26.1.09

Mi Senda y yo (parte 1)

Para continuar la onda del texto anterior, había comenzado a escribir un tratado sobre el viento, que decía así en sus primeras líneas: “El servicio meteorológico nacional seguramente no lo dice, pero todo en esta casa silba. Todas las ventanas de esta casa silban”. Pero ese impulso se suspendió y ahora, que hay sol afuera, quiero escribir sobre otro ingrediente esencial de mi cotidianeidad aquí: el auto más viejo de esta familia, el Volkswagen Senda.

Puedo afirmar que todo comenzó en la segunda mitad del año 1994, cuando mis padres decidieron vender el Peugeot 404 que teníamos para comprar un auto cero kilómetro. Mi papá tuvo que viajar, y una noche acompañé a mi mamá al bajo neuquino porque un amigo de mi viejo les iba a comprar el auto. El tipo se dedicaba a eso. El Peugeot era un auto interesante. Quien alguna vez tuvo un Peugeot 404 puede compartir la certeza de su fealdad, pero también puede aflojar un poco la boca y confesar que no debe haber, en la historia, un auto más simpático que ése. En primer lugar, porque tiene los ojos redondos y saltones, y la cola en dos puntas, con dos faros medio mariposones, aunque si se lo mira de costado, es un carro robusto, redondo pero a la vez no, elegante pero al mismo tiempo ordinario, con llantas de rayos finos, y un detalle, en algunos casos, para esa época distintivo: techo corredizo. El nuestro era de color entre amarillo y mostaza. En términos comerciales-gastronómicos, algo así como color mostanesa. Llegó a la familia en parte de pago por algo que le debían a mi viejo, o también puede ser al revés, hoy no tengo un recuerdo nítido: capaz que mi viejo debía algo y entregó otro auto y le dieron ése. Lo cierto es que yo también presencié el comienzo del Peugeot: estaba en la oficina de mi papá, en el centro neuquino, cuando se lo estacionaron al frente. Fui con los grandes a mirarlo, y abrí una puerta, y me metí: la sensación fue la de abrir la puerta de una cámara frigorífica. Yo venía acostumbrado a una rural Renault 12. Todo, adentro, era feo y viejo. El cuero de los asientos estaba cuarteado, el tablero le debía varias boletas al progreso tecnológico, y el confort sólo estaba atravesado por la inmensidad de la cabina, una cualidad arrastrada de los viejos autos que se hacían acá, en nuestra patria. Lo más llamativo de todo, sin embargo, era el pasacasetes. Eso sí. Botones amarillos y verdes: por supuesto no tenía nada que ver con el auto, era más nuevo. Entonces salí y volví a la oficina, y busqué un casete, y volví corriendo al auto. No miré al cruzar. Entré cuando ya todos se habían ido, estábamos él, Peugeot, y yo, y le metí el casete con el miedo de quien mete por primera vez un dedo en una vagina y el ruido que salió de allí fue escalofriante: el pasacasete se tragó la cinta de una manera tan violenta que apenas alcanzó a sonar un acorde de no sé qué mierda y luego el acelere furibundo de los casetes dañados y, por supuesto, al final, el escape. Llegué a la oficina y mi papá me preguntó qué me parecía, y respondí: “el pasacasete no anda”.

