos acumulados que dan olor, materia y textura a nuestras felicidades momentáneas; los muertos a los que se refiere esa hermosa canción funcionan como fondo de reserva de nuestro Banco Central de la Vida para sostener la parte brillante de las cosas, cuando la hay, eso sí. Y la hay. Ahora pienso que los gramos de felicidad que pesamos día a día no podrían brotar a la luz sin la certeza de nuestros muertos, los de cada uno; el volumen de la felicidad, en ese sentido, es convertible en su mayor dimensión y se desequilibra cuando esa convertibilidad se rompe. Así como alguna vez Carlos y Domingo estipularon la correspondencia entre dólares y pesos para la economía nacional, afirmando en su momento que dentro del Banco Central de la República Argentina había un dólar por cada peso circulando en la calle, nosotros debemos acumular la misma cantidad de muertos en nuestra conciencia para que la divisa circulante, el bien de cambio que utilizamos tanto en la calle como en los sueños como en la cama (la felicidad), se mantenga equilibrado. Gastamos mucha o poca felicidad según nos lo permiten nuestros muertos. Y así como a fines de los noventa nadie creía que dentro del Banco, allí en la calle Reconquista, en el microcentro porteño, había un dólar por cada peso que andaba la calle, a nosotros también se nos complica cuando esa paridad cambiaria no es creíble en el microcentro de las fibras íntimas. Pero como todo corolario de una primera reflexión, debo decir que yo no quería hablar específicamente de esto. Yo quiero hablar sobre este mismo mecanismo de la economía diaria pero aplicado al fútbol, donde los muertos de la felicidad son la materia flexible de las metáforas de la confrontación y también son su resultado, la materia impenetrable de la realidad objetiva. El hincha de fútbol no pide perdón por sus muertos pero los utiliza de igual modo, con igual fruición y necesidad, porque no podría avanzar en el sentimiento repetido de los domingos sin contar con los muertos que se oponen o bien a su resistencia para soportar las derrotas mientras canta (contento) en la tribuna, o bien a sus estados de euforia sonora, cuando los resultados deportivos acompañan y esos muertos configuran el centro de la burla. El hincha depende aún más de los muertos que despide el domingo, los propios y sobre todo los ajenos.

