6.12.12

Granitos

Pide con señas que saquemos el colchón desnudo, escondido debajo de la cama, y lo hacemos. Eugenia me advierte lo que está por venir, me prepara con una combinación de ojos y sonrisa. El único fresco posible brota del piso de granito, bruñido como un espejo, y se sostiene en el aire apenas por la penumbra de la habitación. Sobre la cama, un gran ventanal apenas permite el paso de la luz, gracias a la persiana baja. (Disparos de sol se imprimen en el frente del placard). Más lejos, en el vértice opuesto al filtro de la ventana, la puerta sí abre paso a una franja concreta de claridad. Y Vicente ya está bailando, sobre el colchón. Y transpira. Eugenia, frente a mí, sonríe. Tiene los ojos envejecidos pero la ternura intacta. Sufre el calor pero no me lo hace saber: apenas puedo distinguirlo en la ondulación de su flequillo, que en otro clima suele estar liso. Veo su calor en el brillo húmedo que le nace de la juntura entre el pelo y la piel. 

Gime y grita, flexiona las rodillas y gira sobre su eje, alza las manos y prueba el límite de los dedos, de las muñecas. Gira y aplasta el colchón como un astronauta fuera de sí, eufórico en los movimientos pero lento y torpe por su desconocimiento del real equilibrio. Parece querer rapear; no hay música, estamos inmersos en un silencio casi absoluto, pero Vicente tensa la espalda y luego la suelta, exige la repetición de los brazos, se arquea y gime, sonriendo, hasta que se lanza hacia delante. Abandonado. Es un ciclo rarísimo, pero el baile y los giros lo llevan cada tanto a aflojar todo el cuerpo, sin el miedo de lo brusco. 

Grita con las manos, estira los dedos, salta, prueba, gira, balbucea canciones imposibles de traducir y se lanza, de cabeza al colchón. Cae con el peso muerto: ¡Uh! Decimos con Eugenia al mismo tiempo, y nos reímos. Tiene la frente bastante bien, le digo. Dentro de todo sí, dice ella, y me sonríe. El abandono dura menos de cinco segundos, y otra vez la energía toma su cuerpo; se levanta con la torpeza repetida, gira una, dos veces, agita las manos. Vuelve a girar. Sus piernas ceden y no; estamos atentos al instante preciso en que perderá el equilibrio y saldrá del terreno acolchonado para abrirse la piel. Pero no cae: ríe y transpira. Tiene el pelo mojado. Los ojos de un celeste grisáceo, plenos y movedizos. Baila cuatro o cinco giros más, mientras atendemos a una posible caída, y entran los chicos por la puerta, ocupan los flancos del colchón más desguarnecidos. Somos cuatro forjando un perímetro y Vicente bailando, estrellándose de cabeza contra la gomaespuma. Nicolás y Santiago entienden y ríen. Nos miramos los cuatro. Echados en el suelo, cubiertos por la penumbra del cuarto en la tarde de domingo, sintiendo la frescura y la dureza del granito, dejamos los brazos sueltos esperando el desbande. Sin pensarlo armamos un corral humano, una soga gruesa y ondulante que nos une. Vicente registra la extensión de la seguridad y se vuelve aún más loco, agita sus manos rapeando, gira y balbucea, y se lanza. Queda muerto de cara al colchón, sin fuerza. Le apoyo mi mano en la espalda, y le despego el cuero. Lo masajeo y todo su cuerpo se mueve. Apenas siente la extensión de mis dedos, apenas se siente tapado, hace un ruido con la boca. Copio su ruido y le muevo toda la piel de su espalda, y después le doy golpes porque eso es lo que quiere: que le tiemble la voz. Solo se aparta y vuelve al baile. 

Todos sobre Vicente, dice Nicolás cuando vuelve a cumplirse el ciclo. Vicente se abandona y Nicolás arma un pequeñísimo escudo que lo cubre y Santiago se lanza sobre Nicolás y yo sobre Santiago. Eugenia se ríe. Vicente la mira y también. Después volvemos a nuestras posiciones y Vicente vuelve a bailar. 