Unos años después fuimos a venderlo con mi mamá, una noche en la que mi papá había viajado, y Emilio, así se llamaba el comprador, no sabía que en el lugar del acompañante, más precisamente en el suelo del lado del acompañante, había un hueco que tendría algo así como 25 centímetros de diámetro, y que si uno ponía los pies ahí se le iban directamente para abajo: una remake argenta del auto de los Picapiedras. Fricción pura. Andando, jugábamos con mi hermano a levantar la alfombra y mirar los destellos del asfalto, las líneas más veloces y grises de nuestras vidas. Rogábamos, con mi mamá, por la celeridad de Emilio: queríamos que sólo lo pusiera en marcha y nos diera la plata. Y así fue. Emilio se colocó al volante, lo arrancó, lo miró, miró las alfombras, lo apagó, nos llevó a su confitería (toda su vida había sido mozo, y allí lo conocimos, como mozo de Fedra, una confitería que ya nombré en otras ocasiones) y le dio a mi vieja 2350 pesos: “yo después hablo con Horacito”. Pesos dólares, en aquel momento. Ella metió la plata en la cartera y salimos a caminar, por la noche del bajo neuquino, con la sensación de haber cagado a alguien. En ese momento algo había salido bien. Poco tiempo después, otra tarde noche de septiembre de 1994, llegó mi viejo al departamento de Alta Barda (lejos, pero lejos, el mejor barrio de Neuquén: lindo de día, florido, familiar, y sórdido de noche, violento como la gran puta, descuidado en las penumbras; un barrio alto, a salvo de una posible rotura de la represa de El Chocón, lo que lo convierte, en el caso de que algún día se rompa El Chocón y se descontrole el agua, en el único futuro posible de la ciudad) y bajamos para registrar la buena nueva: un Volkswagen Senda cero kilómetro, color azul Bilbao, llantas de aleación, asiento trasero cubierto con nylon. Es decir: la forma mecánica de la esperanza.

En los primeros tiempos sólo lo tocaban ellos. Viajábamos mucho a la capital del país, para ver a los abuelos, y nos arreglábamos bastante bien con mi hermano para dormir un poco en el asiento de atrás. Creo que lo peor que originalmente tuvo el Senda fue el asiento de atrás. Chico, sin espacio para las piernas: un adulto no podía viajar bien ahí, pero nosotros lo hacíamos bastante bien. Después mi hermano comenzó a tener edad para volverse un pelotudo y para soñar con manejar el Senda. En esos tiempos lo invadió una combinación de sentimientos que luego entenderíamos permanente, tanto para la adolescencia como para lo que sigue: estoy hablando del miedo y del deseo, en el mismo balde de plástico: la cabeza. El tipo tenía un deseo irrefrenable de manejar el Senda, y un pánico ineludible de dañar el Senda y luego ser proporcionalmente dañado por nuestro padre. El cálculo, debo decirlo, era más que realista. En esos días, hacerle algo al Senda era como escupirle adentro de la boca a mi viejo. Pero lentamente mi hermano fue haciendo pactos con el entorno: comenzó a interesarse por los autos, y en consecuencia comenzó a interesarse por el Senda. Conoció a un enfermo mental de nuestro edificio, que se llama Mariano Mazini y peleaba y cogía (según él) cada noche del mundo, y se unió a él para darle forma a las primeras esquinas de su adultez. Mariano adivinen qué auto tenía: claro. Un Senda azul Bilbao. Se reunían los dos en el estacionamiento de nuestro edificio, y lavaban los autos, y charlaban, y Mariano le contaba cómo había cagado a palos a un rubiecito la noche anterior, y nos mostraba (ahora me incluyo porque yo miraba desde un costado) sus manos cicatrizando. Y Sonreía. Y secaba el capó de su Senda con una rejilla y luego miraba la capocha del edificio, allí donde hubiese estado el pelo, en el caso de que el edificio se hubiese convertido en una persona, y decía:

“Si me caigo de allá arriba, me levanto enculadísimo”.

El edificio tenía 12 pisos.

Lo más llamativo de todo es que tanto mi hermano como yo teníamos la absoluta certeza de que, si se producía eso, es decir, una caída libre de Mariano desde 12 pisos de altura, él no iba a morir. Sabíamos perfectamente que no sólo iba a sobrevivir, sino que al levantarse, iba a estar tan enojado como para cagar a trompadas a quien se cruzara por su nariz. Mariano, macizo, morocho, musculoso, regordete, tenía una nariz chiquita. Y digo esto para los que alguna vez creyeron, como yo, que las bestias no pueden tener la nariz chiquita.