Estas palabras ponen el ojo en la letra de la canción a la que hace referencia el título, pero a partir de acá quiero detenerme en la idea de serenata sin rima. Hoy domingo quiero hacer algunos comentarios sobre las canciones de cancha, y particularmente sobre el talento y la originalidad oculta y poco valorada por la crítica que ostenta una de las hinchadas más importantes del fútbol cordobés (podría decir LA hinchada del fútbol cordobés): la del Club Atlético Belgrano de Córdoba. Cuando llegué a la ciudad, mis amistades tuvieron la posibilidad de fabricar un hincha más a su antojo, porque lo único que tenían que hacer era mostrarme el ambiente de cada cuadro local y allí yo podría decidir, tranquilo, a quien apoyar sin locura, porque ya tengo mi corazón partido al medio. Los primeros meses de mi vida en Córdoba tuve la posibilidad de ver a uno de mis cuadros, el que corresponde a mi aurícula y mi ventrículo derechos: el Club Cipolletti de Río Negro, jugando y perdiendo la final del Argentino A en el barrio de Nueva Italia contra el Racing del diablo Montserrat, la chanchita Albornoz y algún otro muerto vivo de esa época. Allí mismo quedaron sepultadas mis ganas de apoyar al homónimo cordobés de mi otro club del corazón, el Racing Club de Avellaneda. Entonces quedó fuera de discusión el resultado de esa primera experiencia: nunca le pondría un peso encima a los muertos de Racing de Córdoba. Luego, el padre de un amigo me invitó a ver un partido por la Copa Libertadores de América aquí en la ciudad (¡qué raro que suena eso hoy!), que jugaría Talleres contra el América de México: mierda, pedazo de oferta, pensé yo, que nunca me había imaginado semejante nivel de competencia en esta provincia, a cargo de un club supuestamente tan importante, sumado a que sólo conocía de cerca la Copa Libertadores por haber visto perder a Racing en 1997 contra Alianza Lima, en Perú, 4 a 1, dando verdadero asco. Todo por TV, por supuesto: la Copa Libertadores era para mí un producto mediático. Finalmente aquel programa de miércoles por la noche no prosperó porque se solaparon unos compromisos y no pudimos ir a la cancha, y lo bien que habré hecho en no insistir por otro lado, porque después no sólo tuve la posibilidad de ver la tribuna de Talleres desde lejos (como se deben ver las cosas, y más en el fútbol), sino que también puedo analizar el momento actual del club, que en estos días existe porque el aire es gratis y que tiene para rato (para rato en serio) en un torneo que conozco muy bien en su miseria constitutiva: el ya nombrado Argentino A. Con Instituto la experiencia fue negativa y corta (fui con mi cuñado a ver a Racing de Avellaneda, ganamos 1 a 0 con gol de Lisandro López de tijera y nos cagaron a botellazos de Pritty) y ya me queda por último el objeto de este texto, el club Belgrano. Otros amigos sí pudieron rubricar la invitación y me llevaron al estadio mundialista Chateau Carreras a ver un clásico cordobés. Lo interesante de esa primera invitación fue que me olvidé los anteojos, y que el Chateau es el estadio argentino que más lejos tiene las tribunas de la cancha. Una reverenda cagada. Por suerte salió 0 a 0 y me sirvió para mirar las dos hinchadas (estaba en la platea del costado). La de Talleres, una hermosa postal panorámica. La de Belgrano, una fiesta enloquecida del sufrimiento, la derrota afincada en el corazón como combustible de la alegría. La muerte como sangre de la vida. A partir de ese momento fue a ver algunos clásicos más que ganó Belgrano (justo agarró una de esas rachas, con muertos como Mariano Campodónico o el arquero Robinson Zapata alzándose como figuras) y terminé por elegirlos, hasta el momento en que me hicieron vivir el partido más impresionante que pude presenciar en mi vida: el 3 a 3 con Nueva Chicago, definitorio por el ascenso a la primera A que, por supuesto, en ese momento, no prosperó (lo haría unos días después, en Bahía Blanca, al ganar sorpresivamente la llave de la promoción contra Olimpo), aunque la gente terminó aplaudiendo a rabiar a un equipo exhausto y diezmado que había dejado, literalmente, todo en la cancha. Ese partido, en que el también grité y aplaudí, fue suficiente para entender la cosa. Y también me sirvió que uno de mis clubes, Racing, corriera el riesgo de perder la máxima categoría, porque justo le tocó jugar con Belgrano y en el partido de ida, en el Chateau, pude ver desde lejos, en panorámica, a la gente de Belgrano, y hasta pude putearlos, porque yo estaba en la popular de Racing. Así y todo, desde allí mismo, los puteaba como loco pero sentía el cariño que todos estos años de atención me imprimieron en el cuerpo. La hinchada de Belgrano es especial, como la de Racing, y esa noche de promoción lo pude sentir en perspectiva: las dos hinchadas gritaban como locas a pesar de que lo que se estaba jugando eran restos de basura. Finalmente Racing le ganó la llave a Belgrano, pero el espectáculo lo dieron las hinchadas, especialmente la pirata, que tenía más espacio en las tribunas. Por lo tanto, Racing y Belgrano comparten la esencia que les da ese empuje que nunca van a perder: viven de la muerte y convivirán con ella cada minuto que la pelota ruede.

