30.5.06

Eugenia es capital

Tendríamos, haber, otra cosa, es lo que alcanzo a escuchar, desde este lado de la reja. Eso es parte de lo que dice Eugenia. O mejor dicho, de lo que grita. Es tan potente el rugido de los aviones cuando despegan que ahora, al querer oírla, se entrecortan las frases, o por lo menos a mí me pasa, repito, no sé si a ella.

No estamos de espaldas al río. Estamos casi de costado. Me dijo un hombre de maletín, antes de aterrizar, que existe un punto en la reja perimetral del Aeroparque en donde los aviones prácticamente le pisan el techo a los autos, los raspan con el temblor y el ruido. Justo donde termina la pista.

Desde arriba todo parece un borde inestable, y cuando digo todo es todo, porque no sólo el aeropuerto parece estar pendiendo del agua y del viento, sino que la avenida entera también lo hace, y los lugares que están a la vera del río aún más. En nuestra ciudad esto no pasa. Lo único que compartimos −y esto lo dijo ella, hace un rato, no yo, y por eso tiene razón− es la humedad.

23.5.06

Dentro del ojo

Cuando todo está oscuro y hay superficies vidriosas, o que podrían ser brillosas, sólo la luz permite el reflejo, nunca otra cosa. Con esto quiero decir que se necesita un poco de luz, por lo menos, para mirarnos.

27.4.06

A esquilarse

POR QUÉ UNA OVEJA

Lo risueño de comenzar en otoño

Habitantes patagónicos de la zona de los lagos han desparramado durante décadas esta anécdota, que llamativamente ha llegado a mis oídos a través de un mendocino.

Cuenta la historia que, en una tarde cálida de principios de otoño, dos enormes dinosaurias -hasta ese momento desconocidas por la población local- se hicieron presentes en un oculto balneario del lago Espejo Chico para disfrutar de último calorcito que podía ofrecer el sol, antes del invierno. El sitio, que hoy se encuentra abarrotado de confiterías y canoas para alquilar, estaba en ese momento virgen de turistas. Sólo los testigos que luego refirieron los detalles –una señora gorda de profesión desconocida y un hombre un tanto menos gordo, de profesión esposo de señora gorda- estaban ocultos detrás de un tronco, con gaseosas y algunas galletas de grasa.

Una de las dinosaurias, la mayor, fue directamente a mojar las patas en el agua. Bufaba de calor. La otra se detuvo sin previo aviso en la orilla y permaneció quieta, pensativa. También bufaba de calor. Cuando la mayor comenzó a sumergirse, la otra comenzó a poner cara de triste.

La primera dinosauria sintió el frío del agua centímetros debajo del ombligo, e hizo un gesto estúpido. La segunda dinosauria se miró la entrepierna y cayó rendida sobre el pedregullo de la costa, resignada.

“¿Por qué no te bañas?”, le preguntó la mayor.
“No importa”, contestó la otra.
“Cómo que no importa, dime”, insistió la mayor.
“Es que estoy indispuesta”, confesó la otra.
“Entonces haz como yo” dijo, por último, la dinosauria.