4.3.09

Una grieta en el aire entre el espacio y el tiempo de todos los días

Le compré un búmeran hermoso, rojo y negro con vivos blancos, a Lucas Tejerina, el excelente poeta cordobés al que ya considero un compañero de ruta, aunque aún no hayamos viajado juntos. El búmeran, según pude escuchar mientras él vendía y vendía en la feria de los fines de semana, era del estilo europeo: tenía tres patas perfectamente torneadas, a diferencia del búmeran trandicional, supongo que australiano, que tiene dos puntas. Entonces estuve, todos los días siguientes a la compra, buscando un momento y fundamentalmente un lugar para inaugurar el vuelo del búmeran. Y no encontré eso hasta el fin de semana siguiente, es decir, el finde pasado, cuando fui con unos amigos a ver la banda de otros amigos y luego a un cumpleaños en un country, quizás el más cheto y ostentoso de la ciudad.

El cumpleaños era a la noche y llegamos cuando quedaban minutos, segundos de luz. Bajé del auto, abrí el bolso, mis amigos me siguieron desde atrás; nos metimos en la cancha de golf del lugar, específicamente en el hoyo 10, y le dije a mi gran amigo Chelo:

-Parate bien en contra del viento, girá 60 grados hacia la derecha, tiralo un poquito inclinado, el dibujo hacia tu lado, que el brazo quede paralelo a la línea del suelo, primero se va a ir horizontalizando, y después, en la parte final de la rotación, el viento lo va a traer de vuelta: inaguralo.

Chelo lo tiró y casi vuelve.

Después lo tiré yo, muy mal: no sólo no volvió, sino que tuve que correr bastante para traerlo al lugar de lanzamiento.

Y después quedaba Santiago, mi otro amigo.

Lo tiró bien, pero fuerte: capaz que la posicion de lanzamiento no fue la correcta, el ángulo, los grados hacia la derecha, y el búmeran empezó a volver y se volvió a elevar y se fue contra los árboles y lo perdimos.

Para siempre.

Entonces, Lucas: quiero otro. El finde paso por ahí. Quiero otro. Ahora sí que sé lo que significa tirar un búmeran.

28.2.09

Storyboard

La familia en viñetas
dibuja una continuidad
inobjetable.
En un flanco,
las exhalaciones de mi madre;
en el otro los varones restantes.
Sus maneras del zapping.
Sus sueños de sillón.
Y ante todo mi intención de respirar.
La culpa también es una reacción química,
ella y sus densidades.
Pero qué loco absolutamente todo.

18.2.09

El negro Samuel

O más precisamente Samwell, un volcán activo (pero fundamentalmente pasivo) de la red en estos días. Pasen por la videoteca y a jugar por over there, como él tanto pide. Que lo disfruten.
Y cuando el video termine, hagan el favor de decir la verdad tal como lo indica el pequeño texto sobre la ventanita, y confirmen: "he acabado de verlo".

12.2.09

Para Natale que lo mira por la red

Tanto tiempo ajena
(publicado en el libro Grises, verdes [2004], editado por Editorial La Creciente, Córdoba)



Lo que hace Emilio en este momento es entrar a su casa con Eugenia, la mujer más esperada de todas. La única que podría hacer un nudo marinero en el ambiente con el simple reflejo de soltar un suspiro en el aire. Entran por primera vez al departamento después de haber compartido no sólo una cena, sino muchísimos años de distancia y silencio, en sus casas vecinas del pueblo, sobre las baldosas desteñidas de la misma vereda. Hay algunos datos que pueden ayudar a ilustrar esa distancia y ese silencio. Por ejemplo, la inclinación natural de ella por hombres de buen cuerpo, con espaldas prominentes y cuellos anchos. El noviazgo que tuvo durante cinco años y medio con un jugador de rugby, el mono López, al que terminó abandonando días antes de empezar a estudiar en Córdoba. Emilio, por su parte, y su logro de haber sido finalista en un concurso literario para adolescentes organizado en la provincia de San Luis, que por supuesto no ganó. Las trece o catorce palabras que alguna vez pudo cruzar con el mismísimo mono López, una tarde de verano, sentado en el primer escalón de su casa paterna. Y ahora en su casa, con ella. Apoyado contra la cara interna de la puerta. Prende las luces antes de girar la llave y Eugenia lo mira: qué pasa, le pregunta él, sonriendo. Nada, dice ella, y comienza a reconocer el lugar. Repasa las fotos colgadas en las paredes, la suciedad que podría haber sido peor en las juntas de los mosaicos, hasta que decide sentarse en el primer sillón que encuentra. Emilio cruza el living, abre un poco las cortinas para que se vean las luces del parque Sarmiento y Eugenia lo sigue mirando: qué pasa, te molesto con algo, vuelve a preguntar. Nada, tonto, nada, repite ella.
Ahora Emilio tiene veintinueve años y está acomodando unas carpetas sobre la mesa del departamento; las encima a un costado para que no molesten y luego levanta unos vasos sucios del mediodía. Camina hasta el ropero del dormitorio para colgar el saco, entre los abrigos y las camisas que usa para el trabajo. Ella está sentada en el primer sillón, cerca del equipo de música, y pregunta casi de un grito si puede poner algún “tema” tranquilo. Qué divino, dice en voz alta Eugenia, tenés todos los discos de Ismael Serrano. Emilio la escucha desde la pieza. Acomoda el acolchado, lo agita como una ola para que circule un poco de aire y después lo estira con prolijidad hasta tapar la almohada. Empareja los bordes. Enciende el velador, esconde el cable detrás de la cabecera de la cama, apaga la luz del techo y busca unos forros adentro de la mesa de luz. Sí, dice al procesar con retraso el comentario: poné lo que más te guste. También hay discos de Djavan y algunos de Caetano, dice. Una vez reunidos acerca los forros a la parte frontal del cajón y los deja preparados. Vuelve por el pasillo, sin descuidar el ritmo de los pasos, y se detiene en la entrada de la cocina. ¿Querés que te arremangue?, le pregunta Eugenia, y hace señas con las manos para que se acerque. No importa, responde él. ¿Café o té?, pregunta. Café, dice ella. Con poquito azúcar. Y Emilio empieza a preparar las cosas. Llena la pava, junta las únicas dos tazas que tiene con un mismo dibujo, y calienta el agua.
Eugenia sigue esperando en el sillón con sus treinta años vestidos de rojo y está hermosísima: los brazos le flotan largos a los costados, el pelo le baila suelto sobre los hombros. Conserva perfectamente la cola que alguna vez le permitió ser reina de su ciudad. Tiene puesto un vestido corto, bien escotado, y no usa corpiño. Por los costados hasta permite ver los bordes finos de la bombacha. Mantiene las piernas cruzadas, con una de sus sandalias colgando, y cuando se recuesta sobre el sillón el vestido se le pega al cuerpo y hace que los pezones se trasluzcan sobre el rojo suave: muestran un filo delicado que les da forma. Emilio apoya las únicas dos tazas de café sobre la mesita ratona y se sienta en el sillón libre. Ella lo mira y sonríe. Tengo muchas ganas de estar acá, dice ella. Yo tengo ganas de encontrarte desde hace casi quince años, dice él. Ella larga una carcajada y le dice que antes era una pelotuda, y Emilio le contesta que boluda o no siempre quiso tenerla. Siempre, le dice. Pero al final estoy acá, ¿o no?, insiste ella, y toma un trago mentiroso de café. Al final estoy con vos, dice. Emilio le acaricia la rodilla con una mano y con la otra sostiene la taza. Toma un trago largo sin dejar de mirarla, con la consecuente imagen un tanto torpe que eso implica, y al despegar la boca siente el comienzo ya irreversible del dolor: un latigazo fuertísimo que nace en la parte baja del estómago hasta hundirse centímetros debajo del ombligo; un pinchazo agudo que lo arquea un par de veces en un acto reflejo, pero con la suficiente fugacidad como para que ella no lo note. Antes, durante la cena, alternaron tacos y enchiladas con salsa de guacamole y ajíes picantes. Tomaron litros de cerveza y terminaron con un postre de flan y vainillas borrachas. Cuando abandona la taza sobre la mesita el dolor vuelve, y al inclinarse sobre el asiento puede ver que Eugenia también apoya su taza y se pone de pie, para acercarse. Eugenia se acerca despacio y en el trayecto lo mira, a los ojos, y abre las piernas para sentarse sobre él, frente a frente, como en un caballito. Emilio está recostado, entonces, sobre el respaldar del sillón con el estómago hecho un nudo y ella se levanta el vestido, descubre una bombacha blanca, sostiene la tela que sobra junto a las caderas y por último se sienta. Estás re lindo, dice, mientras le acaricia una mejilla. Emilio se incorpora en el asiento con la ayuda de los apoyabrazos y acomoda las piernas para poder estar cómodo. Siente el calor que ella deja con su entrepierna desnuda. Endereza la espalda y posa su boca justo en el escote, en la porción de piel que se escapa entre los filos rojos. Siente el perfume. Está tibia, piensa: estoy entre las mismísimas tetas de Eugenia. Arrastra los labios hacia los costados y roza los pezones, todavía cubiertos: apoya la boca sobre los pezones como si estuviera midiendo la temperatura de un frasco, o la fiebre de un chiquito. Y ella lo abraza. Le rodea el cuello con las manos y se inclina hacia delante, descansa sobre su cabeza. Respira hondo y le aprieta el cuello: le sostiene el pelo con fuerza. Lo mira desde los pocos centímetros que los separan y dice vamos ya, lleváme. Adónde, pregunta Emilio. Lleváme de una vez, Emilio, dice ella. Lleváme. La luz del velador rodea una sombra irregular en la pared y los dos cuerpos se levantan en un solo movimiento, y Emilio camina envuelto por las piernas más esperadas hacia la habitación, por el pasillo, con pasos firmes, mientras ella le muerde el cuello y despide su perfume, y respira tan hondo que parece estar bajo el chorro de una ducha helada. A mitad de camino el estómago vuelve a retorcerse con fuerza pero las piernas logran sostener el peso hasta llegar al dormitorio, y los dos caen ahora sí sobre el colchón, formando un mismo bulto. Eugenia se estira boca arriba, el pelo castaño a los costados, las piernas descubiertas, los labios húmedos, y Emilio la recorre desde los pies de la cama sin siquiera tener la oportunidad de no mirarla. Me duele tocarte, le dice después. Te juro que me está doliendo. Entonces pide un momento para hacer pis. Y ella le pregunta cuándo va a volver. No tardes mucho, le dice ella. Te espero acá. Desnuda.