En vez de hablar, esperamos que rebote contra las sogas del corral que armamos. Cada tanto pierde el equilibrio y sale despedido por la misma fuerza centrífuga que genera con sus giros; lo atajamos, lo devolvemos al centro del colchón. 

La primera vez que vi a Eugenia de noche, por fuera del colegio, tenía 13 años. Se ataba el pelo lo más tirante posible y usaba minifaldas, borcegos y medias blancas de algodón. Era más insegura que el tiempo. Santiago también tenía 13 cuando lo conocimos: sólo usaba camisetas de fútbol, y no hablaba con nadie. Apenas pestañeaba. A Nicolás lo conozco de más chico. Lo vi dejarse crecer el flequillo rubio hasta el borde de la comodidad, cuando apenas estrenábamos las dos cifras de edad. Lo vi morderse el flequillo en los tiempos muertos de las tardes de verano. Ahora es domingo y estamos viejos. Rodeamos un colchón desnudo, en el centro de una habitación en penumbras, en la ciudad de Buenos Aires, donde ninguno de los cuatro nació. Es domingo y estamos viejos y sonreímos como testigos que somos de la creación. El centro está tomado por Vicente, un futuro hombre que Eugenia, la de los borcegos y las medias, la promesa del hockey juvenil neuquino, la chica de la habitación estilo alcoba en lo alto de su casa paterna, soltó de su vientre un verano atrás.

No hay ruidos, nos sabemos cansados y seguros de seguir midiendo y a la vez ignorando al tiempo. Pronto el baile acabará y damos las gracias con la voz invertida, desplegada hacia el centro del pecho, esperando el regreso del calor y la luz, todo lo que resta para que Vicente salga caminando hacia la cumbre de un nuevo objetivo.

19.11.12

Un sudaca en la Corte, de Daniel Moyano (Caballo Negro editora). Este miércoles 21 de noviembre, 20 horas, Casona Municipal, Ciudad de Córdoba.

Después del tremendo viaje que hicimos, de las presentaciones de Tres Golpes de Timbal Edición Crítica en Francia y España, de haber podido conocer bien a Irma Capellino, a María Inés Moyano Capellino, a los amigos íntimos de Daniel; después de haber escuchado historias y recuerdos de sus alumnos de taller en Oviedo, después de haber vivido en carne propia el regalo de alojarme en su casa y escuchar su recuerdo de boca de Irma y María Inés, después de haber visto todas las fotos que sacó y copió Daniel en su propia casa, con las mejores y más autorizadas explicaciones sobre cada imagen; después de haber pasado cuatro noches en las que, antes de meterme en la cama, elegía un libro de la biblioteca personal de Daniel, muchas veces encontrándome con dedicatorias de próceres de la literatura latinoamericana; después de todo eso, del agradecimiento infinito a su familia y la felicidad de pertenecer, aunque sea un poquito, a su mundo, el 21 de noviembre nos encontrará con otra novedad alucinante. Mis amigos Alejo, Abel y Luciano, de Caballo Negro Editora, presentarán ese día un volumen de cuentos inéditos y casi desconocidos de Daniel Moyano, titulado Un sudaca en la Corte. Será en la Casona Municipal a partir de las 20 horas, y la presentación no podría estar a cargo de mejores personas: Elena Anníbali, Augusto Porporato y Adrián Savino. Qué más se puede pedir. Ah, sí, se puede pedir algo más. Que vayan, los que quieran ir, y que Daniel, donde esté, pare la oreja para seguir escuchándonos hablar de él. 



