
13.4.07
6.4.07
Alfredo:
Y entonces cómo vamos a escribir sobre esto, Alfredo querido, eso nos pregunto a los dos, ahora, igual que antes. Hace unas horas te dejé en la marcha espontánea que recibió el monumento a San Martín, te dejé con Guille, con más de quinientas personas, docentes, familias, chicos, y te pregunté cómo seguía todo esto, cómo hacer para escribir sobre una cosa de esta magnitud que no sorprende a nadie porque es una repetición más de la impunidad que transpira Neuquén, cómo escribir sin cansar a nadie, cómo decir algo que sume, al margen de cualquier redundancia que naturalice otra de tantas quejas. Vos todavía estás marchando y sin poder aflojar el exceso del pensamiento pero yo decidí volver a mi casa, cruzar el puente en la moto de mi hermano, mirar de cerca las caras de los docentes que persisten sentados en los neumáticos que cortan las dos provincias, escribirte un poco desde mi máquina. Hace un rato me pediste perdón por estar así, pendiente, susceptible, al tanto. Te dije que nos quedaban tres días. Sinceramente no creo que nos queden tres días, porque lo que viene ahora va a ser tan triste como lo fue hoy, como este jueves no santo, sino endemoniado. Ayer llegué manejando a la ciudad y me enteré por la radio de la represión, de un policía que le disparó casi a quemarropa, sólo con la separación de un vidrio, a un docente que viajaba en el asiento de atrás de un auto, luego de que los cagaran a palos para liberar una ruta que permite el paso hacia los centros turísticos, hacia las truchas en escabeche, hacia los lagos. Hoy, juntos, nos enteramos que ese docente no pudo resistir el fusilamiento, que al tipo se le apagó el cerebro por otra burrada siniestra de la policía neuquina, que Carlos Fuentealba es el nombre más fresco de la lista de muertos que carga esta provincia y estos conflictos y la impunidad, te digo de nuevo, te repito, que modela a este gobierno de ladrones, de chatos intelectuales, de cocainómanos y paisanos de mierda. Cómo vamos a hacer para escribir sobre esto, te dije, Alfredo, hace un rato, y vos te quedaste mirando al cielo, preguntándote lo mismo. Los docentes llegaron a esta mala salida del laberinto pidiendo un aumento para no cagarse de hambre, para que sus sueldos sean un poquito más gordos, aunque sea, que un puto mes de alquiler, y ahora están todos caminando por la ruta en esta noche de tristeza completa, con otro inocente muerto, con otro gabinete escondido en las bodegas de la ciudad y con un gobernador que así y todo quiere ser presidente de la nación, que esconde ciento veinte millones de pesos en España por la coima que le pagó Repsol YPF para hacerse cargo de todo lo que aún pueda salir de nuestro suelo, y que hoy escapó de su propia casa de gobierno vestido de policía. El gobernador dio una conferencia de prensa para decir que había “invitado” a la fuerza de protesta para que cortara cualquier sector de la ruta menos el de Arroyito, porque es el único paso, rumbo al turismo de nivel, que no se puede sortear, y mandó a la policía a bardear de nuevo, a disparar a mansalva para herir o matar, con la certeza de que ahora el hecho se investigará hasta sus últimas consecuencias. Alfredo: al gobernador le preguntaron si estaba identificado el policía que disparó contra Fuentealba. Alfredo: el gobernador contestó que hasta ayer a la madrugada los sospechosos eran doce; que un rato después eran seis o cinco, y que ahora serían cuatro o tres. Es decir, Alfredo: se están acercando. Pese a la infinidad de testigos y de cámaras presentes y de grabaciones sobre el instante del fusilamiento, los “investigadores” están cerca de saber quién pudo haber matado a un docente cualquiera, y sólo hay que esperar a las pericias. Fijate, Alfredo, lo mal escrito que está todo esto, fijate lo desordenado que me salió este párrafo, y vas a poder entenderme, vas a saber que no sé cómo hacer para escribir con lucidez sobre esto, para poder largar algo que valga la pena. Otra protesta salarial, Alfredo. Mataron a otro manifestante sin necesidad, querido. El gobernador fue sitiado por mujeres docentes en su propia gobernación; se escapó entre gases, vestido de policía; ahora está mirando tu propia marcha por la ruta 22, en directo, desde el Messidor, Alfredo. Y yo probablemente nunca pueda alcanzar una forma discreta de escribir sobre esto.Vine a pasar la semana santa. Me voy a ir en medio del quilombo, Alfredito. Y vos vas a seguir preguntándote lo mismo: cuánto hace falta para voltearlos, cuántos muertos más nos faltan, cuántas maneras mejores de explicarnos quedan dando vueltas por el aire, por qué en una pared de la ciudad, mientras la gente gritaba a lo lejos, estaban tatuados nuestros nombres, en un viejo afiche. Te vas a preguntar cuál es nuestra tarea. Si resistir, malgastar, seguir peleando. Por qué estamos en un afiche viejo que se sostiene en el centro neuquino. Dónde vamos a estar cuando ese viejo afiche se desintegre: dónde vamos a estar cuando se termine todo esto.