■■■


Emilio cierra la puerta del baño, se baja los pantalones, y antes de tocar la tabla del inodoro ya entiende que el brete en cuestión podría durar mucho más que una sola noche. Antes de sentir el frío del primer roce despide un chorro violento de caca, líquida, que pega contra la pendiente espejada de la loza y deja marcas opacas en toda la circunferencia: infinitos lunares aplastados contra la ladera blanca que resbalan hasta el hueco de agua, en un rociado discontinuo que además incluye una ráfaga de olor verdaderamente inmundo. Comienza a hacer muchísima caca, además, con bastante ruido, y del otro lado está el departamento, la biblioteca, las tazas de café junto al velador, Eugenia moviéndose entre los pliegues de las sábanas y la música lenta. Del otro lado de la puerta están las polleras livianas del verano en la cuadra, la espalda tanto tiempo ajena, los hombros y las noches, las miradas quietas desde lejos, en el boliche, el olor inalcanzable en los movimientos. Emilio la tiene a ella desparramada en su cama y no puede dejar de hacer caca, con las piernas tensas, el olor hediondo, la prueba de tibieza en el agua del bidet y la descompostura que no cesa, los pantalones arrugados en los tobillos y desde afuera el ruido del cajón en la mesa de luz, que se abre y enseguida se cierra. Eugenia revisa algunas cosas desde la almohada y Emilio se masajea la panza para calmar el embate, necesita una pausa para volver a la cama. Tira la cadena del baño varias veces pero el caudal marrón no se reduce, y estira una mano para llegar al espejo sobre la pileta, donde hay cosas que pueden apantallar el ambiente. Sostiene un tubo de desodorante pero no sirve, porque toda su vida usó en barra. Alcanza el talco para los pies y tira un poco de polvo al aire. Mira la cortina transparente, plegada, los azulejos claros, el cuello metálico de la ducha. Mira el suelo. La punta de los zapatos. Y desde afuera, desde la pieza, Eugenia le pregunta si está bien, si le pasa algo. Y él responde. Quedáte tranquila, dice, no pasa nada. Se rompió una cosita, dice. Después tira la cabeza hacia atrás e intenta hacer una suerte de control mental. Tiene que cortar, piensa, tiene que cortar ahora, y aprieta el botón para descargar el baño. Tiene que parar este ardor, dice en voz baja, y con las uñas golpea la parte exterior de inodoro, inclinado sobre sus piernas. Desde afuera escucha pasos que van hacia el living, por el pasillo, la cocina, ruidos en la cerradura. A vos te pasa algo, dice Eugenia, parada en algún lugar de la casa, y Emilio le contesta que no, que todo está bajo control. Hace diez minutos que estás encerrado, repite ella, más cerca de la puerta del baño. Si tenés algún problema trato de ayudarte, en serio, dice. Esperá un segundito que arreglo esta porquería y salgo, contesta él, que hay una pieza funcionando mal y está salpicando todo el lavatorio y las cosas de tocador, dice, con los antebrazos haciendo presión sobre los muslos. Si logro acomodar un pestillo que sobresale no se va a ensuciar más el piso y me libero de esta mierda, dice, pero Eugenia insiste con el problema y golpea la puerta, un par de veces, mueve el picaporte. Emilio, dale, dejáme entrar. No entres, por favor, te ruego que no entres. Dale, Emilio, por favor, no jodas. Y Eugenia entra.