Un sudaca en la Corte de Daniel Moyano 

 presentan Elena Anníbali / Adrián Savino / Augusto Porporato 

 miércoles 21 de noviembre - 20 horas Casona Municipal Rioja esq. Gral. Paz 


Daniel Moyano no sólo navega sobre sus historias, sobre la escritura, navega también en él, entra y sale con una naturalidad que oculta el prodigio de sus recursos narrativos. Un sudaca en la Corte es un breve conjunto de relatos en los que el autor de Tres golpes de timbal abre, como al pasar, la rosa de los vientos de su escritura. Allí está su infancia desolada, su exilio en España, la batalla de su imaginería contra las dictaduras militares, los paisajes de cuero de La Rioja, toda una acuarela móvil con la que juega Moyano como un niño moviendo y transformando el mundo. 
Su prosa está sostenida por relámpagos poéticos, esos dones que muchos narradores consideran inalcanzables y que en este autor es el ánima misma de su lenguaje. Daniel cuenta como contaba oralmente: con economía precisa y el vuelo inalcanzable. El conjunto de su obra es de la más alta narrativa del siglo XX de nuestro país y de América Latina. Sin embargo, salvo en aisladas ocasiones, se le ha dado en la Argentina el reconocimiento que merece. Mérito mayor del esfuerzo de esta editorial. 
Quien lea Un sudaca en la Corte entrará en el juego de Daniel. Y jugará sonriendo muchas veces de su propia tristeza, jugará a desarmar un ejército con un oboe y cuando quiera darse cuenta ya estará hablando mano a mano con Don Quijote de la Mancha. 
Mientras, como el flautista de Hamelin, con un violín y el trino del diablo, este escritor atrae sus lectores hacia el océano aéreo de su imaginación. 

Leopoldo Castilla

12.11.12

Logotipo (Soberano de memoria)


Este jueves 15 de noviembre, en la Casona Municipal de la ciudad de Córdoba (Avenida Gral. Paz y La Rioja, pleno centro), a las 19.30, mi amigo Marcelo Barchi inaugura su última muestra en el año, con un material que conjuga todo lo que hizo antes. Habrá dibujo, pintura y escultura, con el toque del gran Barchi; para los que quieran acercarse, se los recomiendo por partes iguales, con la mente y con el corazón. Ojalá puedan ir. Habrá un vinito para compartir y dos jaulas colgadas: en una la Sueca Larsson, en bolas, nos contará la verdad sobre su video hot y el intento de extorsión de su ex novio. En la otra, Matías Almeyda y Julio César Falcioni, también en bolas, repartirán a los presentes piedras chatas y cantos rodados para que después del brindis todos podamos arrojárselas de nuevo a ellos, con un puntito más de violencia.
Ojalá puedan ir, quedan invitados. Salute.

30.9.12

La muerte en el cielo del domingo de Alto Alberdi

Bueno, terminé la tesis, así que ¡vuelve el pelotudeo! Por fin, cómo te extrañaba. Y vuelve, también, en este preciso instante (¿Qué hayé nene? ¿Vo' queré morí en ete inssstante?) el falso y parcial parte de vida del narrador que soy. Voy a expandir acá algunos elementos que fui documentando con la camarita, sobre todo desde que volvió la vida: el después de la tesis. 378 páginas, juéguenle a la quiniela que les va a ir bien. Yo me olvidé, mañana le pongo 10 pesitos a la cabeza. Hoy es domingo, aquí mismo está la muerte, y naturalmente el momento indica que si está la muerte, el lavarropas también está funcionando. La muerte no invade el aire sin el ronroneo de algún lavarropas. Es momento de empezar a aflojar la mano para retomar las cositas que quiero escribir, así que este ejercicio responde a eso. Uno de los elementos a expandir: había hecho una promesa, hace ya varios meses, para no afeitarme hasta no terminar el documento final; promesa que rompí hace también algunos meses por la incomodidad que me producía la barba espantosa que me nace en la cara flaca. La cosa es que de a poco, también, me fui acostumbrando a la incomodidad y, durante los últimos meses dije bueno: no me voy a afeitar hasta que termine. Que la comodidad vuelva recién con la liviandad. Así que terminé y me afeité. Pero nunca había tenido esos pelos tan largos, casi como los de la cabeza (lo que queda), así que dije bueno: vamos con el paso a paso. 