Pero vuelvo a la hinchada, y a las serenatas sin rima. Como bien saben ustedes, las canciones de cancha son un subgénero propio de la música popular, sostenido a partir de la adquisición y robo de temas compuestos por artistas populares (desde Donato y Estéfano a Sergio Denis, pasando por Gilda, Rodrigo, Los Redondos y Vilma Palma e Vampiros) y adaptados a los requerimientos de los que hablaba al principio: el aguante, la resistencia, la burla. Y todo ese mecanismo se ha expandido dentro y fuera de las fronteras nacionales a partir de la rima: algunas hinchadas hasta han forjado una suerte de academia para entrenar a simpatizantes extranjeros que quieran hacer negocios en sus respectivos países con el camuflaje de la pasión por su club, y así les enseñan melodías, tácticas de matonismo y el procedimiento de la rima. No pienso ponerme a contar las sílabas de cada verso para analizar la métrica precisa de las canciones de cancha porque es domingo por la mañana, y porque me guardo el tema por si continúo viviendo de la investigación de acá a unos años, pero sí quiero decir algunas cosas sobre esa cualidad elemental de las canciones de cancha que homogeneízan sus palabras clave para darles una entidad épica y poética al mismo tiempo: ser campeón porque se pone el corazón, poner huevos sin cesar porque esta noche tenemos que ganar, olé olé olé olá cada día te quiero más, oh, soy de Racing (por ejemplo), es un sentimiento (por ejemplo), no puedo parar. La rima es constitutiva de la sinrazón del fútbol, y por transitividad es constitutiva del deporte mismo, como forma de vida. Y por supuesto hay hinchadas ya industrializadas que son especiales por el aparato que han sabido construir, como las de los equipos grandes, pero también está la hinchada de Belgrano, que por cordobesa o por lo que carajo sea se distancia del resto. El jugador número 12, por ejemplo, también llamado hinchada xeneize o bostera, ha sabido escribir en el aire del aliento una de las canciones que más ganas contagia a quien la escucha, por más que no se simpatice con el club: “Vamo Boca vamo, hay que poner más huevo que ganamo, vamo a traer la Copa a la Argentina, la copa que perdieron las gallinas, las gallinas”, con música de Sergio Denis. O el dogma peronista, emotivo y nacional de la hinchada de Racing para cantar su himno: “Desde el este al oeste, y del norte hacia el sur, brillará blanca y celeste la academia el Racing Club. Y la acadé, y la acadé, y la acadé, y la acadé”, con música de Hugo del Carril. Otros ejemplos de rimas compartidas por todos nos atacan cuando se acerca ese mojón de la historia social, económica y política que es el Mundial de Fútbol de la FIFA, y nos hace colgarnos de los bíceps del pasado (exactamente igual que Ricardo Fort) para cantar “volveremo volveremo, volveremo otra vez, volveremo a ser campeones, como en el ochenta y seis”, o la canción que más recuerda y ejecuta el público femenino en días de Mundial, porque también anda en el aire y es fácil: “Vamos vamos, Argentina, vamos vamos, a ganar, que esta barra quilombera, no te deja no te deja de alentar”. Todas son potentes gracias a esa virtud pegadiza, que uno vuelve automática justamente porque ése es su cometido: naturalizar el discurso y memorizarlo, hacerlo una exhalación, un producto vocal de la ausencia de pensamiento.

Pero la hinchada de Belgrano es distinta, como son distintos los tipos que se sientan a escribir canciones priorizando el sentido por sobre la forma, el fruto del intelecto y la emoción del pensar por sobre la técnica, el hecho estético en sí, complejo, inasible, como proceso, por sobre los cánones de las estetización, es decir, el hecho estético de la búsqueda por sobre la noción flaca de lo lindo o lo feo, lo simpático o lo divertido. El hincha de Belgrano, individual o colectivo, también suscribe a este modo de pararse sobre la tierra y enfrentar las vicisitudes cotidianas: el hincha de Belgrano (como el de Racing Club pero cordobés y ocurrente) prioriza la búsqueda del sentido por sobre el resultado final, y metaboliza la experiencia de apoyar a un equipo que no sabe triunfar de verdad por sobre la noción de éxito en sí, tan flaca como la discusión posmoderna popular sobre lo bello. La hinchada de Belgrano es distinta y ha sabido madurar el knock-out repetido sencillamente porque prescinde de la rima. No necesita que las canciones vuelen por el verde césped con la forma esférica de una burbuja de jabón que nace del dispositivo que ofrece un vendedor ambulante, ni necesita que los jugadores que visten la camiseta (los que tienen que transpirar) recuerden la letra como quien recuerda un rezo. Algunas veces sí, pero no hace falta todo el tiempo. Los hacedores del Club Belgrano no necesitan la hegemonía de lo pop, porque son, en el fondo, cantautores: incomprendidos por las cáscaras del mercado de lo bien hecho, autores de culto para los que se alimentan de la tristeza, detractores de la eficacia como noción troncal de la vida. El hincha de Belgrano, suelto como una bandera, canta desde la tribuna una construcción compleja de sentido, que abandona la lógica de la transitividad irracional y en cambio la reemplaza por el rebote de lo denso: “En Jardín Espinosa, viven los puto e Taiere, que a Alberdi, nunca van, porque les tiembla la pera; ahhh, ay ay ay, vo corré como corre Central; ahhh, ay ay ay, sos amigo de la Federal”. A primera vista o sonido nos encontramos con una pieza tradicional, rimada y sin sorpresas, pero ojo: ¿qué pasa con los primeros versos? ¿Se los puede dejar pasar así como así? No. En Jardín Espinosa viven los putos de Talleres, que a Alberdi nunca van porque les tiembla la pera. Esto es más que una declaración, porque incluye, ante todo, la cuestión geo-política: delimitar los barrios es delimitar las fronteras de la dignidad y la militancia, y eso basta, en esta ciudad, para comprender que en Jardín Espinosa la gente no sólo tiene para comer, sino que también tiene para ostentar, mientras que en Alberdi el orden de la cotidianeidad se basa en sacar la silla de tela (antiguas reposeras) a la vereda para ver caer la tarde y saludar a los vecinos. Son dos formas de vida que si intentaran comunicarse a través de dos vasos de plástico, cortarían el hilo. Y luego, por supuesto, la presencia del miedo: según los manuales de composición canónicos, la demostración del miedo podría caber fácilmente en aseveraciones como “van a correr”, o “sos cagón”, o alcahueterías como “ser amigo de la yuta o la Federal”. Sin embargo los cantautores de la hinchada de Belgrano eligen una imagen: el temblar de la pera. La resonancia no se circunscribe a un tiempo en particular: el temblar de la pera comunica escenas de la infancia con íconos de la ficción, los procedimientos de los dibujos animados y los cómics en diálogo con la tragedia, o la pérdida del control del cuerpo. Entonces después sí, se le puede dar a la masa lo que la masa quiere: una rima. Pero antes la convicción se despacha con un engranaje extraordinario, un signo de la diferencia.