■■■


Upa la lá, dice, apoyada contra el marco metálico, antes de llegar a la pileta. Qué olor que hay. Estás muy descompuesto. Emilio la mira desde el inodoro. Ella cierra la puerta y se arrodilla al frente, con el vestido levantado para que no se ensucie. Con una mano se retoca el pelo y con la otra los breteles anchos sobre los hombros. Después acomoda el desodorante y el talco sobre el estante del espejo y pliega un poco más la cortina de la ducha, para poder sentarse frente a él sin estar tan apretados. No lo puedo creer, dice Emilio, esto sí que no lo soporto. Tengo mucha vergüenza. No seas tonto, dice Eugenia. Me tendrías que haber dicho antes. Yo sé cómo se paran estas cosas. Y cómo se paran. Primero tenés que tranquilizarte, dice, y no pienses en la caca. No pienses. Charlemos como si no pasara nada. No puedo charlar, contesta él, es imposible. No puedo parar el chorro. Pero con el tiempo ya va a aflojar, dice Eugenia, y estira una mano para acariciarlo. Estira la mano derecha y le acaricia los nudillos, las muñecas, que descansan cerca de las rodillas rígidas. No me toques, me pone muy incómodo, dice él. Quedáte tranquilo. En serio. Si pensás en algo lindo seguro que corta. Pero me arde. Ya se va a pasar. Se va a pasar.

Emilio la mira y sonríe, sentado en la misma posición, levantando las cejas, sin mostrar los dientes. Estás hermosa, dice. No lo puedo creer. Yo acá y vos ahí sentada, no entiendo. Vos también estás muy lindo, dice ella. Me gustan tus calzoncillos, dice, y hace una seña hacia abajo. Dejáme hacerte algunos mimos. Pero hay mucho olor, es asqueroso. Para nada. Vos relajáte y dejá que la panza se calme solita. Eugenia vuelve a arrodillarse y se acerca, bien despacio. Empieza a tocarle las rodillas y después los muslos, con suavidad, para aflojarlos.
Me vas a ver todo, dice Emilio, con la vista entre las piernas.
Ella lo mira y sigue masajeando con los dedos, desde la parte exterior hacia adentro, y desde la redondez de la rótula hasta el inicio de las piernas. Masajea y le hace cosquillas, con las uñas largas, y de ratos se detiene en algunos puntos precisos de los muslos.

Me encanta tu piel, le dice, no te das una idea. ¿Te puedo sacar los pelitos encarnados? ¿Puedo?
No, por favor, responde él. Si te acercás me voy a poner mucho peor, y no quiero.
Pero son poquitos, dice Eugenia, mirándolo a los ojos. Tiene el maquillaje justo, los pómulos rosados, los pliegues brillantes en los labios.
Son poquitos, dice.

Emilio recorre las cejas perfectas, los ojos negros, la boca húmeda, y no puede contener las lágrimas, mientras ella se inclina sobre sus piernas y empieza a pellizcar los pelitos oscuros para después sacarlos con vida. Eugenia aprieta con mucha delicadeza los pelos mientras la tela de su vestido se despega del cuerpo, y deja que los pezones se escapen, y que Emilio, desde el llanto, los recorra de una vez por todas, íntimos, oscuros, tiesos, simples.
Emilio no puede acercarse ni escapar, pero aun así intenta enderezar el torso para liberar los botones bajos de la camisa. Piensa que al menos ya existe algo en común. Piensa, desde su propio inodoro, que hacer las cosas sólo por alguien es grave. Gravísimo.
Y mientras eso se le cruza por la cabeza, Eugenia lo pellizca, desde cerca, y le acaricia la entrepierna, y le da besos en los muslos, con la lengua.
Ella se pone de pie con el vestido levantado, apoya uno de sus puños frágiles en la pared de azulejos claros y abre las piernas, para sentarse sobre las marcas de su propia saliva. Corre la tela de la bombacha hacia un costado, como saben hacer las mujeres, y se sienta, se incrusta, se acomoda en el lugar que quiere.
¿Está bien así?, pregunta. ¿Afloja un poco?

