9.4.13

Los próceres. El comienzo


Queridos, con absoluta alegría, en la víspera de los 31, les comparto el lanzamiento de un nuevo libro. Los Próceres. Un libro especial por muchos motivos. Primero, que se trata de un libro sobre cómo se vive el fútbol en Argentina, y con lo fanático que soy, y que siempre he sido, eso tiene una carga y un gustito especial. Segundo, porque lo editó un gran amigo, en una editorial pequeña pero transparente, y ambos (editor y editorial) laburan con una alegría, una soltura y una transparencia que a muchos se les frunciría el ojete. Estoy hablando de Lucas Oliveira, y de la Editorial Funesiana. Tercero: algo también muy importante: la política y, por consiguiente, las condiciones de producción del libro. Como se sabe, la Funesiana es una editorial artesanal, que trabaja, además, en la transición de los soportes. Porque lo artesanal no sólo implica el papel (ya lo saben quienes conocen la editorial, ya lo sabrán quienes lean el libro). Acá presentamos la versión PDF del libro, en unos días estará lista en los formatos ePub y Mobi, y en un mes, más o menos, será editado con todas las chucherías, cada vez más finolis, de los libros de Lucas. ¿Dónde está la transparencia? En la propuesta. En empezar a joder desde la pasión misma por los libros de los nuevos, de nosotros. Un mes antes de que salga el libro editado en papel, el que quiera puede descargarlo en el formato que quiera. Y después, si les gustó, pueden acentuar el fetiche, y ver cómo será su forma-objeto. Después de pasarme cinco años indagando sobre la autonomía literaria, sobre la relación literatura-mercado, eso es como una birra helada. Es una verdadera alegría que pase todo esto. Hice este libro en medio de mi laburo de investigación, y lo hice con alegría, disfrutando de la escritura, descansando al escribir. Después de varios años, y con todos los proyectos de escritura de ficción ahí, en el freezer, inconclusos, vuelvo a las canchas con un libro adorable. Y Lucas editó este libro con igual alegría y puntillismo. Nos comunicamos, entre todo esto, corrigiendo y charlando, con absoluta alegría y tranquilidad. El libro está lleno de firuletes, de gambetas, y de pensamientos, y de jueguitos. Es un libro del Bicentenario, además. Y mañana es mi cumpleaños, en un mes y medio Lucas tendrá LA novedad. Qué más se puede pedir. 
Ah, sí, como siempre, se puede pedir algo más. Como reza la página de créditos del libro, se puede pedir que lo lean, quienes quieran (no sólo los que cargan testículos, es para todos claramente: de hecho, la primera persona que lo leyó, en la editorial, y se copó, fue Ángeles, colaboradora de Lucas), y que lo pasen, o lo copien, o lo impriman, siempre citando la fuente. Salute.

Y pronto les aviso cuando estén los otros formatos. 

5.4.13

Sonrían!


(Gracias a la preciosa dama azul que abre grandes los ojos y no pestañea nunca)

27.3.13


"Remontar el barrilete 
en esta tempestad
sólo hará entender 
que ayer no es hoy
que hoy es hoy, y que 
no soy actor de lo que fui."

9.3.13

La Défense


Esta foto es del 14 de diciembre de 2012, a las 14.30 horas, momentos después de haber defendido mi tesis de doctorado. Estaba feliz. La pongo acá por dos motivos: para informarles que este blog está más vivo que nunca, como su dueño, y porque tengo ganas de volver a disfrutar ese momento, algo que pensé que iba a ser imposible. Pero lo hice. Lo disfruté y se me ve feliz, lo debo reconocer. Por eso me gusta mucho la foto. Me rompí el orto para hacer mi doctorado. Escribí todo el texto durante 2012, y lo hice con dudas e integridad. Muchas personas me acompañaron, desde lejos y desde cerca. Mi vieja viajó a verme: estuvo 32 horas arriba de dos ómnibus (ida y vuelta) y 24 horas en Córdoba. La foto la sacó mi hermano del corazón, José Luis Comba. 
Esto pasó. Y fue hermoso. Tenía en mi mente la misma esperanza que cargo ahora. 
Ahora, lo que más deseo, es que lo que más quiero, se recupere. 
Porque todo se quiere en este mundo. Y eso lo aprendí de grande, pero a tiempo.  

10.2.13

La masacre del estilo


Militamos la excusa del control.
Alejarse es un asunto mental, dijo ella
mientras inflaba un neceser.
Buscaba una bolsa de nylon
para no mezclar la ropa sucia.
Hoy se cumplen tres meses de su partida.
Sus restos siguen intactos
como los últimos deseos de los muertos.

Esta mañana, al bañarme
tomé la esponja que dejó junto a los frascos.
El golpe del agua triplicó su peso y
frente al reflejo de cerrar el puño
una espuma vieja comenzó
a despertarse.
La realidad transmutada,
la fragancia esencial chorreando
de mi mano antes de diluirse
en el pequeño mar de los pies.
Me lavé la boca y devolví
la esponja a su lugar.
El sabor es la conjunción
de gusto y de olfato
otra militancia que crece como el vapor,
el eufemismo de la suma de los cuerpos.

23.1.13

63



Spinetta. Spinetta. Spinetta. Sesenta y tres veces. Infinitas veces. Spinetta y la posibilidad de incomodar la mente. Spinetta y la apertura de lo cerrado. Spinetta y las bifurcaciones. Spinetta como lo humano exacerbado. Feliz cumple, Luis Alberto Spinetta.