Y hay un poco más: la otra noche, en la preferencial que da la espalda a la avenida Colón, en el barrio de Alberdi de la ciudad de Córdoba, mientras Atlético Rafaela metía un poco de presión sobre la defensa celeste, pude cerciorarme de que el ejemplo que acabo de mencionar no es un brillo flotando en el aire, la excepción a la regla: sin duda estamos frente a una política discursiva que se sostendrá por tiempo indefinido, una posición sólida y persistente como el hormigón de las tribunas que se alimenta de todo tipo de estrofas. Con la música de Víctor Heredia, un pilar de la canción popular y, podríamos decir, una bestia salvaje de la entonación, en un momento la hinchada cantó “somos de la gloriosa banda de los piratas, la que va a todas partes, se aguanta los quilombos” y yo casi me caigo de orto, primero por la emoción y la revelación de lo que estaba escuchando, y segundo porque el zaguero izquierdo de Rafaela había metido un cabezazo en el travesaño que obligó a fruncir las válvulas del cuerpo (anos, vulvas, uretras, bocas, ombligos) a todos los presentes. No creo que se trate de una casualidad el hecho de que la melodía en cuestión se titule originalmente “Todavía cantamos”; la premisa es evidente y apunta a permanecer en el tiempo todo lo que el ritual lo permita. Algunos cerebros de la hinchada celeste, en algún sillón cuarteado y marroncito similar al que durante años habrán achatado los integrantes de la trova cubana en casa de Silvio, decidieron en su momento no reemplazar, sino reescribir la letra de una himno de la gente como “Todavía cantamos” para ofrecer en su lugar la potencia avasallante de lo incondicional. Y otra vez la prioridad fue el sentido por sobre la musicalidad: erigir la fibra medular de la resistencia a partir de su trenzado con los filamentos del lugar común. Este último fragmento que menciono juegan a mezclar (coser con palabras) un delgado hilo dorado entre agujas de paja. La construcción, por ejemplo, que gira en torno a la “gloriosa banda” ya ha sido utilizada por infinidad de hinchadas y se constituye sin duda como un cliché, al igual que la noción de “quilombo” y la del movimiento libre que prefigura el fixture: “ir a todas partes”. Pero la receta que lograron con esos ingredientes tan comunes (un menú gourmet, cocina de autor, a partir de la combinación de minutas) se sale del marco: la hinchada que va a todas partes y se aguanta los quilombos no necesita de rankings de canciones pegadizas como los que alguna vez organizaban algunos programas deportivos para expresar la sensación que los une: la incondicionalidad absoluta, a caballo de la fantasía del ascenso. El mensaje es claro: la memoria de todas las batallas juntas, trasladada al presente, exige la prosa fuerte por sobre la dulce presencia de la rima. Al igual que aquellas aristas teóricas que han organizado los hechos de la vida cotidiana en torno a la noción de relato, la hinchada de Belgrano no sólo se escapa de toda fórmula para emitir reflexiones sobre las miserias de los adversarios, sino que también elige contar el devenir de su amor a partir de las coordenadas espacio-temporales de las que nadie escapa. En este sentido, transitar por la vida se puede pensar como el desarrollo incesante de un relato que no augura un final previsible, y según como se organice dicho relato, cualquier intérprete podrá, cuando así lo requiera, recuperar la naturaleza de lo atravesado. En virtud de la producción intelectual de la hinchada celeste, el recorrido que quiero compartir con ustedes en mis pocos años de experiencia reúne el valor suficiente como para dejar sentada esta conclusión: los cantautores del fútbol se asientan en la ciudad de Córdoba.