9.2.09

Anton Polster

Alguna vez un escritor amigo de Córdoba supo escribir un cuento sobre el Mundial de Italia 1990, que versaba sobre la tan famosa promoción de las tapitas de gaseosas. Había que formar la frase MUNDIAL 90 con tapitas, y siempre una era difícil de conseguir. De hecho, como en todas las promociones difíciles y atrayentes del mundo de los negocios, el comentario común que en aquellos tiempos corría por los aires afirmaba algo así:
“Dicen que sólo hay dos letras N en todo el país…”
Lo que inmediatamente llevaba a calcular que esas letras tan buscadas (esas tapitas) iban a estar en alguna góndola de la provincia de Buenos Aires, por una razón lógica y demográfica. Entonces, la imaginación común que en aquellos tiempos imperaba se traducía en escenas como ésta:
“Imaginate que estás en un Coto de la Capital y agarrás una botella de Coca y es esa. Entre todas las cocas de ese estante, y entre todos los estantes de ese súper, y entre todos los súper del país”.
Pero yo quiero hablar, aquí, de otra cosa. Otra promoción que viví de cerca, aunque no como protagonista, pero que hoy quiero dejar salir a la luz, porque ya no lo soporto más. En aquellos años del Mundial de Italia, también, hubo un fenómeno que nos captó a todos como chicos y nos hizo perder el sueño entre búsquedas y negociaciones.
Estoy hablando del álbum oficial de figuritas del Mundial de Italia 90.
En aquellos años la familia, nosotros, vivíamos en una calle de tierra de la ciudad de Neuquén, la calle Julio Argentino Roca al mil y pico. Era una casa fea, o por lo menos que no transmitía calidez. En esa casa, quizás, hayamos pasado los peores momentos de nuestra vida en Neuquén. Allí nos entraron a robar y dejaron la puerta abierta, y allí durmió, como bien saben, un Peugeot 404 color mostanesa. La casa (el dúplex, en realidad) tenía un living comedor muy largo, un baño y la cocina en la planta baja; dos dormitorios bastante grandes y otro baño mejor en la planta alta; y luego otra escalera hacia un altillo, que oficiaba de tercer dormitorio, y era luminoso, y privado, y quizás el menos peor lugar de la casa. En esos años del Mundial Italia 90 yo tenía ocho años y mi hermano tenía once. Y fue en ese dúplex cuando mi hermano comenzó a sentir el deseo de la intimidad.
Un día se mudó al dormitorio de la segunda planta, es decir, al altillo. Luego vino la expectativa ferviente del Mundial, y los pósters en los almacenes y quioscos, y las publicidades que ofrecían televisores y autos como premios. Vino, también, de a poco, sonando, hasta explotar, lo único que aún persiste en nuestra memoria del Mundial 90: la canción oficial del Mundial Italia 90.
“No te me achiqué, sin que rel, contró; otoyelo, unastate, taliana”.
Y mi hermano, testigo único del comienzo de algo, decidió adquirir por su cuenta el álbum oficial de figuritas del Mundial Italia 90, y comenzó a experimentar el origen de la voluntad y la persistencia personal allí mismo, en el altillo. Consiguió el álbum y a los once años probó por primera vez el ejercicio de la constancia.
Sin embargo, hubo un problema muy grande. Nuestros papás no querían por nada del mundo que nosotros cayéramos en las garras del álbum de figuritas oficial. No sólo hacían comentarios dañinos aún sin saber que mi hermano ya tenía el álbum, y no sólo no iban a comprarnos ni un solo paquete de figuritas en el caso de pedirlo, sino que cuando se lo descubrieron, casi se arma un quilombo tremebundo en el oeste neuquino. Nuestros papás no subían al altillo más que para buscar alguna documentación allí guardada, y respetaban el espacio que mi hermano había sabido construir. Pero el álbum no.
Una tarde mi mamá y mi papá se sentaron en la mesa redonda de la cocina y lloraron juntos. Se tomaron de las manos, se persignaron, se acariciaron, se quitaron mutuamente las lágrimas, y decidieron algo que nosotros, por supuesto, no íbamos a conocer hasta un tiempo después. Después, en menos de 12 horas, todos los elementos de la casa capaces de oficiar como adhesivos o pegamentos o pegotes, llámese Voligomas, Plasticolas, Cintas Scotch, cintas de papel o cintas de embalar, desaparecieron. Todo desapareció. Puedo afirmar que mi hermano entró en un shock colérico y que yo traté de acompañarlo con silencios. El tipo había encontrado un modo de obtener dinero para comprar las figuritas, y por eso tenía en su altillo paquetes abiertos y sin abrir, pero el álbum continuaba virgen, esperando por las caras de todos los futbolistas del mundo reducido a 24 equipos. Mi hermano intentó, en los días subsiguientes del colegio, obtener pomos y pomos de Plasticola, pero mis viejos se encargaron de elucubrar un plan de inteligencia y censura tan eficaz que terminó por desbaratar todo intento por izquierda. Hacían rastrillajes en el living de casa, revisaban nuestras pertenencias, y hasta puedo decir que mi papá, una tarde, llegó a (en términos futbolísticos o afines) cachar a mi hermano, sus ropas, sus rinconcitos ocultos de once años, para quitarle cualquier pegamento que pudiera servir para darle vida al álbum.
Pero ellos no contaron con un detalle particular: la vida.
Y mi hermano hizo suyo ese detalle específico: el de capitalizar el paso del tiempo.
Quince o veinte días antes del comienzo del Mundial, mi hermano cambió su comportamiento. Se volvió un chico introvertido, callado, inteligente y sensible. Casi no hablaba conmigo, y menos con mis papás. Comía en silencio en la mesa redonda y luego subía corriendo las dos escaleras para refugiarse en su altillo. Papá y mamá se convencieron de que, al final, habíamos aprendido la lección. Y a mí me pasaron dos cosas importantes: la primera de ellas fue encontrar, entre un puñado de revistas, en la parte más oscura del altillo, al álbum de figuritas oficial del Mundial Italia 90 ya empezado, lleno a medias, con una textura extraña, cierta naturaleza ondular y ajada, pero con vida. La segunda cosa importante que me pasó fue la de descubrir, una noche, a mi hermano, en el altillo, masturbándose.
El tipo había descubierto que su semen seco, en contacto con el papel, podía ser tan poderoso como un pote recién abierto de Plasticola. Y su estrategia pasó a edificarse, a partir de ese momento que para mí fue revelador (con ocho años ya sabía atar cabos), con pajas y más pajas, y más pajas, y con un untado meticuloso del reverso de cada figurita, para lograr la adherencia necesaria y alcanzar el objetivo –verdaderamente casero– del llenado total.
Como el lector podrá colegir, a mi hermano le importaba muy poco el hecho de masturbarse tantas veces por día: por el contrario, lo disfrutaba como un pequeño demente, como todo muchacho que descubre, en la fricción, el secreto oculto de la felicidad y de la vida. Lo suyo era, por lo tanto, un complemento perfecto. Un encastre. Una maquinaria literalmente aceitada que no tenía otro límite que el impuesto por el número tope de las listas de integrantes de un seleccionado nacional: 23 jugadores por plantel, por 24 equipos participantes, más estadios y ciudades y escudos: algo así como un límite aproximado de 590 figuritas.
Más allá de que el proceso masturbatorio se había inaugurado en él bastante antes del Mundial (el techo de su altillo era de madera, el machimbre de un techo a dos aguas, y allí había clavado con chinches tres pósters con motivos militares, aviones y tanques, que debajo tenían otros tres pósters de minas en bolas), mi hermano se pajeó y se pajeó y se siguió pajeando y fue completando de a poco el álbum, y negoció en el colegio y compitió con otros por figuritas y avanzó con un grado de tenacidad y persistencia que nunca volvió a conseguir en lo que va de su vida. Hasta que finalmente, con el Mundial ya en marcha, le quedó sólo una figurita por pegar: la más difícil de todas.
La de Anton Toni Polster, goleador del seleccionado de Austria.
Polster tenía, como la gran mayoría de sus colegas, el pelo rebajado en el casco de la cabeza y una cubana enrulada, y rubia, que le caía por la nuca. Polster podría haber sido tranquilamente un nieto de Adolf Hitler: no por su parecido físico, sino por la extraña habilidad que ponía en práctica para convencer a sus compañeros de equipo de que todas las pelotas de todos los ataques debían pasar previamente por él. Nunca nadie supo por qué los organizadores de la promoción del álbum eligieron a Toni Polster como el Elegido; era un gran jugador, estaba contratado por un club europeo (goleador del Sevilla español), pero Austria no iba a tener chances de ser el seleccionado campeón del mundo, y ni siquiera le iba a pasar cerca. Pero a mi hermano le faltaba la cara y el pelo y la sonrisa de Anton Polster, y conocía a un solo chico de Neuquén que había llegado a su nivel, aunque a ese le faltaban dos figuritas en vez de una (Polster y Caniggia), y Austria ya había quedado afuera, y Argentina ya le había ganado por penales a Yugoslavia.
Los días siguientes fueron de una enorme expectativa, pero también de una sensación diametralmente opuesta. Ni yo ni él podíamos conseguir la última figurita del álbum: habíamos comprado decenas de paquetes en vano, y en el colegio no había posibilidad alguna de conseguir algo nuevo, y Argentina siguió avanzando porque sacó del evento al local, Italia, hasta que finalmente, entonces, de pronto, el día previo a la tan ansiada final con Alemania, yo estaba en la casa de un amiguito del colegio que vivía en barrio Sapere, y fuimos juntos (bajo el cuidado de su mamá) a comprar figuritas, y a él, en el tercer paquete que abrió, le tocó la figurita de Toni Polster.
En los primeros segundos de vista que recuerdo haber visto con mis propios ojos (ahora, aquí, mientras escribo, mis ojos de achinan), noté algo distinto, un orden ajeno, una combinación de colores lograda por la camiseta de Austria y una piel y un pelo extraño que me hizo temblar, y entonces lo vi. En las manos ajenas. A Polster. Sonriendo. Las cejas tranquilas. Los rasgos de un goleador nato al que le sacan una foto casi-carnet para integrar el álbum de figuritas oficial. Mi amigo lo miró y rápidamente metió a Toni debajo de las otras figuritas del paquete, y en realidad ninguna pareció sorprenderlo mucho, y entonces me dijo que volviéramos a su casa para poder pegarlas.
Yo me quedé quieto, y lo único que pude hacer fue mirar el paquete que tenía en mi mano, que había comprado: cerrado, nuevo.
“Pará”, le dije a mi amigo.
Y abrí mi paquete.
Venían seis figuritas.
La primera era de Manolo Sanchís, defensor gallego.
La segunda era de Van Breukelen, arquero titular de Holanda.
La tercera era de Ruud Gullit, también holandés pero volante.
La cuarta era de un jugador colombiano que no recuerdo.
La quinta era de Pierre Littbarsky, volante alemán.
Y la sexta era de Diego Maradona.
“Uh”, dijo mi amigo.
Lo miré.
“Te la cambio por ésa”, le dije.
“¿Cuál?”
“Ésa”.
“¿Sos pelotudo?”
Le sostuve la mirada.
“¿Lo tenés al Diego o no?”
Mi amigo me sacó la figurita de la mano y me dio tres, así al voleo:
Paul Gascoigne, una imagen aérea del estadio Delle Alpi, y Toni Polster.
Volvimos a su casa, le ayudé a pegar sus figuritas (incluyendo a Maradona) con Voligoma, y llamé a mis papás para que me fueran a buscar. Entré a mi casa, subí corriendo las primeras escaleras, luego subí corriendo las segundas escaleras hasta el altillo, y encontré a mi hermano, echado, mirando el techo, sin rumbo, triste, y sin visión de futuro, masturbándose.
“Ya está”, le dije.
“Volá de acá”, me dijo.
“Ya está”, le dije.
“Volá, en serio”, me dijo.
Le mostré las figuritas que tenía en la mano, y las miró con desinterés. Le fui tirando una por una en el pecho. Canchero. Displicente. La última que le tiré fue la de Polster.
Me miró.
Se sentó en la cama.
Y me dijo:
“Andate”.
“No”, le dije:
“Yo me quedo acá”.

