6.12.12
Granitos
26.1.12
Out of Bounds
Supongo que pasará lo mismo con las personas. Pero entonces, ¿por qué es mucho más "digerible", para la mayoría, la muerte de un animal? ¿Porque no habla?
20.1.12
El Efecto Necochea
La sombrilla lo traspasó con tal precisión y velocidad que terminó saliéndole por la espalda más de treinta o cuarenta centímetros, para luego clavarse otra vez en la arena, clavando también al futuro muerto como una estaca. El viento se calmó en ese preciso instante en que el hombre vio, por última vez, la armadura interna de una sombrilla, los fierritos desde abajo. El lado de adentro.
Los bañistas corrieron despavoridos a socorrerlo, pero era casi tarde. Los hijos de la víctima, un nene y una nenita que habían recogido algunos tejos en el ínterin del vuelo, soltaron todo y cayeron arrodillados junto al cuerpo tieso y atravesado al medio por el caño blanco. Fue la nenita y su impulso veraniego la que acercó una oreja a la boca sangrada de su padre ido, para escuchar las últimas palabras, quizás un último deseo.
–Tengan ojo... –le dijo el hombre–, con... –dijo–, el agua.
Y se desvaneció.
5.1.12
Clave de flaco
21.3.11
Cuchi Corral
–Pero si es lo que querés. Dijiste que lo íbamos a hacer juntos.
–Juntos pero no así. No quiero que te muevas de acá.
El chico tiene ya la mano estrujada por esa otra mano huesuda que hace fuerza para que no se acerque al barranco. El viejo lo sostiene mientras él intenta patear unas piedras por la rampa de madera preparada para los parapentistas. El mirador está a merced del último sol y la luz los encandila: es el final de la tarde, en el momento en que todo allí despide un reflejo. El río, cientos de metros por debajo de la cornisa, hace rebotar el sol a lo largo de su dibujo; las plantas reverdecen, las sierras se opacan hacia el horizonte por el contraste (las sierras son las persianas invertidas). Están parados en el comienzo de la rampa, el único sendero dispuesto para ensayar un salto controlado.
–¿Acá venías a volar en parapente?
–Aladelta. El parapente apareció después, cuando ya no nos tirábamos –dice el viejo, que junta en los ojos el ancho del paisaje. Estuvo allí muchísimas tardes, pero nunca acompañado por su nieto.
–¿Y venías seguido?
–Sí. Gané el primer campeonato argentino, en el ‘79.
–Dejame que quiero ir con los otros –dice el chico, y el viejo le suelta la mano para dedicarse sólo al horizonte. Franjas superpuestas de naranja, rojo y fucsia: el color de las brasas, tal como le gustaba a ella.
El silencio dura un instante.
–Ahora –vuelve la voz fina sin avisar, en medio de un envión. Corriendo desde atrás, el chico lo empuja con toda su fuerza, desde la parte baja de la espalda hacia el declive pronunciado de la rampa.
El viejo pierde unos pasos por la sorpresa, pero recobra la rigidez y se resiste a tiempo.
–Esperá –alcanza a decir cuando el chico cambia de lado y se le cuelga de un brazo. Quedan apenas a unos metros del vacío, tirando: el viejo arruga la boca por el esfuerzo pero el chico lo mira a los ojos.
Se reconocen: su nieto tironea mirándolo.
–No te asomes –dice finalmente el viejo, y afloja el cuerpo de un momento a otro, se desentiende de los pies. Trastabilla por los huecos entre los listones y al caer golpea contra la rampa, con las rodillas, y luego estira los brazos a la nada, como tanteando el vértigo: llega a soltar una sonrisa antes de resbalar en la punta y desaparece. El chico se arrodilla y gatea rápido hasta el último de los listones. Asoma la cabeza y alcanza a ver cómo el cuerpo desarticulado rompe primero unos arbustos, pega luego el torso contra una piedra y por último despide un estruendo seco, suficiente. El resto es parte de una tragedia verdadera.
25.10.10
Capítulo uno
En una cama de esas con los soportes de metal para las piernas y una bata improvisada para no ver nada, el dolor de la panza, un tajo, otro techo, el dolor, los gritos. Voy a ser mamá, yo. Vera.
6.5.10
Grasas al Señor
El domingo 11 de abril de 2004 fue un día normal en el centro, hasta las siete y media de la tarde. A esa hora, un zapato negro y abotinado del señor Di Giorno cayó a los pies de la cama matrimonial, y se detuvo junto a una sandalia también negra de su esposa, la señora Di Giorno. Hacía ya unos meses que esos zapatos no se rozaban. Ella ejecutó una maniobra de otras épocas para levantarse el batón, flexionar al máximo las rodillas y sentarse encima de él: el señor Di Giorno, sorprendido, aprovechó el embate para bajarse el calzoncillo, aflojar las piernas, unir las manos por detrás de la cabeza y recién después suspirar. El sol entraba oblicuo por la ventana, y los encandilaba. La señora Di Giorno comenzó a moverse despacio, tratando de aplacar la rigidez de las caderas, pero el señor Di Giorno no quiso prudencia y le exigió velocidad. La señora cerró los ojos: se recogió el pelo y jugó a ser flaca, las flores de su batón se animaron. El señor, sin pensarlo, le acarició las piernas. Hasta que sucedió. La señora Di Giorno respiró fuerte por la nariz, e interrumpió el meneo. El señor Di Giorno levantó las cejas. Ella volvió a inhalar, con asco, y destrabó las rodillas: “asqueroso de mierda”, dijo, y escapó a la cocina.