Ya es hora de que las playas y los fogones aislados en las orillas del continente puedan recoger estas producciones sin necesidad de dar explicaciones a cuanto hippie se halle presente. Ahora no sólo sonarán los clásicos de Serrat, Serrano, Sabina, Rodríguez, Milanés, Gabo Ferro y compañía en las guitarras de las noches estivales, con botellas de ron o vodka como adornos del relajo colectivo. Si otros se animan a seguir este camino de la experimentación (una banquina bien alisada), también habrá de aquí a un tiempo, en los arpegios del mundo sensible, algún indicio de los otros clásicos, los de la tribuna y su resistencia.


* Las negritas me corresponden (o eso quisiera).

18.8.09

Conquistadores del desierto

Está claro que ahí afuera deberían estar reptando dos líneas continuas. Pero yo apenas veo la luz de las ópticas, y en el centro una balacera. Un punto mudo que esta noche me nace entre los ojos, se astilla y vuela por debajo del auto, y pierde el sentido detrás de mi nuca. Se aleja atravesándome la espalda. Pero el amarillo, es lo que me pregunto. Eso que ahora falta como la única forma posible del peligro. Ahí está el problema. Una recta no es así: ¿qué es, ahora, una recta?

Puedo decir: una intermitencia blanca, el latido de la ruta que me quiere hacer dormir.
O puedo pensar: una lluvia sola y vertical y plana.

Me estoy moviendo a tres mil quinientas revoluciones por minuto en una recta de trescientos kilómetros de largo que me lleva directo hacia el oeste, y nada, en lo muy poco que puedo ver, es amarillo.
Está bien, alguien me había avisado que un viaje por este lugar, de noche, es como conocer al mundo en la previa de su nacimiento. Ver el mundo antes de que sea mundo. Y tienen razón. Viajo solo, la oscuridad es total y el auto es mío. Nada más haría falta. Qué es esto sino el espacio.

Entonces digo: así, ni siquiera importa si soy feliz cuando viajo.
Y pregunto: ¿cuál es, así, la distancia entre lo que puedo decir y lo que pienso?

De a poco acelero, suelto el volante, apago las luces, sólo el motor queda. Ahora sí floto en la pulpa más tibia de la oscuridad, y saco el pie del pedal porque el blanco es un sitio mucho más cómodo que cualquier negrura, o que cualquier forma de amarillo. Pero si busco algo lo tengo que probar, y por eso vuelvo, y por eso acelero.
Pero el reflejo en las manos. Vuelvo al volante. Enciendo las luces.
La ceguera me había corrido hacia el centro de la ruta, en vez de buscar la rispidez de la banquina. Y faltan más de doscientos kilómetros para que nazca alguna línea amarilla.

Puedo decir lo que esta cabina esté dispuesta a escuchar, porque esto, no sé si alguien se dio cuenta, habla de la soledad.
Puedo pensar lo que hay, lo que soy, y no otra cosa.

Si freno de a poco, así, lento, y me detengo en la ruta, la línea punteada deja de moverse. Una recta partida al medio. Y es el silencio más hondo si apago el motor, y es el negro origen de todo, si abandono esta butaca y salgo.
Respirar. Ejercer el respiro. Me acuesto delante del auto, los metales de la trompa asustan, no puedo saber si cruzo una porción de la línea blanca, pero estoy en el centro. Miro el cielo, separo las piernas, los brazos, la nuca en la cosquilla del asfalto.
Cargo en la espalda el grosor de la tierra, y no hay tibieza en el camino. La noche ya quitó los recuerdos de la vida que deja el sol. Hay un calor que surge del motor, de lo que es este viaje. El calor del movimiento y sus restos.