El grado de inteligencia que ya había adquirido le sirvió para abandonar el matonismo y no insistir más. El trato era más que justo: como hermano menor, yo había conseguido la figurita más buscada de la provincia, y quizás del país, y merecía una retribución. Después, con los años, entendí que eso fue mucho más que una retribución; más bien se trataba de mi primer contacto con el verdadero sentido de la revancha, es decir, con el concepto más puro del desquite, que casi siempre incluye por partes iguales a la paradoja y la satisfacción: un hecho objetivo y un hecho subjetivo que conviven en la misma bolsa.
Mi hermano buscó el álbum, buscó el plantel de Austria (no recuerdo el número de figurita que le correspondía a Polster) y trató de ponerse cómodo. Yo me senté en el suelo. Después se reacomodó los pantalones cerca de las rodillas, se dejó el calzoncillo a medias, y empezó a pajearse, medio hundido en sí mismo, doblado para que yo no lo viera. Con la derecha se pajeó y con la izquierda sostuvo la figurita de Polster. Mantuvo los ojos cerrados, salvo en algunos instantes en que los abría para mirar a Polster y al álbum, la razón que justificaba toda esa escena.
Pasaron los minutos y yo entendí que la masturbación no era una cuestión sencilla, y que como todo, merecía tiempo y dedicación. Esa fue –seguro– la peor paja en la historia de mi hermano: no podía concentrarse por mi presencia; estaba obligado a terminar rápido (la ansiedad de completar el álbum) y además parecía la primera vez que se pajeaba con tanto frenesí por motivos futbolísticos. Al final comencé a aburrirme y recién cuando acabó me desperté del letargo. En ese momento volví a admirarlo como hermano mayor, porque allí fue cuando recuperó una dosis justa de su semen, untó con prolijidad el reverso de Polster y lo ubicó en su nicho de papel: el último.
Cuando se secó (bastante más lento que los pegamentos comerciales), bajamos las dos escaleras del dúplex y corrimos juntos al quiosco. Había varias personas antes que nosotros y tuvimos que esperar un rato. Si no recuerdo mal, a mi hermano le correspondía un premio por el llenado del álbum y luego la posibilidad de participar en un sorteo nacional: el quiosquero debía mandar el álbum completo por correo a la Capital, con los datos del dueño, y ahí esperar a salir sorteado entre todos los álbumes completos del país, para ganar el premio mayor. Cuando nos tocó el turno, mi hermano le dio el álbum al quiosquero y le dijo que lo había terminado. En ese momento nos dimos cuenta de todas las cosas que habían pasado, y de lo que él había hecho. El álbum estaba casi irreconocible; no podía cerrarse como una revista normal, tenía todas las páginas dobladas y crujía cuando alguien lo tomaba con firmeza. El quiosquero recibió el álbum y nos miró: intentó pasar las hojas acartonadas y pegadas entre sí, puso cara de asco, revisó si estaban todas las figuritas y, finalmente, lo olfateó. Se llevó el álbum a la nariz.
Mi hermano se puso duro y se corrió para mi lado. Apoyó su brazo contra el mío, pero no me agarró de la mano.
“Yo no puedo”, dijo el quiosquero. Nos pidió disculpas y hasta dijo que lleváramos a nuestro papá para que él pudiera mostrarle y explicarle, pero no quiso aceptarlo, por el estado en que se encontraba. Dijo que el álbum estaba completo pero que en Buenos Aires no iban a aceptar una cosa así, y nos lo devolvió, pidió disculpas de nuevo y dio por terminada la charla.
Salimos del quiosco en silencio y nos volvimos caminando a casa.
Al otro día llegó mi abuelo y pasado el mediodía empezó a jugarse la final: Argentina, con camiseta azul, y Alemania. En la mesa redonda estábamos los cinco; papá y mamá y el abuelo Omar y mi hermano y yo. Nadie gritó, ni siquiera cuando Sensini trabó al delantero alemán con la pierna equivocada y el árbitro mexicano cobró penal. Mi hermano no emitía sonidos fuertes pero susurraba, como en un rezo prohibido: cada vez que la transmisión mostraba de cerca a un jugador, él decía su nombre, su edad y su club, y en algunos casos hasta susurraba su altura. Goycochea no pudo tapar el penal de Brehme y después se apilaron los expulsados y en medio de una tarde de invierno en la ciudad de Neuquén, el Mundial de Italia 1990 terminó. Mi hermano recién se animó a soltar sus lágrimas cuando lo vio a Maradona llorando. En esa explosión mi mamá se dio cuenta de que en la mesa pasaba algo, y le avisó a mi papá que mi hermano estaba llorando, y mi papá le acarició la cabeza, sonrió y dijo que todavía nos quedaban muchos mundiales más.
“No sea marica, nene”, le dijo el abuelo.

26.1.09

Mi Senda y yo (parte 1)

Para continuar la onda del texto anterior, había comenzado a escribir un tratado sobre el viento, que decía así en sus primeras líneas: “El servicio meteorológico nacional seguramente no lo dice, pero todo en esta casa silba. Todas las ventanas de esta casa silban”. Pero ese impulso se suspendió y ahora, que hay sol afuera, quiero escribir sobre otro ingrediente esencial de mi cotidianeidad aquí: el auto más viejo de esta familia, el Volkswagen Senda.