Así terminé el documento:

Así me quise hacer el wacho ruso:

 Así volví:

La cosa es que bueno, ay qué asco, qué asco, lo que intenté medir en este proceso era el volumen de la barba desde afuera; así como uno se enfrenta a un Big Mac, a las papas fritas y al helado preguntándose dónde queda todo esto una vez masticado, intenté comprobar el espacio que ocupaba la barba una vez arrancada de mi tez, ¿se entiende? De mi tez. El resultado es éste:


Nada despreciable, para una persona que tiene una barba de mierda. En definitiva, bueno, hay que aflojar la mano y en estos precisos momentos el cielo de Alto Alberdi, como muchos domingos a esta hora, está tomado por la muerte. Dicen que puede caer piedra, así que arrimé las plantas a la puerta ventana y me dediqué a tirar unos gatillos al cielo, para verle la cara a la muerte un domingo más en Alto Alberdi, lo que se constituye como un verdadero privilegio. Este tipo de frases, como la última que escribí, que cierra en buena manera el post, es lo que hay que empezar a erradicar del cuerpo para aflojar la mano. A escribir, asociación libre, improvisación, lo que carajo venga, para sacar la dureza, sacar la costra, y terminar las novelas. Así está la muerte aquí. A garuar. 








23.9.12

Presentación de la edición crítico-genética de Tres Golpes de Timbal, de Daniel Moyano

Este miércoles 26 presentamos, finalmente, el corolario de semejante trabajo. Son tiempos de cosecha y festejo. La presentación del libro se une a la segunda performance que se preparó a partir de algunos pasajes de la novela, no tiene desperdicio. A todo cordobés que le llegue esta gacetilla y sufre el amor por la lectura y las formas de la escritura, le sugiero acercarse. Es momento del disfrute.
(También, por supuesto, estará el libro a la venta, con el Archivo virtual de los documentos de Daniel Moyano. Para leer bien clickear sobre la imagen)


20.9.12


sólo nubes en procura de una brisa
sólo nubes en procura de una brisa
llevándolas, solo llevándolas
y acaso las sombras huirán

18.9.12

12.9.12

Neuquén, 108 años


Feliz cumpleaños a mi ciudad, reina del viento y la desidia (aunque no tanto como Zapala), de los pensamientos sin sentido y de una tristeza esencial, rasposa, juguetona. Feliz cumple a mi ciudad donde tanto cuesta ser optimista y olvidarse del tiempo vano y de la muerte. Feliz cumple a esas bardas donde crecimos respirando por lo bajo, mirando una línea horizontal desdibujada, imaginando el verde. ¡Feliz cumple para todos allá! Para esa hibridez maravillosa que siempre fue una salvedad en el discurso del “verdadero mérito de origen” y hoy, después de vivir diez años en una ciudad de supuestas tradiciones y pasados deslumbrantes, anhelo como nada: ojalá todas las ciudades y las poblaciones fueran así, jóvenes y mezcladas, sin apellidos ilustres, sin decadencia oligárquica, sin tanto verso católico, viviendo apenas el presente, con una resistencia casi inconsciente, resignada y potente, con ricos cocainómanos amantes del reggaetón hasta que aparezca algo más nuevo. Ciudades y poblaciones asumiendo la impureza y el resentimiento. Ciudades libres.
Feliz cumple al lugar donde crecí, donde quizás envejezca, a esos atardeceres en los que dan ganas de ser un insecto sin más consigna que sobrevivir. Felices 108 años a mi ciudad, más joven que el club del que soy hincha. 

11.9.12

Cómo se hace una novela



"A más de cinco mil metros de altura, las mulas andinas trepan dejando señales rojas en la nieve, hechas con las gotas de sangre que se les escapan por la nariz. Mulitas tan livianas y ligeras que parecen nubes; pero dentro de esa aparente
liviandad, el corazón les late tan fuerte que los jinetes pueden oír su golpeteo. También las palabras, en el refugio cordillerano donde escribo esta historia, sue­nan como latidos; y llegan a mí de la misma manera que el ruido del corazón de las mulas al preocupado oído del mulero.
"Más arriba de este refugio, llamado Mirador de los Vientos, el cielo es permanentemente azul. Las nubes están siempre allá abajo. Las he visto tiritar de frío y deshacerse en lluvias que no me alcanzan. Son algo así como la intensidad que aquí tiene la altura, la que desnuda las palabras y hace sangrar a las mulas. Debajo de ellas viven las aves de vuelo corto, que sólo conocen su reverso. En cam­bio para el cóndor, que las domina, y cuyo vuelo permite la expansión de la cordillera, casi no existen; son como el polvo de su camino.
"El Mirador, integrado a la montaña, es circular, de techo abovedado, con un ventanal que da al abismo. Hay un hogar para el fuego, que alimento con raíces, especies de árboles disminuidos que para no helarse crecen bajo tierra. Cuando están vivas, asoman afuera apenas una pequeña forma que las conecta con la luz. El calor llega hasta el establo contiguo donde duerme la mula que me lleva y me trae. Mi mesa de trabajo está junto al ventanal. Sobre ella hay un candelabro, un tintero, un diccionario, la Gra­mática de don Antonio de Nebrija. En un arcón hay ali­mentos, tinta y hojas que amarillean por sus bordes. En la pared, una guitarra y las sombras de los objetos, inclu­yendo la mía, permanentemente proyectadas por las llamas del hogar."