26.3.07
23.3.07
Zoom politikon
Dentro de muchos años
minutos antes de perder
mis envidiadas cualidades
(mi carácter, mi temperatura)
quisiera encargar una tardía
encuesta a boca de urna
para que mis hijos y nietos
seguramente publicistas
evalúen los guarismos
midan con palabras
sepan cuántas veces
merecí haber muerto antes
minutos antes de perder
mis envidiadas cualidades
(mi carácter, mi temperatura)
quisiera encargar una tardía
encuesta a boca de urna
para que mis hijos y nietos
seguramente publicistas
evalúen los guarismos
midan con palabras
sepan cuántas veces
merecí haber muerto antes
22.3.07
La vida ajena
Los ojos de las personas mayores me generan sospechas. No es que tenga desconfianza por cómo pueda afectarme la mirada de un anciano, ni que sienta miedo de sufrir algún hechizo maldito por el solo hecho de encontrarme demasiado joven frente a ellos, sino que sospecho del brillo que cargan, de ese fulgor templado que los inunda por dentro y que a su vez contagia a cada persona que esté cerca, quitándole un poco de vida por un instante, actualizando en un lento parpadeo la finitud de las cosas. Hasta hace un tiempo pensaba que el momento más grave de la mirada de un anciano se distingue cuando alguno de ellos demuestra alegría: todos podemos ver la muerte en los ojos de los viejos cuando se les recibe un nieto, o reviven cierta infancia ajena en un video, o cuando asisten al casamiento o bautismo de un familiar. La alegría mezclada con emoción les impregna en las pupilas un brillo inmediato y letal, fruto de un tiempo indeterminado que tritura la materia, la respiración, el temblor de la voz. Un velo que los sorprende sonriendo y con las manos vacías; la combinación abismal que surge de un presente agotado y el propio abandono.
Pero ahora pienso otra cosa. Ahora conozco el momento exacto en el que la muerte se desparrama como un perfume entre viejos y jóvenes. Una revancha involuntaria que los vuelve tan frágiles como siniestros, a la hora de recibir ayuda, en el reflejo del tumulto.
Hablo del momento en que un anciano se cae. Horas atrás, mientras esperaba el cambio de semáforo en una esquina, se desplomó frente a mí una señora que no pudo escalar bien el cordón de la vereda, y que terminó golpeando el borde de cemento con la punta de su zapato para terminar de cara contra el suelo, sin siquiera lograr un poco de amortiguación con los brazos. Me acerqué para auxiliarla junto a otras dos personas, tratando de disimular un poco la risa (nadie puede negar que un tropiezo en la calle hace reír a cualquiera, como tampoco se puede negar que la mayoría de los que alimentan el ridículo son personas mayores), y me encontré de frente con la marca turbia de la muerte: el sello oculto en unos ojos desorbitados que no entendían lo que había pasado; una señora que no lograba comprender cómo había llegado hasta ese lugar, en ese estado, ni quién había tomado la decisión de disolver su equilibrio y precipitar ese sueño negro.
Intenté hacerla reaccionar con un pequeño sacudón de hombros pero no hubo caso. Esa mujer me miró como se mira a la oscuridad, y sin darse cuenta me obligó a reproducir la silueta del espejo en el que pudo advertir, por un segundo, su propia muerte. Los otros, alrededor, la peinaban y le preguntaban si estaba bien, si sentía algún dolor, si necesitaba hacer una llamada telefónica. Pero a ella no le salía otra cosa que mirarme. La frente. Los labios. Por último los ojos.
El tumulto terminó por disolverse y la mujer caminó despacio un par de cuadras hacia el sur, hasta que se mezcló entre la gente y la perdí de vista. Nunca voy a saber cuánto tiempo le habrá llevado desprenderse de mi imagen, de ese papel que me obligó a cumplir. No voy a saber si pudo hacerlo. Pero ahora me pregunto cuántas formas existen de controlar el fin de uno mismo a través de otro: cómo sacarle el jugo a la vida ajena, sin autorización, para luego rozarle la espalda a la muerte. Eso es lo que yo me pregunto ahora. Cómo evitar ese intercambio, el desenlace. Cómo puedo hacer para no ayudar nunca más a nadie.