Puedo afirmar que todo comenzó en la segunda mitad del año 1994, cuando mis padres decidieron vender el Peugeot 404 que teníamos para comprar un auto cero kilómetro. Mi papá tuvo que viajar, y una noche acompañé a mi mamá al bajo neuquino porque un amigo de mi viejo les iba a comprar el auto. El tipo se dedicaba a eso. El Peugeot era un auto interesante. Quien alguna vez tuvo un Peugeot 404 puede compartir la certeza de su fealdad, pero también puede aflojar un poco la boca y confesar que no debe haber, en la historia, un auto más simpático que ése. En primer lugar, porque tiene los ojos redondos y saltones, y la cola en dos puntas, con dos faros medio mariposones, aunque si se lo mira de costado, es un carro robusto, redondo pero a la vez no, elegante pero al mismo tiempo ordinario, con llantas de rayos finos, y un detalle, en algunos casos, para esa época distintivo: techo corredizo. El nuestro era de color entre amarillo y mostaza. En términos comerciales-gastronómicos, algo así como color mostanesa. Llegó a la familia en parte de pago por algo que le debían a mi viejo, o también puede ser al revés, hoy no tengo un recuerdo nítido: capaz que mi viejo debía algo y entregó otro auto y le dieron ése. Lo cierto es que yo también presencié el comienzo del Peugeot: estaba en la oficina de mi papá, en el centro neuquino, cuando se lo estacionaron al frente. Fui con los grandes a mirarlo, y abrí una puerta, y me metí: la sensación fue la de abrir la puerta de una cámara frigorífica. Yo venía acostumbrado a una rural Renault 12. Todo, adentro, era feo y viejo. El cuero de los asientos estaba cuarteado, el tablero le debía varias boletas al progreso tecnológico, y el confort sólo estaba atravesado por la inmensidad de la cabina, una cualidad arrastrada de los viejos autos que se hacían acá, en nuestra patria. Lo más llamativo de todo, sin embargo, era el pasacasetes. Eso sí. Botones amarillos y verdes: por supuesto no tenía nada que ver con el auto, era más nuevo. Entonces salí y volví a la oficina, y busqué un casete, y volví corriendo al auto. No miré al cruzar. Entré cuando ya todos se habían ido, estábamos él, Peugeot, y yo, y le metí el casete con el miedo de quien mete por primera vez un dedo en una vagina y el ruido que salió de allí fue escalofriante: el pasacasete se tragó la cinta de una manera tan violenta que apenas alcanzó a sonar un acorde de no sé qué mierda y luego el acelere furibundo de los casetes dañados y, por supuesto, al final, el escape. Llegué a la oficina y mi papá me preguntó qué me parecía, y respondí: “el pasacasete no anda”.

Unos años después fuimos a venderlo con mi mamá, una noche en la que mi papá había viajado, y Emilio, así se llamaba el comprador, no sabía que en el lugar del acompañante, más precisamente en el suelo del lado del acompañante, había un hueco que tendría algo así como 25 centímetros de diámetro, y que si uno ponía los pies ahí se le iban directamente para abajo: una remake argenta del auto de los Picapiedras. Fricción pura. Andando, jugábamos con mi hermano a levantar la alfombra y mirar los destellos del asfalto, las líneas más veloces y grises de nuestras vidas. Rogábamos, con mi mamá, por la celeridad de Emilio: queríamos que sólo lo pusiera en marcha y nos diera la plata. Y así fue. Emilio se colocó al volante, lo arrancó, lo miró, miró las alfombras, lo apagó, nos llevó a su confitería (toda su vida había sido mozo, y allí lo conocimos, como mozo de Fedra, una confitería que ya nombré en otras ocasiones) y le dio a mi vieja 2350 pesos: “yo después hablo con Horacito”. Pesos dólares, en aquel momento. Ella metió la plata en la cartera y salimos a caminar, por la noche del bajo neuquino, con la sensación de haber cagado a alguien. En ese momento algo había salido bien. Poco tiempo después, otra tarde noche de septiembre de 1994, llegó mi viejo al departamento de Alta Barda (lejos, pero lejos, el mejor barrio de Neuquén: lindo de día, florido, familiar, y sórdido de noche, violento como la gran puta, descuidado en las penumbras; un barrio alto, a salvo de una posible rotura de la represa de El Chocón, lo que lo convierte, en el caso de que algún día se rompa El Chocón y se descontrole el agua, en el único futuro posible de la ciudad) y bajamos para registrar la buena nueva: un Volkswagen Senda cero kilómetro, color azul Bilbao, llantas de aleación, asiento trasero cubierto con nylon. Es decir: la forma mecánica de la esperanza.

En los primeros tiempos sólo lo tocaban ellos. Viajábamos mucho a la capital del país, para ver a los abuelos, y nos arreglábamos bastante bien con mi hermano para dormir un poco en el asiento de atrás. Creo que lo peor que originalmente tuvo el Senda fue el asiento de atrás. Chico, sin espacio para las piernas: un adulto no podía viajar bien ahí, pero nosotros lo hacíamos bastante bien. Después mi hermano comenzó a tener edad para volverse un pelotudo y para soñar con manejar el Senda. En esos tiempos lo invadió una combinación de sentimientos que luego entenderíamos permanente, tanto para la adolescencia como para lo que sigue: estoy hablando del miedo y del deseo, en el mismo balde de plástico: la cabeza. El tipo tenía un deseo irrefrenable de manejar el Senda, y un pánico ineludible de dañar el Senda y luego ser proporcionalmente dañado por nuestro padre. El cálculo, debo decirlo, era más que realista. En esos días, hacerle algo al Senda era como escupirle adentro de la boca a mi viejo. Pero lentamente mi hermano fue haciendo pactos con el entorno: comenzó a interesarse por los autos, y en consecuencia comenzó a interesarse por el Senda. Conoció a un enfermo mental de nuestro edificio, que se llama Mariano Mazini y peleaba y cogía (según él) cada noche del mundo, y se unió a él para darle forma a las primeras esquinas de su adultez. Mariano adivinen qué auto tenía: claro. Un Senda azul Bilbao. Se reunían los dos en el estacionamiento de nuestro edificio, y lavaban los autos, y charlaban, y Mariano le contaba cómo había cagado a palos a un rubiecito la noche anterior, y nos mostraba (ahora me incluyo porque yo miraba desde un costado) sus manos cicatrizando. Y Sonreía. Y secaba el capó de su Senda con una rejilla y luego miraba la capocha del edificio, allí donde hubiese estado el pelo, en el caso de que el edificio se hubiese convertido en una persona, y decía:

“Si me caigo de allá arriba, me levanto enculadísimo”.

El edificio tenía 12 pisos.

Lo más llamativo de todo es que tanto mi hermano como yo teníamos la absoluta certeza de que, si se producía eso, es decir, una caída libre de Mariano desde 12 pisos de altura, él no iba a morir. Sabíamos perfectamente que no sólo iba a sobrevivir, sino que al levantarse, iba a estar tan enojado como para cagar a trompadas a quien se cruzara por su nariz. Mariano, macizo, morocho, musculoso, regordete, tenía una nariz chiquita. Y digo esto para los que alguna vez creyeron, como yo, que las bestias no pueden tener la nariz chiquita.