El 11 de abril de 2004, a las siete y media de la tarde, Eduardo Obregón Sota dio por terminadas sus tareas dominicales y se dejó caer en el sillón del living. Estiró el torso hacia delante y aprovechó para bajarse las medias: arrugó todo lo que pudo la tela y se rascó el final de las piernas, la parte más fina, lo que antecede al tobillo; allí donde los elásticos dejan marcas sobre la piel. Y rió. Obregón Sota se rió porque no había nada mejor que rascarse una tarde de domingo, pero cuando empezó a sentir el olor se le rompió la sonrisa, y pensó que tenía que pegarse un baño. Se sacó las medias: el olor no venía de ahí. Ensayó una contorsión y se husmeó los dedos de los pies: todo estaba dentro de lo normal. Después siguió olfateando y llegó hasta la ventana.
Veinte minutos después, en la iglesia de los Capuchinos de Nueva Córdoba, el padre Caseratto –encargado de la misa de las siete– dio la orden a los asistentes para que se dieran la paz. En la primera fila de bancos, cerca del altar, esperaban la viuda de Moyanores y la viuda de Martinores, representando a las bi-varietales, y un poco más alejada la viuda de Nores, cristiana de una sola cepa. La iglesia estaba repleta. El olor avanzó por el pasillo central, paralizando en principio a quienes habían llegado tarde, y luego tomó por sorpresa al padre, que inmediatamente miró hacia el sector de las viudas y notó la desconfianza que ya existía entre ellas. Las viudas soportaron el primer acercamiento: se tomaron de las manos y se besaron, pero lo hicieron rápido y sin mirarse a los ojos. Un instante después los del fondo comenzaron a levantar la voz y el padre tuvo que pedir silencio a los gritos. Finalmente abandonó el altar y caminó por el pasillo hasta la explanada de acceso. Una vez afuera respiró hondo, y miró al cielo. La noche ya estaba creciendo sobre la ciudad. El tránsito se había detenido, y desde la plaza España bajaba una columna de gente en dirección a la avenida Vélez Sarsfield. El padre avanzó hasta la diagonal (detrás de él siguieron las viudas junto a todos los que participaban de la misa) con la intención de recoger alguna certeza: terminó interceptando a una chica que marchaba con una radio pegada a la oreja.
–¿Me puede decir qué está pasando, por favor? –preguntó el padre.
La chica lo miró y no le dijo nada.
2
La señora Di Giorno, su marido, Eduardo Obregón Sota y las tres viudas de la iglesia se conocieron frente a la Casa Radical. Las mujeres fueron las primeras en quejarse: luego de intercambiar miradas, la viuda de Nores le dijo a la mujer que tenía a su lado –la señora Di Giorno– que “no podía ser”, y motivó con ese gesto la participación de las otras viudas. Los hombres, en medio del diálogo, no tuvieron más opción que presentarse y escuchar las propuestas de los que intentaban organizar la marcha. Los más jóvenes pretendían llegar hasta el palacio municipal e improvisar un escrache. Otros hombres, entre ellos el padre Caseratto, se inclinaron por tratar de descubrir a qué olía la ciudad. Se decidió entonces formar una columna detrás del padre, y marchar así en dirección a la inmundicia. Seguir el olor, caminar hacia donde las narices lo indicaran. Por lo pronto, caminar hacia el río Suquía.
La columna de vecinos avanzó a contramano por Vélez Sarsfield y se fue nutriendo a medida que pasaban las cuadras. Nadie sabía de dónde brotaba el olor, como tampoco nadie podía decir a qué olía el aire. La señora Di Giorno estaba convencida de que se trataba de caca; otros creían que era una mezcla de aguas servidas y productos químicos liberados al ambiente. Al llegar a la calle Duarte Quirós se unió una pequeña fracción de murgueros que aprovechó el gentío para desplegar banderas del nuevo Partido Obrero Cultural. Una cuadra más adelante uno de ellos comentó que en la avenida Chacabuco habían reparado un aliviador cloacal: doblaron entonces por Caseros, y corrieron a toda velocidad para el este. Corrieron entre los autos detenidos, con las banderas como lanzas medievales, y frenaron recién al llegar a Chacabuco, que estaba totalmente desierta. Miraron para un lado: miraron para el otro. Olieron. Nada importante.
Los murgueros retomaron la marcha en el cruce de Colón y General Paz. En la esquina opuesta a la Casa Matriz del correo, un cartel luminoso –letras verdes deslizándose como una serpiente de noticias– informaba que el presidente seguía internado en Rio Gallegos y que eran las nueve y media de la noche. La versión más firme que se manejaba a esa altura –primero en las radios, después en la gente– hablaba de Dioxitek, una planta industrial de Alta Córdoba que solía descargar uranio y amoníaco al aire y a la red cloacal. Se decidió entonces llegar hasta el río –se decidió a los gritos–, pensando que allí el olor sería más reconocible. Sin embargo, en la boca del puente Centenario el padre Caseratto, las viudas y todos los que venían detrás –incluidos los murgueros– protagonizaron un hecho que nunca antes se había dado en la historia de la provincia de Córdoba. Parecía poco probable que semejante oleada viniera de esa zona, porque el viento –como alguien avisó tarde– avanzaba en sentido contrario, y entonces la marcha dio la vuelta. La inmensa columna de vecinos volvió por donde había llegado: todos giraron sobre sus pies, en silencio –caminar hacia atrás hubiera sido demasiado dudoso–, y caminaron para el lado de Colón.