Luego Mariano se fue metiendo en problemas, y mi hermano no lo siguió más. El convenio fue, a partir de ese momento, lavar el auto en la vereda de la casa de otro amigo de él, de hecho su mejor amigo, que también vivía en Alta Barda y tenía el mismo deseo y el mismo pánico de manejar. Ese nuevo trato servía, evidentemente, para manejar tres cuadras más: eso ya era una cuestión a tener en cuenta, porque se trataba de sacar el auto a la calle. Mi hermano me pedía que lo acompañara. Aunque también creo (ahora, lentamente, lo recuerdo así) que me obligaba a acompañarlo a lavar el auto en la vereda de su amigo. La decisión, por supuesto, nada tenía que ver con el amor, ni con el compañerismo: menos que menos, aún, con el deber social de ser un hermano mayor y relatarle la vida al hermano menor para que la entienda. La decisión era puramente estratégica. Si todo salía bien, nos íbamos a divertir. Si todo salía mal, yo me convertía inmediatamente en testigo directo de lo sucedido, y más que testigo, me convertía en co-partícipe. Por lo tanto, si algo salía mal, yo era el único ser vivo capaz de defenderlo o condenarlo.

Defender a mi hermano me significó, toda la vida, quince o veinte minutos consecutivos de paz y salud: ausencia de golpes, chistes tontos, meterme en su mundo por un rato. Condenar a mi hermano me significó, toda la vida, ser cagado a palos o amenazado con la fuerza de la mafia. En ese momento, si todo salía mal y yo lo condenaba, mi vida no iba a tener más sentido que el de ir a la escuela y luego volver a casa para que él me pegara.

Las primeras veces salió todo bien. A la segunda o tercera, volviendo al edificio, ya con el auto limpio, mi hermano (al volante) tuvo que detenerse en una esquina por el paso de otros autos, y detrás del Senda se detuvo el ómnibus de pasajeros que trasladaba a los vecinos de Alta Barda. El ómnibus era de la empresa Gonzomar, y el ramal era el A. A era sinónimo de Alta Barda. Gonzomar se llamaba la empresa, sencillamente porque el dueño se llamaba Omar González. Así era Neuquén, cuando aquí vivía.

Nosotros, los dos, de hecho, conocíamos mejor el ánimo del A que el ánimo del Senda conducido por un adolescente.

La cuestión es que cuando quiso arrancar, se le paró el auto, y me miró. Yo lo miré. El bondi, atrás, metía más presión en nosotros que la que mete el cuerpo de la Tota Santillán en su colchón, cuando se acuesta. Mi hermano arrancó el auto y salimos ratoneando, pero, como todos saben, ese ya fue el final de la pesadilla, porque luego el auto no se para más: cuando las revoluciones alcanzan, la segunda o la tercera marcha entran por sí solas.

Fue entonces cuando mi relación con el Senda comenzó a ser íntima. Mi hermano, después de todo, nunca imaginó ofrecerme tanto poder: el poder de la información, el saber inequívoco de que el tipo todavía le tenía miedo al auto, y para decirlo con las palabras más fuertes de aquella edad, no-lo-sabía-manejar-bien. Le metía onda y dedicación al auto y lo lavaba y lo miraba y se le apoyaba en el capó y no lo sabía manejar bien. Eso me abrió la puerta para luego hacer lo mismo: no saberlo manejar bien.

2 comentarios:

Alejandro Eliseo El Llegue dijo...

En casa de mis abuelos, antes mi techo, había un Citröen 3CV. No me molestaban tanto sus formas, sino su aceleración, siempre en tonos agudos, siempre raspando el paladar. Su recuerdo, aún, me impide concretar los tumbos que amago.
Me gustó mucho este viaje.
Saludos, sin limón en los dedos.

H de K dijo...

esto esta requetebueno.