Luego Mariano se fue metiendo en problemas, y mi hermano no lo siguió más. El convenio fue, a partir de ese momento, lavar el auto en la vereda de la casa de otro amigo de él, de hecho su mejor amigo, que también vivía en Alta Barda y tenía el mismo deseo y el mismo pánico de manejar. Ese nuevo trato servía, evidentemente, para manejar tres cuadras más: eso ya era una cuestión a tener en cuenta, porque se trataba de sacar el auto a la calle. Mi hermano me pedía que lo acompañara. Aunque también creo (ahora, lentamente, lo recuerdo así) que me obligaba a acompañarlo a lavar el auto en la vereda de su amigo. La decisión, por supuesto, nada tenía que ver con el amor, ni con el compañerismo: menos que menos, aún, con el deber social de ser un hermano mayor y relatarle la vida al hermano menor para que la entienda. La decisión era puramente estratégica. Si todo salía bien, nos íbamos a divertir. Si todo salía mal, yo me convertía inmediatamente en testigo directo de lo sucedido, y más que testigo, me convertía en co-partícipe. Por lo tanto, si algo salía mal, yo era el único ser vivo capaz de defenderlo o condenarlo.

Defender a mi hermano me significó, toda la vida, quince o veinte minutos consecutivos de paz y salud: ausencia de golpes, chistes tontos, meterme en su mundo por un rato. Condenar a mi hermano me significó, toda la vida, ser cagado a palos o amenazado con la fuerza de la mafia. En ese momento, si todo salía mal y yo lo condenaba, mi vida no iba a tener más sentido que el de ir a la escuela y luego volver a casa para que él me pegara.

Las primeras veces salió todo bien. A la segunda o tercera, volviendo al edificio, ya con el auto limpio, mi hermano (al volante) tuvo que detenerse en una esquina por el paso de otros autos, y detrás del Senda se detuvo el ómnibus de pasajeros que trasladaba a los vecinos de Alta Barda. El ómnibus era de la empresa Gonzomar, y el ramal era el A. A era sinónimo de Alta Barda. Gonzomar se llamaba la empresa, sencillamente porque el dueño se llamaba Omar González. Así era Neuquén, cuando aquí vivía.

Nosotros, los dos, de hecho, conocíamos mejor el ánimo del A que el ánimo del Senda conducido por un adolescente.

La cuestión es que cuando quiso arrancar, se le paró el auto, y me miró. Yo lo miré. El bondi, atrás, metía más presión en nosotros que la que mete el cuerpo de la Tota Santillán en su colchón, cuando se acuesta. Mi hermano arrancó el auto y salimos ratoneando, pero, como todos saben, ese ya fue el final de la pesadilla, porque luego el auto no se para más: cuando las revoluciones alcanzan, la segunda o la tercera marcha entran por sí solas.

Fue entonces cuando mi relación con el Senda comenzó a ser íntima. Mi hermano, después de todo, nunca imaginó ofrecerme tanto poder: el poder de la información, el saber inequívoco de que el tipo todavía le tenía miedo al auto, y para decirlo con las palabras más fuertes de aquella edad, no-lo-sabía-manejar-bien. Le metía onda y dedicación al auto y lo lavaba y lo miraba y se le apoyaba en el capó y no lo sabía manejar bien. Eso me abrió la puerta para luego hacer lo mismo: no saberlo manejar bien.

Mi Senda y yo (parte 2)

Mi relación directa con el Senda comenzó en otra casa, y en otro barrio con calles de tierra, y en un club de golf que se llama Arroyito. En todos esos lugares. La paciencia que me tuvo mi viejo para enseñarme a manejar fue la misma paciencia que le tuvo mi viejo, toda su vida, al cine. Nula. Entonces aprendí con culpa, siendo más que consciente de mi inutilidad, y de mi miedo, y de mi incapacidad de controlar el auto, o perdón: esa no era la palabra, era otra. Él decía que lo fundamental era dominar el auto.

Yo no lo podía dominar.

Y hoy no recuerdo bien cómo fue la transición desde mi imposibilidad de dominarlo a mi cotidianeidad como dominador del Senda, pero lo cierto es que terminé dominándolo, y comencé a salir en el auto, de día, y luego de noche, y mi vida lo tuvo siempre en el medio.

Pero vuelvo.

El Senda, originalmente, es full. No tiene nada de lo que tienen los autos de hoy, pero es full. Tiene aire acondicionado y llantas. Eso lo hace full. Y tiene, además, algo en la tapa de cilindros que generó una vorágine de pelotudeces en los dueños de cualquier VW relativamente viejo. Tiene, en la tapa de cilindros, el símbolo (el logotipo) de Audi. Cuatro círculos entrelazados. Esos círculos me obligaron, y aún me obligan, a preguntarme algo que nunca pude responder: ¿por qué cada boludo que tiene un Volkswagen le pega a su auto, aparte, el logotipo de Audi? ¿La gente realmente creerá que el Senda tiene motor Audi? ¿O acaso es porque Audi forma parte del grupo automotor Volkswagen? Y si esto es así, ¿no sería más entendible que el dueño de un Audi le pegue a su auto un símbolo de VW? En definitiva, el Senda salió, si mal no recuerdo, 17.350 pesos dólares, y su azul Bilbao luego fue noticia, porque toda la camada de Sendas que habían salido con esa pintura resultó fallada, y el azul brilloso fue lentamente dejando lugar a un azul más débil y opaco, que hoy lo domina todo. Todo. La pintura estaba, entonces, fallada, y también recuerdo que cuando alguien nos robaba las tapitas de plástico que cada llanta tiene en su centro, nosotros salíamos cagando a buscar un Senda full y le robábamos las tapitas, porque al nuestro no le podía faltar nada. El tema de la pintura al principio nos rompió las pelotas. El auto estaba bien pero se le salía el color, y el sol aceleraba ese proceso, y nos inflaba. Hasta que crecimos, y aprendí a manejar, y mi hermano dejó de temerle, y el Senda, en sí, como tipo, perdió y perdió protagonismo.

Entonces sigo adelante.

Usaba el auto para buscar a mi pequeña novia en la parada del colectivo: en esos días los recorridos ya no pertenecían a distintas empresas por separado, como si se tratara de medianas o pequeñas empresas al servicio del transporte de una ciudad (recuerdo: Gonzomar, y las otras, el Ñandú, Lanín, Cono Sur, Centenario) y en cambio estaban todos abarcados por una sola: Indalo, que aún sigue vigente, todos ómnibus aburridísimos y pintados de rojo; llegaba entonces esa chica en el bondi 9, o 10, u 11 y yo la buscaba. Salía al centro, llevaba a mi mamá, iba a la casa de mis amigos, y salía de noche, y después la cosa siguió avanzando, e íbamos a fiestas con mi hermano, al que cada vez quería más, y subíamos a muchas personas al auto, y hasta llegamos a subir a 12. Diez adentro del auto y dos viajando en el capó.

Empecé a besarme adentro del auto, y a estacionarlo en el Balcón del Valle, el mirador más importante de la ciudad de Neuquén, cogedero por antonomasia, donde el público estaba exactamente dividido en dos: los que cogían, y los que no cogían. En el Balcón del Valle algunos iba a coger, y otros iban a molestar a los que cogían con las luces, y los ruidos de sus motores, y la música. Yo comencé a ir con amigos, no a coger, sino a tomar, pero nunca molesté a nadie. Lo juro por el auto. Después comencé a ir solo, o de a dos, pero en el Senda.