En la esquina del correo –otra vez– hubo una inhalación multitudinaria. “Es caca con un poco de madera”, se dijo Obregón Sota. “Huele a un animal pudriéndose”, dijo otra señora que estaba cerca. Otro hombre sugirió cloacas con azufre. El padre Caseratto subió a una de las escaleras –las viudas lo esperaron abajo– y pidió silencio. Toda la gente calló: estaban cansados. Acomodándose la sotana, estirándola con los latigazos que las señoras hubieran ejecutado para ampliar una sábana, el padre hizo algunas preguntas que la mayoría creyó oportunas y convinieron, a partir de ahí, en marchar hacia Alberdi. Y salió la tropa. A la altura de la Plaza Colón, el olor tuvo otro cuerpo. Cientos de vecinos que esperaban en las calles aledañas se unieron a la columna principal y unas cuadras más adelante el olor ya era intenso, dulzón, y hasta provocaba arcadas en los más chicos. Las viudas usaron pañuelos para taparse la boca. Trataban de no pensar en la fatiga: escoltar al padre hasta donde fuera. Las ráfagas se entibiaron una vez pasada la gran loma de la avenida, cerca del Gigante celeste, y en el corazón de Alto Alberdi, por fin, la marcha se chocó con la potencia máxima de su objeto. Un hedor nauseabundo que caló las paredes de todas las casas, nubló los carteles publicitarios e hizo desaparecer autos, motos, trolebuses y colectivos. La avenida, como antes Chacabuco, estaba desierta.
–Es insoportable… –le dijo el señor Di Giorno al padre.
–Estamos cerca –dijo el padre Caseratto: los ojos achinados, la boca apretada.
En la esquina de Pedro Chutro la columna se detuvo de un modo distinto. El padre y cientos de personas miraron hacia el lado del cementerio San Jerónimo, y encontraron humo. Sin dar explicaciones, y sin proponer otra votación a todos los que venían detrás, se internaron en esa nube densa y caminaron despacio –giraban e intentaban respirar hondo cada cien metros– hasta la puerta enrejada del cementerio. El resto de la gente fue acercándose de a poco, todos los que se guiaban únicamente por el olor; una gran parte de la columna se agolpó en la plazoleta anterior a la entrada, donde había un Fiat Duna y un Ford Falcon estacionados. La concentración terminó siendo tan numerosa que ocupó la plazoleta y todo el largo de la calle, hasta el cruce con la avenida Colón. La policía –y sus adornos– intentó acceder con los patrulleros en clave bolichera pero no pudo. Los agentes debieron avanzar únicamente a pie, hasta la reja.
El padre Caseratto, escoltado por un grupo de chicos con camisetas de fútbol, se tomó de los barrotes de la puerta. A unos metros alcanzaba a ver un pabellón iluminado. Los empleados de turno –un sereno y un hombre de overol– se acercaron hasta la reja y le preguntaron al padre si había algún problema con toda la gente que daba vueltas.
–¡La gente quiere saber qué está pasando! –gritó el padre–. ¡Venimos desde el centro por este olor nauseabundo y ustedes no están enterados! Déjeme pasar, por favor –dijo.
–El cementerio está cerrado, padre –le dijo el hombre de overol.
–Usted está hablando con un hombre de Dios, carajo, mierda –dijo el padre. Las viudas lo escucharon desde atrás.
El hombre de overol abrió el candado y lo hizo pasar, calladito. Caminaron hasta la amplia sala con luz, entraron todos juntos y luego esperaron junto a un armario. Allí adentro no se olía nada.
–Estamos cremando por una orden del municipio. Es una tanda muy grande de cuerpos y decidieron hacerlo hoy domingo –dijo el hombre.
–Pero el olor… –dijo el padre Caseratto.
–Sí, es la grasa. Al combustionar se hace pesado. Por eso prefieren el domingo, que la gente se queda en las casas...
–Pero cómo puede ser que la grasa de una ser humano despida eso, usted nos está faltando el respeto…
–No es una, son muchas. La grasa de un cuerpo no hace nada. Todas las grasas juntas hacen esto.
El padre se quedó en silencio. Tenía la frente y los pómulos transpirados. Preguntó si se podía ver el sitio donde estaba el horno crematorio y le dijeron que sí se podía, pero así una miradita, rápido.
En la puerta de rejas esperaba la muchedumbre y algunos policías con las radios encendidas. El padre salió del cementerio a paso lento y habló con las personas que estaban cerca; después de unos minutos comenzó a brotar un murmullo entre la gente y unos hombres le pidieron que por favor informara a la gente lo que estaba pasando.
Obregón Sota y el señor Di Giorno acompañaron al padre hasta el Falcon estacionado y lo subieron al capó, sosteniéndolo de las manos. “Suba al techo”, le dijeron, y el padre, con miedo, lo hizo. Desde ahí podía ver las caras de todos los que habían marchado: eran miles. Se perdían hacia el cruce de la avenida. El padre Caseratto respiró, lejos ya del sabor que tenía acumulado en la boca, y dijo: “el Señor quiera perdonarnos y mantener estas almas en el reino de los cielos”.
Un silencio.
Y después otro.
Muy pocos lo habían escuchado.
“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, dijo después, y gritó por último “¡amén!”: los dedos sobre los labios, la vista perdida en el fondo de la noche.
“Amén”, dijeron los que estaban ahí nomás, bien cerca. “Amén, amén, amén” siguió la cadena a lo lejos, en un eco desigual –los murgueros no dijeron nada–; “amén” susurraron los que estaban bien al fondo y “amén”, casi como una tos, dijo un hombre a metros de una avenida Colón todavía desierta.
Era un hombre que creía ver a otro sobre el techo de un auto. Las gotas rancias en el alma de una ciudad vieja.