Puedo decir: soy parte de esto. Estoy quieto. Si me tienen que pisar, que me pise mi auto.
O puedo, por último, cerrar los ojos y no pensar en nada, porque alguien tendrá que pasar por acá, para demostrar que este desierto no tiene medida. Alguien tendrá que acercarse como una luz, como un ruido, creer en lo que no ve, frenar a destiempo.

14.8.08

Filos de invierno (del libro Grises, verdes, 2004)

Es difícil, por eso de convivir con las explicaciones, pero ahora estoy sentado en una plazoleta y puedo ver todo, y así como lo veo también puedo explicarlo. Estoy con mis tres hijos en la avenida principal de una ciudad que no voy a nombrar, porque no creo que valga la pena, y en la vereda de enfrente hay un café, y en la puerta, sin que lo haya tocado, está estacionado mi auto. Adentro del café, a unos dos metros de la ventana, está mi mujer. Está sentada en una mesa con un tipo. Desde acá la miro con Galo, Juan Ignacio y Dolores, mi hija mayor.

En este mismo banco yo me sentaba antes de ir a bailar, cuando era adolescente. Mi mujer también se llama Dolores, y sonríe. El tipo que la divierte se llama Ricardo, y lo conoce –y lo conozco– desde esa época de los bailes. Fue su primer novio. Sé que lo quiso mucho.

–¿Qué hace mamá? –me pregunta Galo, el más chiquito.

–Me pidió el auto para visitar amigas –le digo.

–¿Y ese tipo quién es? –pregunta Dolores.

–Ricardo –respondo.

Ahora miro a mi mujer que está sentada en una silla de madera oscura, con su tapado de pana marrón, y pienso en todo lo que podría haber sido. Nosotros llegamos ayer de Córdoba, para visitar a los abuelos. Ordenamos el equipaje, pedimos algo de comida y nos acostamos por el cansancio del viaje. Hoy ella se levantó rápido y me dijo que quería aprovechar la mañana para visitar a las chicas. Para avisarles.

Estoy mirando como Ricardo le hace cosquillas en la cara con un sobrecito de azúcar y de golpe se me aparecen todas las tardes ventosas, las mañanas heladas, los locales de mi viejo, el monumento y la rotonda que lo abraza, las heladerías que cerraron y las que a pesar del frío aguantan. Ricardo le acaricia las orejas y yo vuelvo a comprar el primer monito peludo que le llevé de regalo, a los diecisiete años, y me acuerdo de mi mamá envuelta en su bata cuando me veía entrar a la casa con otras mujeres. Tenés que ser más franco, me decía. Pero no la escuchaba.

Mi mujer le toca el pelo con sus dedos finitos y yo me escapo hasta un lugar en la bardas, cerca del río, donde siempre me quedaba esperando que anocheciera. Es una puntilla en lo alto que deja ver la mezcla de nubes, rayos de sol y viento. Yo me sentaba en la arcilla seca y esperaba el momento justo. De vez en cuando llevaba amigos para que pudieran ver los colores. Después, cuando el sol desaparecía, caminaba rápido hasta mi casa. Si podía arrancaba un cactus para enterrarlo en mi sector del pasto.

–Tendríamos que entrar y decirle que la estamos mirando –dice Dolores.

–Ni en pedo –dicen los chicos.

Yo los abrazo. Están atentos a lo que pasa adentro. Cuando Ricardo se le acerca, ellos me aprietan las manos. Mi hija me mira desde la punta del banco. Los chiquitos ni siquiera cierran los ojos. Están por llorar del cansancio, por mantener los ojos abiertos. No por la tristeza. Acá, en este lugar, cuando el viento pega en los ojos dan ganas de llorar.

–Me gustaría escuchar lo que hablan –dice Galo.

–A mí me gustaría decirle a ese viejo puto que lo vamos a cagar a trompadas –dice Juan Ignacio.

–Ni se te ocurra –le digo-. Dejá que pase.

–¿Y no pensás reconquistarla? –dice Dolores–. Qué poco romántico.

Yo la miro y estiro un brazo para tocarla. Después me paro.

–Agachate, pá, que te van a ver –dice Galo.

Les digo que no se muevan del banco. Voy al quiosco a comprar golosinas, digo. Y empiezo a caminar.