En esos días descubrí una de las cosas que más me emocionó en mi vida, y que me hizo pensar, por primera vez, como en una revelación divina, que si uno le busca la vuelta, despacito, con paciencia y lucidez, todos los cuerpos materiales del universo, de una u otra forma, encajan. Entre sí. Todo encaja. Una noche, en el balcón del valle, con una amiga, descubrí que el volante tiene tal forma y está inclinado en tal ángulo respecto de una imaginaria línea vertical perfecta, es decir, perpendicular al suelo (entero) del auto, que si uno posa una botella de cerveza en la pancita inferior del volante, es decir, la de abajo, la botella se apoya con su culo en la circunferencia del volante y a su vez se apoya de costado contra el eje grueso del volante (donde está la bocina) y entonces queda perfectamente derecha, esbelta, y afirmada, porque la goma del volante hace que quede bien firme: goma contra vidrio marrón, aunque algunos no lo crean, sirve, en un Senda, para apoyar la birra. Con eso fui feliz durante un par de años. Llegaba al Balcón, abría un poquito de la puerta mía para no manchar y para que no entrara mucho viento, descorchaba, le metía un trago, y luego posaba cada nena en el volante, y así giraban las madrugadas, allí adentro, con la radio encendida.

Desde ese mirador vi pasar a Neuquén, y me vi pasar a mí, varios años, adentro del auto. Los vidrios fueron ensuciados por distintas personas, masculinas y femeninas.

Nunca, pero nunca, pude decir que estaba cansado de estar allí, porque las cosas que me sacaban de esas atmósferas de mi auto tenían más que ver con horarios incumplidos o desapariciones de ganas de estar con alguien en particular o con el sueño, pero nunca con nosotros. Mi Senda siempre fue un auto cálido, y cómodo: el inicio de algo.

El estéreo original (nótese que ya no digo pasacasete, aunque los pasaba) me lo robaron a mí, una noche en la que Boca le ganó por penales al Palmeiras para acceder a la final de la Copa Libertadores de América. Me agarraron atento, en un barrio lejano, mirando la serie de penales, y me abrieron la puerta del conductor y me sacaron el estéreo. Y los putos ni siquiera me cerraron la puerta. Y nunca pude entender por qué los chorros, después de robar, nunca cierran la puerta. Si ya ganaron. Qué les cuesta. En otra casa vieja, donde durmió el Peugeot 404, también, una vez, nos entraron a robar. Hicieron lo que quisieron. Pero no cerraron la puerta. Y todavía no entiendo por qué carajo no les aparece, ya cuando se frotan las manos para irse, aunque sea un minúsculo despojo resultante de una posible sensación contradictoria parecida a la piedad por el que ya perdió, con todas las de la ley, es decir, por el robado, y cerrar la puerta: todavía no entiendo por qué no cierran la puerta.

Apareció otra mudanza más, aparecieron problemas, llegó el cambio de país en el 2001, mi viejo perdió su trabajo, y luego consiguió otro en la cordillera norte de la provincia del Neuquén, y el Senda viajó durante cuatro años, todos los fines de semana, desde Chos Malal hasta Cipolletti, del otro lado del puente, donde hoy viven ellos, y donde yo vivo cuando vengo. Cuatro años de trabajo rural para el auto, donde atravesó tormentas de nieve, y caminos de ripio de los peorcitos de acá, y barro, y durmió afuerita, allí donde el viento (ese puto movimiento transparente del que yo iba a hablar antes de todo esto) es cacique, jefe de todos. El auto durmió cuatro años (la capa inicial del azul Bilbao ya era historia) a merced del Viento Mayor, y si tuviera que poner ejemplos para hablar de ese viento chosmalense, diría que una día el viento voló a un chico, es decir, se lo llevó: el viento se llevó un chico, y lo tiró contra una montaña de piedras y lo hizo cagar, y lo mandó al hospital derecho, y un poco grave por los traumatismos; diría que el viento, a los autos que duermen en Chos Malal desde hace muchos años (muchos más de cuatro), les sacó la pintura: hay autos, en Chos Malal, que están color gris metálico opaco como el metal de un caño de una sombrilla, como el metal de una antena de tele vieja, porque el viento, en conjunción con la arena, sopla tan fuerte y con tanta violencia que les saca, en forma pareja, y de a poco, la pintura a los autos. Como esas máquinas industriales que sirven (mezclando aire comprimido y arena) para limpiar monumentos y sacarles la pintura.

Hoy el Senda lleva la insignia de Chos Malal en el parabrisas, que está en toda su superficie esmerilado. “Esmerilado” no es una manera de decir, ni una exageración: todo el parabrisas está completamente esmerilado, como los vidrios esmerilados de las empresas, como los vidrios esmerilados de las casas. Si se lo mira desde adentro, parece que tiene tierra, muy bien desparramada, o agua, muy fina, muy bien desparramada. Y la desesperación ataca cuando uno le tira agua con el sapito y los ancianos de los limpiaparabrisas no pueden cambiar nada. Uno le tira agua, y nada. Esmerilado. Y hoy el Senda tiene problemas en: la parrilla, que está hundida; el guiño delantero izquierdo, que tiene la lamparita pero está roto; el enganche del capó, que cuesta cerrarlo porque una vez, un toque, lo abolló; la pintura original, que ya no existe; el guardabarros delantero derecho, que tiene un quiebre pequeño en la chapa y rompe la armonía de la circunferencia; en el centro mismo de las llantas, donde ya no queda ni una sola chapita; en el espejo lateral del conductor, que se rompió hace años y mi papá le pegó uno, casero; en el aplique que enciende las luces de posición y las luces bajas, que se rompió por lo menos tres veces y ahora parece que, despacito, funciona; en el aire acondicionado, que está roto; en el ventilador para la cabina, que está roto; en los botones de la consola central, que se escondieron detrás del plástico que los encuadraba, que está roto; en el asiento del conductor, porque se le abrió el tapizado y sufrió muchos kilos y se venció todo; en el tacómetro, porque no anda; en el velocímetro, porque tampoco; en algunas luces indicatorias del tablero, que se prenden cuando quieren, como por ejemplo la del freno de mano; en las paletitas de los respiraderos del tablero, porque es un clásico que se rompan; en la tercera luz de freno, que estaba colgada del vidrio de atrás y se cayó; en el embriague, porque está durísimo y corta un poco mal y hace que el auto tiemble; en el freno, porque le falta un poco de líquido y chillan las pastillas; en los bujes del tren delantero, que hace varios ruidos, y en los semiejes de adelante, también, porque cuando acelera, la trompa se mueve un poquito. Es casi imperceptible, pero para el que lo manejó se siente.

Mi mamá se compró un Gol modelo 2008 y mi papá tiene un auto que le da la gente del trabajo. A mi hermano le regalaron una moto, hace unos años, que está bastante linda, pero casi no la usa.

Mariano, el animal de Alta barda, a nuestro Senda le decía “Toro”. Ahora está tranquilo, estacionado acá afuera.