1.3.10
Pequeña reflexión diurna sobre serenatas sin rima
Estas palabras ponen el ojo en la letra de la canción a la que hace referencia el título, pero a partir de acá quiero detenerme en la idea de serenata sin rima. Hoy domingo quiero hacer algunos comentarios sobre las canciones de cancha, y particularmente sobre el talento y la originalidad oculta y poco valorada por la crítica que ostenta una de las hinchadas más importantes del fútbol cordobés (podría decir LA hinchada del fútbol cordobés): la del Club Atlético Belgrano de Córdoba. Cuando llegué a la ciudad, mis amistades tuvieron la posibilidad de fabricar un hincha más a su antojo, porque lo único que tenían que hacer era mostrarme el ambiente de cada cuadro local y allí yo podría decidir, tranquilo, a quien apoyar sin locura, porque ya tengo mi corazón partido al medio. Los primeros meses de mi vida en Córdoba tuve la posibilidad de ver a uno de mis cuadros, el que corresponde a mi aurícula y mi ventrículo derechos: el Club Cipolletti de Río Negro, jugando y perdiendo la final del Argentino A en el barrio de Nueva Italia contra el Racing del diablo Montserrat, la chanchita Albornoz y algún otro muerto vivo de esa época. Allí mismo quedaron sepultadas mis ganas de apoyar al homónimo cordobés de mi otro club del corazón, el Racing Club de Avellaneda. Entonces quedó fuera de discusión el resultado de esa primera experiencia: nunca le pondría un peso encima a los muertos de Racing de Córdoba. Luego, el padre de un amigo me invitó a ver un partido por la Copa Libertadores de América aquí en la ciudad (¡qué raro que suena eso hoy!), que jugaría Talleres contra el América de México: mierda, pedazo de oferta, pensé yo, que nunca me había imaginado semejante nivel de competencia en esta provincia, a cargo de un club supuestamente tan importante, sumado a que sólo conocía de cerca la Copa Libertadores por haber visto perder a Racing en 1997 contra Alianza Lima, en Perú, 4 a 1, dando verdadero asco. Todo por TV, por supuesto: la Copa Libertadores era para mí un producto mediático. Finalmente aquel programa de miércoles por la noche no prosperó porque se solaparon unos compromisos y no pudimos ir a la cancha, y lo bien que habré hecho en no insistir por otro lado, porque después no sólo tuve la posibilidad de ver la tribuna de Talleres desde lejos (como se deben ver las cosas, y más en el fútbol), sino que también puedo analizar el momento actual del club, que en estos días existe porque el aire es gratis y que tiene para rato (para rato en serio) en un torneo que conozco muy bien en su miseria constitutiva: el ya nombrado Argentino A. Con Instituto la experiencia fue negativa y corta (fui con mi cuñado a ver a Racing de Avellaneda, ganamos 1 a 0 con gol de Lisandro López de tijera y nos cagaron a botellazos de Pritty) y ya me queda por último el objeto de este texto, el club Belgrano. Otros amigos sí pudieron rubricar la invitación y me llevaron al estadio mundialista Chateau Carreras a ver un clásico cordobés. Lo interesante de esa primera invitación fue que me olvidé los anteojos, y que el Chateau es el estadio argentino que más lejos tiene las tribunas de la cancha. Una reverenda cagada. Por suerte salió 0 a 0 y me sirvió para mirar las dos hinchadas (estaba en la platea del costado). La de Talleres, una hermosa postal panorámica. La de Belgrano, una fiesta enloquecida del sufrimiento, la derrota afincada en el corazón como combustible de la alegría. La muerte como sangre de la vida. A partir de ese momento fue a ver algunos clásicos más que ganó Belgrano (justo agarró una de esas rachas, con muertos como Mariano Campodónico o el arquero Robinson Zapata alzándose como figuras) y terminé por elegirlos, hasta el momento en que me hicieron vivir el partido más impresionante que pude presenciar en mi vida: el 3 a 3 con Nueva Chicago, definitorio por el ascenso a la primera A que, por supuesto, en ese momento, no prosperó (lo haría unos días después, en Bahía Blanca, al ganar sorpresivamente la llave de la promoción contra Olimpo), aunque la gente terminó aplaudiendo a rabiar a un equipo exhausto y diezmado que había dejado, literalmente, todo en la cancha. Ese partido, en que el también grité y aplaudí, fue suficiente para entender la cosa. Y también me sirvió que uno de mis clubes, Racing, corriera el riesgo de perder la máxima categoría, porque justo le tocó jugar con Belgrano y en el partido de ida, en el Chateau, pude ver desde lejos, en panorámica, a la gente de Belgrano, y hasta pude putearlos, porque yo estaba en la popular de Racing. Así y todo, desde allí mismo, los puteaba como loco pero sentía el cariño que todos estos años de atención me imprimieron en el cuerpo. La hinchada de Belgrano es especial, como la de Racing, y esa noche de promoción lo pude sentir en perspectiva: las dos hinchadas gritaban como locas a pesar de que lo que se estaba jugando eran restos de basura. Finalmente Racing le ganó la llave a Belgrano, pero el espectáculo lo dieron las hinchadas, especialmente la pirata, que tenía más espacio en las tribunas. Por lo tanto, Racing y Belgrano comparten la esencia que les da ese empuje que nunca van a perder: viven de la muerte y convivirán con ella cada minuto que la pelota ruede.