Así comienza Tres Golpes de Timbal, de Daniel Moyano. La novela fue editada en España y Argentina, en 1989 y 1990 respectivamente. Como tantos otros textos de Moyano, hoy podemos volver a poner el ojo en sus recovecos. Este mes se lanzará la edición crítico-genética del texto, editada por el CEA y el CRLA-Archivos (Poitiers, Francia). Hemos trabajado ardua y felizmente en esto. Y por sobre todas las cosas, nuestra felicidad y trabajo se verá en la MUESTRA e INTERVENCIÓN DEL 12 DE SEPTIEMBRE EN EL CABILDO, basada en el texto. Les recuerdo: 

"Cómo se hace una novela. Instalación sobre Tres golpes de timbal de Daniel Moyano" 

Inauguración: miércoles 12 de septiembre, 20 hs en el patio menor del Cabildo de la ciudad, como Parte de la programación oficial de la Feria del Libro Córdoba 2012.
La muestra permanecerá hasta el 2 de octubre.
Organizan: Centro de Estudios Avanzados (UNC), Biblioteca Popular Vélez Sarsfield y Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Córdoba.






27.8.12

Un día como hoy

Un día como hoy, hace 21 años, salía el disco que cambió la vida. Todavía recuerdo el rebote de la intro del primer tema, que continúa después del último: ya nada iba a ser igual. Salute.


23.7.12

Luis Alberto imparte clase a dos bigotes

Maravilloso. 1988, tiempos de Téster de violencia, y una entrevista que dos pedazos de pelotudos de bigotes le hacen a Luis Alberto. Jorge Dorio: qué pelotudo, por el amor de Charlotte Caniggia. Martín Caparrós: el mismo bigote, un tono aún más detestable, y la multiplicación enésima del pelotudismo. Capparós y Dorio, demostrando que antes del clima de época actual vivieron, y que lo hicieron en vano, como ahora mismo. Dos bigotes intentando que Spinetta se separe del "resto" a caballo de la teoría, y Spinetta arriándolos hacia la cotidianeidad. Caparrós intentando desbocarlo hacia la confesión de una egolatría que Spinetta le desnuda como proyección propia: "Las ideas son mías", le dice, entendiendo que Caparrós quiere hacerlo subir para después bajarlo y quedar él arriba. Dos bigotes queriendo que "hable"; no de Artaud o de Castaneda (artistas, seudoartistas, loquitos) sino de Foucault (recordemos, año 88): Spinetta diciéndoles "está la teoría pero la vida es otra cosa". Caparrós preguntándole "que es la liberación" de la que habla, y Spinetta respondiendo con un acorde. Pasen y escuchen la clase. Gracias Belu Alonso, amiga internauta que me mostraste esto. Por qué te fuiste tan pronto, Luis, con tanto gil dando entrevistas.   