Las araucarias
En cierta pieza genérica
cierta cama demasiado nueva
mientras los otros en otra ciudad
me doy cuenta de que no puedo mejorar
el trato con las cosas que hay acá
no puedo mejorar el trato con los ladridos
que resuenan entre un auto y otro
no puedo llevarme bien
con el agua que corre en la cañada
no puedo hacer de estos momentos
un despojo natural del sueño
y me pregunto a cuánto equivale la distancia
que hay entre los ruidos de esta calle
y los silencios de aquella esquina
a cuánto equivale tener que seguir mirando
una cortina a cuadros, que ni el viento mueve
a cuánto equivalen las ganas de apilar cuerpos
adentro de esta pieza
la intención de verlos sonriendo
mi intención de vivir escapando
la certeza de elegir el lugar triste
el frío, la congoja
a pesar de saberlo
no puedo llevarme bien
con esta manera del deseo
sabiendo que siempre hay elecciones de por medio
cierta cama demasiado nueva
mientras los otros en otra ciudad
me doy cuenta de que no puedo mejorar
el trato con las cosas que hay acá
no puedo mejorar el trato con los ladridos
que resuenan entre un auto y otro
no puedo llevarme bien
con el agua que corre en la cañada
no puedo hacer de estos momentos
un despojo natural del sueño
y me pregunto a cuánto equivale la distancia
que hay entre los ruidos de esta calle
y los silencios de aquella esquina
a cuánto equivale tener que seguir mirando
una cortina a cuadros, que ni el viento mueve
a cuánto equivalen las ganas de apilar cuerpos
adentro de esta pieza
la intención de verlos sonriendo
mi intención de vivir escapando
la certeza de elegir el lugar triste
el frío, la congoja
a pesar de saberlo
no puedo llevarme bien
con esta manera del deseo
sabiendo que siempre hay elecciones de por medio
19.3.07
Papel araña
Hace unos días mi madre me regaló un nuevo teléfono celular, y me lo mandó por encomienda, en un colectivo. El nuevo teléfono tiene memoria interna, cámara de fotos, recordatorios, sonidos polifónicos, radio FM, batería de larga duración. Tiene una opción para desviar las llamadas cuando me quedo sin batería, para que suenen, por ejemplo, en otro teléfono que esté cerca. Tiene browser: puedo navegar por internet. Puedo ponerle la voz de Homero Simpson para que suene así: ahora, gracias a un cable USB que trajo, escucho los mensajes con la voz de Homero que dice "Flaaaaaandeeeers, Flaaaaaandeeeers..."; "Qué!"; "Flaaaaaandeeeers, Flaaaaandeeeers..."; "Qué!!!"; "Jojo, pon atención, ya te hice voltear". Dicen que es el teléfono más elegante del mercado. Y puedo mandar mensajes multimedia.
Mi madre me lo despachó adentro de una caja de zapatos, y la caja fue forrada con papel araña. Azul. Brilloso. Impecable.
A la caja de zapatos la tiré. Al papel lo dejé varias horas sobre el sillón, doblado. Miré el teléfono y el papel. Imaginé a mi mamá comprando un metro de papel araña, en una librería oscura, con el teléfono sin estrenar en la cartera. El teléfono y el papel. El teléfono y el papel que usaba cuando iba al primario para forrar los cuadernos, con las telas de araña que luego dirigían las líneas de la birome que contorneaban esos círculos concentricos, con lápices Faber Castell y cartucheras de dos pisos, de las que salían lupas y reglas y tenían incorporado el sacapuntas, un cajoncito, imanes para las tapitas que chasqueaban al cerrarlas. El télefono celular más elegante del mercado con posibilidad de incorporarle un tono MP3 y el papel araña color azul, grueso, brillante y opaco, atemporal, difícil de manipular.
13.3.07
5.3.07
Ingresar bolillas
Qué hijo de puta, salió el 22
pensé, y me ganó la dialéctica quinielera
tomé otro trago, desnudé a otra chiquita
como al pasar, con los ojos secos
y me sentí un muerto que trabaja
para el lenguaje de los símbolos
a los huevos decidí tocármelos
recién al cambiar de posición
y me dije que con la locura, el doble cero
el catorce y quince, y el cuarenta y siete
lo único que puedo armar es
un correcto documento de identidad
nunca un premio que salga a la cabeza
pensé, y me ganó la dialéctica quinielera
tomé otro trago, desnudé a otra chiquita
como al pasar, con los ojos secos
y me sentí un muerto que trabaja
para el lenguaje de los símbolos
a los huevos decidí tocármelos
recién al cambiar de posición
y me dije que con la locura, el doble cero
el catorce y quince, y el cuarenta y siete
lo único que puedo armar es
un correcto documento de identidad
nunca un premio que salga a la cabeza
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