Pero vuelvo a la hinchada, y a las serenatas sin rima. Como bien saben ustedes, las canciones de cancha son un subgénero propio de la música popular, sostenido a partir de la adquisición y robo de temas compuestos por artistas populares (desde Donato y Estéfano a Sergio Denis, pasando por Gilda, Rodrigo, Los Redondos y Vilma Palma e Vampiros) y adaptados a los requerimientos de los que hablaba al principio: el aguante, la resistencia, la burla. Y todo ese mecanismo se ha expandido dentro y fuera de las fronteras nacionales a partir de la rima: algunas hinchadas hasta han forjado una suerte de academia para entrenar a simpatizantes extranjeros que quieran hacer negocios en sus respectivos países con el camuflaje de la pasión por su club, y así les enseñan melodías, tácticas de matonismo y el procedimiento de la rima. No pienso ponerme a contar las sílabas de cada verso para analizar la métrica precisa de las canciones de cancha porque es domingo por la mañana, y porque me guardo el tema por si continúo viviendo de la investigación de acá a unos años, pero sí quiero decir algunas cosas sobre esa cualidad elemental de las canciones de cancha que homogeneízan sus palabras clave para darles una entidad épica y poética al mismo tiempo: ser campeón porque se pone el corazón, poner huevos sin cesar porque esta noche tenemos que ganar, olé olé olé olá cada día te quiero más, oh, soy de Racing (por ejemplo), es un sentimiento (por ejemplo), no puedo parar. La rima es constitutiva de la sinrazón del fútbol, y por transitividad es constitutiva del deporte mismo, como forma de vida. Y por supuesto hay hinchadas ya industrializadas que son especiales por el aparato que han sabido construir, como las de los equipos grandes, pero también está la hinchada de Belgrano, que por cordobesa o por lo que carajo sea se distancia del resto. El jugador número 12, por ejemplo, también llamado hinchada xeneize o bostera, ha sabido escribir en el aire del aliento una de las canciones que más ganas contagia a quien la escucha, por más que no se simpatice con el club: “Vamo Boca vamo, hay que poner más huevo que ganamo, vamo a traer la Copa a la Argentina, la copa que perdieron las gallinas, las gallinas”, con música de Sergio Denis. O el dogma peronista, emotivo y nacional de la hinchada de Racing para cantar su himno: “Desde el este al oeste, y del norte hacia el sur, brillará blanca y celeste la academia el Racing Club. Y la acadé, y la acadé, y la acadé, y la acadé”, con música de Hugo del Carril. Otros ejemplos de rimas compartidas por todos nos atacan cuando se acerca ese mojón de la historia social, económica y política que es el Mundial de Fútbol de la FIFA, y nos hace colgarnos de los bíceps del pasado (exactamente igual que Ricardo Fort) para cantar “volveremo volveremo, volveremo otra vez, volveremo a ser campeones, como en el ochenta y seis”, o la canción que más recuerda y ejecuta el público femenino en días de Mundial, porque también anda en el aire y es fácil: “Vamos vamos, Argentina, vamos vamos, a ganar, que esta barra quilombera, no te deja no te deja de alentar”. Todas son potentes gracias a esa virtud pegadiza, que uno vuelve automática justamente porque ése es su cometido: naturalizar el discurso y memorizarlo, hacerlo una exhalación, un producto vocal de la ausencia de pensamiento.
Pero la hinchada de Belgrano es distinta, como son distintos los tipos que se sientan a escribir canciones priorizando el sentido por sobre la forma, el fruto del intelecto y la emoción del pensar por sobre la técnica, el hecho estético en sí, complejo, inasible, como proceso, por sobre los cánones de las estetización, es decir, el hecho estético de la búsqueda por sobre la noción flaca de lo lindo o lo feo, lo simpático o lo divertido. El hincha de Belgrano, individual o colectivo, también suscribe a este modo de pararse sobre la tierra y enfrentar las vicisitudes cotidianas: el hincha de Belgrano (como el de Racing Club pero cordobés y ocurrente) prioriza la búsqueda del sentido por sobre el resultado final, y metaboliza la experiencia de apoyar a un equipo que no sabe triunfar de verdad por sobre la noción de éxito en sí, tan flaca como la discusión posmoderna popular sobre lo bello. La hinchada de Belgrano es distinta y ha sabido madurar el knock-out repetido sencillamente porque prescinde de la rima. No necesita que las canciones vuelen por el verde césped con la forma esférica de una burbuja de jabón que nace del dispositivo que ofrece un vendedor ambulante, ni necesita que los jugadores que visten la camiseta (los que tienen que transpirar) recuerden la letra como quien recuerda un rezo. Algunas veces sí, pero no hace falta todo el tiempo. Los hacedores del Club Belgrano no necesitan la hegemonía de lo pop, porque son, en el fondo, cantautores: incomprendidos por las cáscaras del mercado de lo bien hecho, autores de culto para los que se alimentan de la tristeza, detractores de la eficacia como noción troncal de la vida. El hincha de Belgrano, suelto como una bandera, canta desde la tribuna una construcción compleja de sentido, que abandona la lógica de la transitividad irracional y en cambio la reemplaza por el rebote de lo denso: “En Jardín Espinosa, viven los puto e Taiere, que a Alberdi, nunca van, porque les tiembla la pera; ahhh, ay ay ay, vo corré como corre Central; ahhh, ay ay ay, sos amigo de la Federal”. A primera vista o sonido nos encontramos con una pieza tradicional, rimada y sin sorpresas, pero ojo: ¿qué pasa con los primeros versos? ¿Se los puede dejar pasar así como así? No. En Jardín Espinosa viven los putos de Talleres, que a Alberdi nunca van porque les tiembla la pera. Esto es más que una declaración, porque incluye, ante todo, la cuestión geo-política: delimitar los barrios es delimitar las fronteras de la dignidad y la militancia, y eso basta, en esta ciudad, para comprender que en Jardín Espinosa la gente no sólo tiene para comer, sino que también tiene para ostentar, mientras que en Alberdi el orden de la cotidianeidad se basa en sacar la silla de tela (antiguas reposeras) a la vereda para ver caer la tarde y saludar a los vecinos. Son dos formas de vida que si intentaran comunicarse a través de dos vasos de plástico, cortarían el hilo. Y luego, por supuesto, la presencia del miedo: según los manuales de composición canónicos, la demostración del miedo podría caber fácilmente en aseveraciones como “van a correr”, o “sos cagón”, o alcahueterías como “ser amigo de la yuta o la Federal”. Sin embargo los cantautores de la hinchada de Belgrano eligen una imagen: el temblar de la pera. La resonancia no se circunscribe a un tiempo en particular: el temblar de la pera comunica escenas de la infancia con íconos de la ficción, los procedimientos de los dibujos animados y los cómics en diálogo con la tragedia, o la pérdida del control del cuerpo. Entonces después sí, se le puede dar a la masa lo que la masa quiere: una rima. Pero antes la convicción se despacha con un engranaje extraordinario, un signo de la diferencia.