16.7.12

Billi, Walter, Luis, Machi y Tito

Demasiada información hubo hasta recién. Voy con un nuevo parte, hasta que la situación se “normalice”. En algún momento de hace un rato soñé con una jornada organizada por gente de mi trabajo; me cruzaba con una compañera por la calle. Había una vereda con sol, y caminaba incómodo: entre mi hombro y el bretel de la mochila algo hacía bulto y exigía un reacomodo permanente. Soñé con una situación de bar, además, que fue especial se trataba de un lugar un tanto anacrónico, que reunía personalidades viejas y decadentes del mundo del boxeo. Una de ellas era un boxeador que no me arriesgo a definir como Bruno Godoy (un muerto neuquino): tenía cosas del rostro de Godoy, pero ahora dudo, parecía también otra persona. La reunión, de cualquier modo, hacía de la entidad un ex boxeador payaso y ordinario, que andaba por el bar saludando y molestando a la gente. Escribo esto con los dedos lentos y la mente todavía perturbada por la potencia del soñar: ojalá se note en la sintaxis. Ojalá esto sea bien imperfecto, quizás confuso y mezclado, como lo es todo del otro lado. El boxeador payaso y ordinario, y viejo, andaba por las mesas gritando idioteces, anunciando cosas. Y en un momento lo vi por allá, cerca de una barra, y por lo que deduzco anunció algún tipo de pelea, porque le contesté a los gritos algo que todo el bar escuchó: “Y también esa noche pelea Billi Godoy, promesa del boxeo neuquino”, dije, y coroné la adenda con una combinación al aire de jab, directo de derecha y juego de cintura. Este aporte, ahora me doy cuenta, fue previo a la caminata de regreso hacia las jornadas del trabajo, donde crucé una avenida en rojo y luego me encontré con mi compañera y luego no terminé nunca de acomodarme el bretel de la mochila. Pero fueron los movimientos y después, cuando la gente del bar volvió a cada charla, miré hacia un costado (donde evidentemente escuché el primer estímulo) y había una especie de barra chica, con una mujer de un lado y un caballero del otro: no un hombre, o un joven: un caballero. Volví a esa otra barra que seguro era mía desde antes, y me senté junto al caballero. Tenía traje: pantalón de vestir, saco y por dentro un chaleco de la misma tela, y por dentro una camisa de color hueso y una corbata rosada (ahora, por fin, me doy cuenta que mis sueños racionan bastante los colores: se ve que no derrocho una paleta así porque sí. Los colores aparecen cuando pienso en sueño). La corbata era lo más anacrónico de todo. Y el caballero era el gran relator de boxeo y fútbol Walter Nelson. Estaba intacto, y la mujer lo advertía. No puedo afirmar si ella estaba con Walter, conmigo o con ninguno. Me la juego por ésta última. La cosa es que Walter nos relajaba a todos, con su pose y su alma ya vivida: no estaba sentado como un caballero, sino como un hombre. Su asiento no tenía respaldo (capaz una banqueta) y él lo fabricaba con la curva de su espalda, y con sus dos manos entrelazadas hacía equilibrio en la totalidad de la pose sosteniéndose una rodilla (levantada). Así se perciben las poses en los sueños: escritas así: rompiendo un balance. Hablamos; seguro le dije algo lindo, porque disfruto de los relatos de Walter Nelson. Le pregunté, porque habíamos hablado del retiro de algunos boxeadores (ahora recuerdo: Walter protagonizó la transmisión de la última pelea de Billi Godoy), hasta cuándo iba a seguir en el mundo del relato. Walter se tocó el nudo de la corbata, alzó las cejas y dijo “hasta que me aguante el cuerpo, no pienso dejar antes”. “Qué buena noticia, Walter, porque la verdad que los relatores nuevos son una cagada tras otra”, le dije. Él asintió con la cabeza. “El bambino Pons, por ejemplo”, le dije, y negó con la cabeza, y cambió la pose, “viene en caída libre ese hijo de puta”, y Walter dijo “pero totalmente, ni me hables”, reproduciendo ese tono de queja que hizo famoso junto a Alejandro Fabbri, cuando los dos se quejaban por alguna patada artera en algún partido olvidable del fútbol argentino. Fui muy feliz hablando con Walter Nelson, siempre lo admiré. Un verdadero caballero. Pero aviso al lector, y me recuerdo a mí, que en esta confusión en prosa el objeto no era asentar lo anterior (hubo por lo menos otras dos partes en el sueño que no recuerdo del todo, aunque me quedan algunos indicios: una chica me engañaba con otro tipo y creo que yo salía a perseguirlos por una ciudad, y creo que terminábamos tomando una merienda en un bar sumamente sutil, francés, con unas tostadas de la reputa madre y una tarde resbalándose sobre las mesitas. Era París, ahora lo veo), sino lo primero que soñé, y por lo que me desperté llorando en mute. Antes de todo, supongo que alrededor de las seis y media de la mañana, porque apenas se filtraba un tono violáceo por cada vagón de cada lonja de la persiana plástica de la habitación, soñé que caminaba por un shopping extraño (había buena energía) y encontraba un local perdido donde sólo vendían discos de vinilo. Eso no me hizo llorar: fue la compañía. Hacía mucho tiempo que no me dolía el pecho en medio de un sueño, y ahora pienso (incorporo el presente a este revoltijo, y ni sueñen con algún punto aparte porque no va a suceder) que algo serio habrá pasado entre mi experiencia y su música, porque ni en los sueños ni en la vigilia he podido hasta ahora desprenderme del dolor de su ausencia. No he podido, todavía, dejar de extrañarlo. Entrábamos al local de discos de