Avanzo por la plazoleta hacia la diagonal 25 de Mayo. Cruzo la avenida y llego al quiosco Hugo. Cuando yo tenía que comprar chicles, antes de salir, veinte años atrás, iba a ese quiosco. Me atendía un colorado que nunca supe si era el dueño del local o un empleado. Ahora me atiende de nuevo. Está viejo, con muchas líneas en la piel y un tono anaranjado en el cuello. La costumbre le robó el color, pienso. Y lo saludo.

–Hola Hugo –le digo.

–Hola –dice–. ¿Lo conozco?

–Sí, me conoce. Pero no se acuerda.

–¿Necesita algo?

–Déme unos chicles y algunos caramelos. Déme unas DRF y un chocolate con almendras.

Hugo apoya la bolsa con chicles y caramelos sobre el vidrio y pregunta:

–¿Chocolates?

–DRF y chocolate con almendras.

–Diego –me dice con voz ronca–. Vos sos el pelotudo de Dieguito.

–Sí –le digo.

–Vos llevabas con almendras para una minita. Tu viejo era un santo, pero vos un pendejo hijo de puta –dice, y sonríe. Mueve el cuello hacia atrás y luego hacia delante, muchas veces, y se queda sonriendo.

Por esa combinación de sonrisa y movimiento siempre tuve que alejarme del mostrador en silencio. No había otra forma. Hugo todavía es de esas personas que no se acomodan con el tiempo.

–Hijo de mil putas –repite, y mueve el cuello.

Me alejo del quiosco y camino por la diagonal. Acá había un café que se llamaba Fedra, me digo en voz baja, y acá la empresa de turismo de papá.

Me paro en la puerta del local. Desde el primer piso yo siempre bajaba corriendo la escalera, cruzaba la calle, escalaba el monumento a San Martín y después me sentaba en ese banco donde ahora están mis chicos. Hace veinte años me sentaba en un banco donde ahora están mis hijos. Tres hijos. Mirando cómo desayuna su madre, sin que ella lo sepa. Dolores, mi mujer, en el medio de todo esto, esperándome en cada mesa de todas las confiterías posibles, acurrucada en los canteros filosos del invierno. Con el insulso de Ricardo. Y los chicos.

Cuando llego al banco los tres me miran, y no dicen nada. Entrego los chicles, los caramelos, las pastillas, y me guardo el chocolate en el bolsillo de la campera. Después les pido que hagan lugar. Galo y Juan Ignacio abren un espacio para que me siente. Dolores sigue en la punta del banco.

–Se dieron un beso –dice Galo.

Dolores se suena los mocos.

Yo levanto la vista hacia el café y justo alcanzo la repetición. Ricardo le sostiene la nuca y ella inclina la cabeza. Después separan los labios pero se quedan juntos, se acarician, y sonríen.

–Ahí se dieron otro, papá –dice Juan Ignacio. Y me mira.

–Voy a entrar para escuchar lo que hablan –digo–, pero necesito que me ayuden.

–Qué querés –dice Dolores.

–Nada mi amor, solamente quedate acá con los chiquitos –le digo.

–¿Y cómo te vas a camuflar?

–Me saco la campera y me tapo con la boina. ¿Se quedan?

–Sí –dice Galo. Y Juan Ignacio vuelve a mirar.

Dejo la campera en el banco y cruzo la calle. Si me descubre todo esto se va a la mierda, pienso. Abro la puerta y camino rápido hasta la barra. Pido un cortado en jarrito y me siento atrás, en una mesa contra la pared. Nos separan unas cabezas. Ellos no miran nada en especial.

Estoy sentado en el mismo café donde mi mujer está con un tipo, en la avenida más ancha de la ciudad de Neuquén, y lo puedo explicar. Acá pasé los quince años más importantes de mi vida. Desde esta mesa escucho lo que ella dice y al mismo tiempo puedo ver las caritas de mis hijos, sentados en la plazoleta, que también me miran. La señora se toca con un tipo cerca de la ventana y le dice que ayer soñó conmigo. “Estuve toda la noche con Diego, adentro de la cama, como siempre”, dice. Y Ricardo se ríe.

Ahora me sale, ahora puedo, porque es la lejanía lo que confunde, en una mezcla con lo que está cerca y no se alcanza. Es eso. Lejanía y cercanía, en la misma ráfaga, en estas esquinas donde el viento pega más fuerte, en los colores que prenden a la tarde, y que después de un rato se apagan.

Este lugar está lejos y está cerca.