Y hay un poco más: la otra noche, en la preferencial que da la espalda a la avenida Colón, en el barrio de Alberdi de la ciudad de Córdoba, mientras Atlético Rafaela metía un poco de presión sobre la defensa celeste, pude cerciorarme de que el ejemplo que acabo de mencionar no es un brillo flotando en el aire, la excepción a la regla: sin duda estamos frente a una política discursiva que se sostendrá por tiempo indefinido, una posición sólida y persistente como el hormigón de las tribunas que se alimenta de todo tipo de estrofas. Con la música de Víctor Heredia, un pilar de la canción popular y, podríamos decir, una bestia salvaje de la entonación, en un momento la hinchada cantó “somos de la gloriosa banda de los piratas, la que va a todas partes, se aguanta los quilombos” y yo casi me caigo de orto, primero por la emoción y la revelación de lo que estaba escuchando, y segundo porque el zaguero izquierdo de Rafaela había metido un cabezazo en el travesaño que obligó a fruncir las válvulas del cuerpo (anos, vulvas, uretras, bocas, ombligos) a todos los presentes. No creo que se trate de una casualidad el hecho de que la melodía en cuestión se titule originalmente “Todavía cantamos”; la premisa es evidente y apunta a permanecer en el tiempo todo lo que el ritual lo permita. Algunos cerebros de la hinchada celeste, en algún sillón cuarteado y marroncito similar al que durante años habrán achatado los integrantes de la trova cubana en casa de Silvio, decidieron en su momento no reemplazar, sino reescribir la letra de una himno de la gente como “Todavía cantamos” para ofrecer en su lugar la potencia avasallante de lo incondicional. Y otra vez la prioridad fue el sentido por sobre la musicalidad: erigir la fibra medular de la resistencia a partir de su trenzado con los filamentos del lugar común. Este último fragmento que menciono juegan a mezclar (coser con palabras) un delgado hilo dorado entre agujas de paja. La construcción, por ejemplo, que gira en torno a la “gloriosa banda” ya ha sido utilizada por infinidad de hinchadas y se constituye sin duda como un cliché, al igual que la noción de “quilombo” y la del movimiento libre que prefigura el fixture: “ir a todas partes”. Pero la receta que lograron con esos ingredientes tan comunes (un menú gourmet, cocina de autor, a partir de la combinación de minutas) se sale del marco: la hinchada que va a todas partes y se aguanta los quilombos no necesita de rankings de canciones pegadizas como los que alguna vez organizaban algunos programas deportivos para expresar la sensación que los une: la incondicionalidad absoluta, a caballo de la fantasía del ascenso. El mensaje es claro: la memoria de todas las batallas juntas, trasladada al presente, exige la prosa fuerte por sobre la dulce presencia de la rima. Al igual que aquellas aristas teóricas que han organizado los hechos de la vida cotidiana en torno a la noción de relato, la hinchada de Belgrano no sólo se escapa de toda fórmula para emitir reflexiones sobre las miserias de los adversarios, sino que también elige contar el devenir de su amor a partir de las coordenadas espacio-temporales de las que nadie escapa. En este sentido, transitar por la vida se puede pensar como el desarrollo incesante de un relato que no augura un final previsible, y según como se organice dicho relato, cualquier intérprete podrá, cuando así lo requiera, recuperar la naturaleza de lo atravesado. En virtud de la producción intelectual de la hinchada celeste, el recorrido que quiero compartir con ustedes en mis pocos años de experiencia reúne el valor suficiente como para dejar sentada esta conclusión: los cantautores del fútbol se asientan en la ciudad de Córdoba.
Ya es hora de que las playas y los fogones aislados en las orillas del continente puedan recoger estas producciones sin necesidad de dar explicaciones a cuanto hippie se halle presente. Ahora no sólo sonarán los clásicos de Serrat, Serrano, Sabina, Rodríguez, Milanés, Gabo Ferro y compañía en las guitarras de las noches estivales, con botellas de ron o vodka como adornos del relajo colectivo. Si otros se animan a seguir este camino de la experimentación (una banquina bien alisada), también habrá de aquí a un tiempo, en los arpegios del mundo sensible, algún indicio de los otros clásicos, los de la tribuna y su resistencia.
* Las negritas me corresponden (o eso quisiera).