vinilos, sorprendidos, Machi Rufino, Luis Alberto Spinetta y yo. Machi tenía un pantalón normal, no Oxford, y una camisa lisa. Luis estaba con una camisa totalmente floreada, y no aleopardada como en otros sueños que tuve: así queda a las claras que aquel sueño en el que jugábamos al golf y él vestía todo de leopardo (todavía estaba vivo) fue elaborado a partir de alguna imagen de Los socios del desierto, mientras que éste que estoy malcontando ahora fue elaborado a partir de un video de youtube que se titula “1992 - Parece que fue ayer - Luis Alberto Spinetta”, donde Enrique Llamas de Madariaga y Pinky lo homenajeaban con golpes bajos y altos, todo incluido. Ese videíto, que vi la semana pasada, es hermoso. Luis Alberto exponiendo su lucidez arrolladora y los conductores encadenando una sorpresa tras otra. Videos de personas que lo querían mucho: su padre, Aznar, etcétera. Y presencias en el estudio: Rodolfo García y (sí) Machi Rufino, con una camisa lisa. Luis tenía en ese programa la misma camisa que vestía cuando entramos al local de vinilos. Creo, también, que lo que me hizo llorar es que yo no podía hablar con él; sólo Machi lo hacía. Y haber entrado a ese lugar fue como acceder a un sitio sin tiempo, algo que él necesitaba como nadie. Había otras personas en el local, pero no advertían nada. Y tampoco era demasiado cálido ni estaba abarrotado de cartón y nylon: había mucha luz, las estanterías parecían de un local de ropa, de hecho al principio no había discos. Pero Luis lo convirtió en un lugar sin tiempo. Machi nunca se despegaba de Luis, que había decidido observar la vida dentro del local apoyado contra el marco interior de la puerta de entrada. Yo tuve el impulso de acercarme al hombre de la caja para preguntarle si tenían algún disco de Spinetta. “Buscá en la caja con la Ese”, me dijo. Resultó, entonces, que había cajas individualizadas por cada letra del abecedario, a veces escondidas, a veces revisadas por otros, del tamaño de los discos de vinilo, de cartón corrugado. Busqué la caja con la Ese y cada tanto (diez o veinte segundos) miraba el marco de la puerta donde Luis estaba apoyado, junto a Machi. Abrí la caja y pasé disco por disco. Algunos con el nylon puesto, otros con los bordes cansados. Eso lo hice agachado, mientras otros compradores me pateaban a veces esa praderita de la espalda donde dicen que están los riñones. Saqué tres o cuatro discos y dejé la caja así nomás, tirada. No sé qué títulos saqué, no los pude ver, ahora no los recuerdo, da igual. Pero se los llevé, se los di a Machi para que él se los diera a Luis, aunque los tres estábamos parados sobre las mismas baldosas, ocupando apenas una pequeñísima porción del local. Machi miró las tapas y se las fue pasando a Luis, como quien pasa fotos de otro. Luis las recibía y por cada tapa le hacía un comentario, o le decía algo. Ahora me doy cuenta que verle cada sonrisa a Spinetta, nacida cada una de cada disco que tomaba, es lo que me hizo llorar. En ese momento, incluso más allá del sueño, no había tiempo ni especulación posible, porque el local en el que estábamos, y el pequeño sector dentro del local, era (es) lo más parecido a un mundo paralelo, inmaterial, restringido, de paz y ausencia de euforia, de percepción tranquila y lucidez sin espamentos, de plenitud. En algún punto me da bronca que mi mente, incluso en medio de un sueño, reconozca el umbral entre las presencias y las ausencias, porque sino no hubiese sentido el dolor que me invadió en el desenlace y que todavía me dura un poco. No me hubieran dado ganas de llorar si mi mente no hubiese tenido alguna referencia real, propia de la vigilia. Cada disco que Machi le pasaba, generaba una nueva sonrisa en Luis y me hacía dar más ganas de llorar; hasta el último, en el que Luis le dijo algo a Machi, un comentario medio en chiste medio de alegría, y después me miró, como para compartirlo conmigo. Ahí entendí que él sabía de la presencia de todos, y así me hizo saber que ahí éramos tres. Se quedó mirándome, buscando algún aporte que no pude hacer porque se me hizo nudo. No pude hablarle. La sonrisa que recuerdo ahora (seguía apoyado contra el marco de la puerta) sé que está en mi memoria porque la vi en el videíto de youtube, pero la diferencia es que el sueño me pertenece, y me empodera, aunque ya sea sólo memoria. En el programa, Luis sonreía para los compañeros, los presentadores y para Ulises Butrón y la guardia de fuego, que tocó un tema para despedirlo (“Algo flota en la laguna”, miren ese video). En el sueño sonrió todo el tiempo para Machi y al final para mí. En definitiva, esto es una pelotudez, no le interesa a nadie, pero a mí sí porque si tengo que ser sincero, todavía me duele que no esté, no se me pasa. Si alguien llegó hasta acá leyendo, ante todo mil disculpas, pero bueno, cada cual en la suya y con los nudos que pueda. Estaba bien Luis, en el sueño. Verlo bien y sentir esa complicidad me dolió. No es tan extraño, porque aunque pocos lo dicen, estar bien también hace doler, por eso debemos acabar con el discurso perverso de la felicidad. Estar mal hace doler, y estar bien y percibir el modo más calmo de ver bien a la gente también hace doler. Todo hace doler y ese dolor se almacena, y va soltándose de a poco, racionado, según avanza la vida. Lo que está claro es que la muerte no duele. Eso está claro. Aquí reside la necesidad tan profunda de mantenerse vivo, para poder sentir las múltiples formas del dolor (¿sino quién?). 