6.12.12

Granitos

Pide con señas que saquemos el colchón desnudo, escondido debajo de la cama, y lo hacemos. Eugenia me advierte lo que está por venir, me prepara con una combinación de ojos y sonrisa. El único fresco posible brota del piso de granito, bruñido como un espejo, y se sostiene en el aire apenas por la penumbra de la habitación. Sobre la cama, un gran ventanal apenas permite el paso de la luz, gracias a la persiana baja. (Disparos de sol se imprimen en el frente del placard). Más lejos, en el vértice opuesto al filtro de la ventana, la puerta sí abre paso a una franja concreta de claridad. Y Vicente ya está bailando, sobre el colchón. Y transpira. Eugenia, frente a mí, sonríe. Tiene los ojos envejecidos pero la ternura intacta. Sufre el calor pero no me lo hace saber: apenas puedo distinguirlo en la ondulación de su flequillo, que en otro clima suele estar liso. Veo su calor en el brillo húmedo que le nace de la juntura entre el pelo y la piel. 

Gime y grita, flexiona las rodillas y gira sobre su eje, alza las manos y prueba el límite de los dedos, de las muñecas. Gira y aplasta el colchón como un astronauta fuera de sí, eufórico en los movimientos pero lento y torpe por su desconocimiento del real equilibrio. Parece querer rapear; no hay música, estamos inmersos en un silencio casi absoluto, pero Vicente tensa la espalda y luego la suelta, exige la repetición de los brazos, se arquea y gime, sonriendo, hasta que se lanza hacia delante. Abandonado. Es un ciclo rarísimo, pero el baile y los giros lo llevan cada tanto a aflojar todo el cuerpo, sin el miedo de lo brusco. 

Grita con las manos, estira los dedos, salta, prueba, gira, balbucea canciones imposibles de traducir y se lanza, de cabeza al colchón. Cae con el peso muerto: ¡Uh! Decimos con Eugenia al mismo tiempo, y nos reímos. Tiene la frente bastante bien, le digo. Dentro de todo sí, dice ella, y me sonríe. El abandono dura menos de cinco segundos, y otra vez la energía toma su cuerpo; se levanta con la torpeza repetida, gira una, dos veces, agita las manos. Vuelve a girar. Sus piernas ceden y no; estamos atentos al instante preciso en que perderá el equilibrio y saldrá del terreno acolchonado para abrirse la piel. Pero no cae: ríe y transpira. Tiene el pelo mojado. Los ojos de un celeste grisáceo, plenos y movedizos. Baila cuatro o cinco giros más, mientras atendemos a una posible caída, y entran los chicos por la puerta, ocupan los flancos del colchón más desguarnecidos. Somos cuatro forjando un perímetro y Vicente bailando, estrellándose de cabeza contra la gomaespuma. Nicolás y Santiago entienden y ríen. Nos miramos los cuatro. Echados en el suelo, cubiertos por la penumbra del cuarto en la tarde de domingo, sintiendo la frescura y la dureza del granito, dejamos los brazos sueltos esperando el desbande. Sin pensarlo armamos un corral humano, una soga gruesa y ondulante que nos une. Vicente registra la extensión de la seguridad y se vuelve aún más loco, agita sus manos rapeando, gira y balbucea, y se lanza. Queda muerto de cara al colchón, sin fuerza. Le apoyo mi mano en la espalda, y le despego el cuero. Lo masajeo y todo su cuerpo se mueve. Apenas siente la extensión de mis dedos, apenas se siente tapado, hace un ruido con la boca. Copio su ruido y le muevo toda la piel de su espalda, y después le doy golpes porque eso es lo que quiere: que le tiemble la voz. Solo se aparta y vuelve al baile. 

Todos sobre Vicente, dice Nicolás cuando vuelve a cumplirse el ciclo. Vicente se abandona y Nicolás arma un pequeñísimo escudo que lo cubre y Santiago se lanza sobre Nicolás y yo sobre Santiago. Eugenia se ríe. Vicente la mira y también. Después volvemos a nuestras posiciones y Vicente vuelve a bailar. 

En vez de hablar, esperamos que rebote contra las sogas del corral que armamos. Cada tanto pierde el equilibrio y sale despedido por la misma fuerza centrífuga que genera con sus giros; lo atajamos, lo devolvemos al centro del colchón. 

La primera vez que vi a Eugenia de noche, por fuera del colegio, tenía 13 años. Se ataba el pelo lo más tirante posible y usaba minifaldas, borcegos y medias blancas de algodón. Era más insegura que el tiempo. Santiago también tenía 13 cuando lo conocimos: sólo usaba camisetas de fútbol, y no hablaba con nadie. Apenas pestañeaba. A Nicolás lo conozco de más chico. Lo vi dejarse crecer el flequillo rubio hasta el borde de la comodidad, cuando apenas estrenábamos las dos cifras de edad. Lo vi morderse el flequillo en los tiempos muertos de las tardes de verano. Ahora es domingo y estamos viejos. Rodeamos un colchón desnudo, en el centro de una habitación en penumbras, en la ciudad de Buenos Aires, donde ninguno de los cuatro nació. Es domingo y estamos viejos y sonreímos como testigos que somos de la creación. El centro está tomado por Vicente, un futuro hombre que Eugenia, la de los borcegos y las medias, la promesa del hockey juvenil neuquino, la chica de la habitación estilo alcoba en lo alto de su casa paterna, soltó de su vientre un verano atrás.

No hay ruidos, nos sabemos cansados y seguros de seguir midiendo y a la vez ignorando al tiempo. Pronto el baile acabará y damos las gracias con la voz invertida, desplegada hacia el centro del pecho, esperando el regreso del calor y la luz, todo lo que resta para que Vicente salga caminando hacia la cumbre de un nuevo objetivo.