18.8.09
Conquistadores del desierto
Puedo decir: una intermitencia blanca, el latido de la ruta que me quiere hacer dormir.
O puedo pensar: una lluvia sola y vertical y plana.
Me estoy moviendo a tres mil quinientas revoluciones por minuto en una recta de trescientos kilómetros de largo que me lleva directo hacia el oeste, y nada, en lo muy poco que puedo ver, es amarillo.
Está bien, alguien me había avisado que un viaje por este lugar, de noche, es como conocer al mundo en la previa de su nacimiento. Ver el mundo antes de que sea mundo. Y tienen razón. Viajo solo, la oscuridad es total y el auto es mío. Nada más haría falta. Qué es esto sino el espacio.
Entonces digo: así, ni siquiera importa si soy feliz cuando viajo.
Y pregunto: ¿cuál es, así, la distancia entre lo que puedo decir y lo que pienso?
De a poco acelero, suelto el volante, apago las luces, sólo el motor queda. Ahora sí floto en la pulpa más tibia de la oscuridad, y saco el pie del pedal porque el blanco es un sitio mucho más cómodo que cualquier negrura, o que cualquier forma de amarillo. Pero si busco algo lo tengo que probar, y por eso vuelvo, y por eso acelero.
Pero el reflejo en las manos. Vuelvo al volante. Enciendo las luces.
La ceguera me había corrido hacia el centro de la ruta, en vez de buscar la rispidez de la banquina. Y faltan más de doscientos kilómetros para que nazca alguna línea amarilla.
Puedo decir lo que esta cabina esté dispuesta a escuchar, porque esto, no sé si alguien se dio cuenta, habla de la soledad.
Puedo pensar lo que hay, lo que soy, y no otra cosa.
Si freno de a poco, así, lento, y me detengo en la ruta, la línea punteada deja de moverse. Una recta partida al medio. Y es el silencio más hondo si apago el motor, y es el negro origen de todo, si abandono esta butaca y salgo.
Respirar. Ejercer el respiro. Me acuesto delante del auto, los metales de la trompa asustan, no puedo saber si cruzo una porción de la línea blanca, pero estoy en el centro. Miro el cielo, separo las piernas, los brazos, la nuca en la cosquilla del asfalto.
Cargo en la espalda el grosor de la tierra, y no hay tibieza en el camino. La noche ya quitó los recuerdos de la vida que deja el sol. Hay un calor que surge del motor, de lo que es este viaje. El calor del movimiento y sus restos.
Puedo decir: soy parte de esto. Estoy quieto. Si me tienen que pisar, que me pise mi auto.
O puedo, por último, cerrar los ojos y no pensar en nada, porque alguien tendrá que pasar por acá, para demostrar que este desierto no tiene medida. Alguien tendrá que acercarse como una luz, como un ruido, creer en lo que no ve, frenar a destiempo.
14.8.08
Filos de invierno (del libro Grises, verdes, 2004)
Es difícil, por eso de convivir con las explicaciones, pero ahora estoy sentado en una plazoleta y puedo ver todo, y así como lo veo también puedo explicarlo. Estoy con mis tres hijos en la avenida principal de una ciudad que no voy a nombrar, porque no creo que valga la pena, y en la vereda de enfrente hay un café, y en la puerta, sin que lo haya tocado, está estacionado mi auto. Adentro del café, a unos dos metros de la ventana, está mi mujer. Está sentada en una mesa con un tipo. Desde acá la miro con Galo, Juan Ignacio y Dolores, mi hija mayor.
En este mismo banco yo me sentaba antes de ir a bailar, cuando era adolescente. Mi mujer también se llama Dolores, y sonríe. El tipo que la divierte se llama Ricardo, y lo conoce –y lo conozco– desde esa época de los bailes. Fue su primer novio. Sé que lo quiso mucho.
–¿Qué hace mamá? –me pregunta Galo, el más chiquito.
–Me pidió el auto para visitar amigas –le digo.
–¿Y ese tipo quién es? –pregunta Dolores.
–Ricardo –respondo.
Ahora miro a mi mujer que está sentada en una silla de madera oscura, con su tapado de pana marrón, y pienso en todo lo que podría haber sido. Nosotros llegamos ayer de Córdoba, para visitar a los abuelos. Ordenamos el equipaje, pedimos algo de comida y nos acostamos por el cansancio del viaje. Hoy ella se levantó rápido y me dijo que quería aprovechar la mañana para visitar a las chicas. Para avisarles.
Estoy mirando como Ricardo le hace cosquillas en la cara con un sobrecito de azúcar y de golpe se me aparecen todas las tardes ventosas, las mañanas heladas, los locales de mi viejo, el monumento y la rotonda que lo abraza, las heladerías que cerraron y las que a pesar del frío aguantan. Ricardo le acaricia las orejas y yo vuelvo a comprar el primer monito peludo que le llevé de regalo, a los diecisiete años, y me acuerdo de mi mamá envuelta en su bata cuando me veía entrar a la casa con otras mujeres. Tenés que ser más franco, me decía. Pero no la escuchaba.
Mi mujer le toca el pelo con sus dedos finitos y yo me escapo hasta un lugar en la bardas, cerca del río, donde siempre me quedaba esperando que anocheciera. Es una puntilla en lo alto que deja ver la mezcla de nubes, rayos de sol y viento. Yo me sentaba en la arcilla seca y esperaba el momento justo. De vez en cuando llevaba amigos para que pudieran ver los colores. Después, cuando el sol desaparecía, caminaba rápido hasta mi casa. Si podía arrancaba un cactus para enterrarlo en mi sector del pasto.
–Tendríamos que entrar y decirle que la estamos mirando –dice Dolores.
–Ni en pedo –dicen los chicos.
Yo los abrazo. Están atentos a lo que pasa adentro. Cuando Ricardo se le acerca, ellos me aprietan las manos. Mi hija me mira desde la punta del banco. Los chiquitos ni siquiera cierran los ojos. Están por llorar del cansancio, por mantener los ojos abiertos. No por la tristeza. Acá, en este lugar, cuando el viento pega en los ojos dan ganas de llorar.
–Me gustaría escuchar lo que hablan –dice Galo.
–A mí me gustaría decirle a ese viejo puto que lo vamos a cagar a trompadas –dice Juan Ignacio.
–Ni se te ocurra –le digo-. Dejá que pase.
–¿Y no pensás reconquistarla? –dice Dolores–. Qué poco romántico.
Yo la miro y estiro un brazo para tocarla. Después me paro.
–Agachate, pá, que te van a ver –dice Galo.
Les digo que no se muevan del banco. Voy al quiosco a comprar golosinas, digo. Y empiezo a caminar.
Avanzo por la plazoleta hacia la diagonal 25 de Mayo. Cruzo la avenida y llego al quiosco Hugo. Cuando yo tenía que comprar chicles, antes de salir, veinte años atrás, iba a ese quiosco. Me atendía un colorado que nunca supe si era el dueño del local o un empleado. Ahora me atiende de nuevo. Está viejo, con muchas líneas en la piel y un tono anaranjado en el cuello. La costumbre le robó el color, pienso. Y lo saludo.
–Hola Hugo –le digo.
–Hola –dice–. ¿Lo conozco?
–Sí, me conoce. Pero no se acuerda.
–¿Necesita algo?
–Déme unos chicles y algunos caramelos. Déme unas DRF y un chocolate con almendras.
Hugo apoya la bolsa con chicles y caramelos sobre el vidrio y pregunta:
–¿Chocolates?
–DRF y chocolate con almendras.
–Diego –me dice con voz ronca–. Vos sos el pelotudo de Dieguito.
–Sí –le digo.
–Vos llevabas con almendras para una minita. Tu viejo era un santo, pero vos un pendejo hijo de puta –dice, y sonríe. Mueve el cuello hacia atrás y luego hacia delante, muchas veces, y se queda sonriendo.
Por esa combinación de sonrisa y movimiento siempre tuve que alejarme del mostrador en silencio. No había otra forma. Hugo todavía es de esas personas que no se acomodan con el tiempo.
–Hijo de mil putas –repite, y mueve el cuello.
Me alejo del quiosco y camino por la diagonal. Acá había un café que se llamaba Fedra, me digo en voz baja, y acá la empresa de turismo de papá.
Me paro en la puerta del local. Desde el primer piso yo siempre bajaba corriendo la escalera, cruzaba la calle, escalaba el monumento a San Martín y después me sentaba en ese banco donde ahora están mis chicos. Hace veinte años me sentaba en un banco donde ahora están mis hijos. Tres hijos. Mirando cómo desayuna su madre, sin que ella lo sepa. Dolores, mi mujer, en el medio de todo esto, esperándome en cada mesa de todas las confiterías posibles, acurrucada en los canteros filosos del invierno. Con el insulso de Ricardo. Y los chicos.
Cuando llego al banco los tres me miran, y no dicen nada. Entrego los chicles, los caramelos, las pastillas, y me guardo el chocolate en el bolsillo de la campera. Después les pido que hagan lugar. Galo y Juan Ignacio abren un espacio para que me siente. Dolores sigue en la punta del banco.
–Se dieron un beso –dice Galo.
Dolores se suena los mocos.
Yo levanto la vista hacia el café y justo alcanzo la repetición. Ricardo le sostiene la nuca y ella inclina la cabeza. Después separan los labios pero se quedan juntos, se acarician, y sonríen.
–Ahí se dieron otro, papá –dice Juan Ignacio. Y me mira.
–Voy a entrar para escuchar lo que hablan –digo–, pero necesito que me ayuden.
–Qué querés –dice Dolores.
–Nada mi amor, solamente quedate acá con los chiquitos –le digo.
–¿Y cómo te vas a camuflar?
–Me saco la campera y me tapo con la boina. ¿Se quedan?
–Sí –dice Galo. Y Juan Ignacio vuelve a mirar.
Dejo la campera en el banco y cruzo la calle. Si me descubre todo esto se va a la mierda, pienso. Abro la puerta y camino rápido hasta la barra. Pido un cortado en jarrito y me siento atrás, en una mesa contra la pared. Nos separan unas cabezas. Ellos no miran nada en especial.
Estoy sentado en el mismo café donde mi mujer está con un tipo, en la avenida más ancha de la ciudad de Neuquén, y lo puedo explicar. Acá pasé los quince años más importantes de mi vida. Desde esta mesa escucho lo que ella dice y al mismo tiempo puedo ver las caritas de mis hijos, sentados en la plazoleta, que también me miran. La señora se toca con un tipo cerca de la ventana y le dice que ayer soñó conmigo. “Estuve toda la noche con Diego, adentro de la cama, como siempre”, dice. Y Ricardo se ríe.
Ahora me sale, ahora puedo, porque es la lejanía lo que confunde, en una mezcla con lo que está cerca y no se alcanza. Es eso. Lejanía y cercanía, en la misma ráfaga, en estas esquinas donde el viento pega más fuerte, en los colores que prenden a la tarde, y que después de un rato se apagan.
Este lugar está lejos y está cerca.