Punto aparte. Debo decir que antes de la noche que pasó, creo que el jueves o el viernes, recibí un correo electrónico que también me partió al medio. No me hizo sentir dolor pero me emocionó, lo que en realidad quiere decir que sí me hizo sentir dolor. Tito, mi gran amigo de la infancia (nos conocimos a los 12 o 13 años, en las “jornadas de integración” previas al comienzo del secundario; un profesor, una tarde, responsable de un robo llamado materia que se denominaba “Tecnología del mundo contemporáneo”, TMC para nosotros, nos pidió que reprodujéramos un “lavarropas humano”, “fabricado con nuestros propios cuerpos y movimientos”; Tito, sin hablarle, lo mandó a cagar con la mirada. Ahí supe que íbamos a ser amigos, pese a que era fanático de River), me escribió un correo para decir que el post Zielinski dijo tal y tal y la posterior respuesta de mi papá le habían gustado. Podría contárselos pero mejor lo pego acá. 

Me gustó Zielinski dijo tal y tal, desde el principio me lo imaginaba en la cancha del santa, me gustó un mail de tu viejo. 
No sé si se pueden hacer pedidos pero los hago igual, 
me gustaría que el Titi de ese sueño le patee un penal al arquero que soñaba que era tu viejo. 
No espero poder leerlo pronto… pero lo espero. 


PD: No te preocupes por las zapas, que el BETO ALONSO jugó un partido con unas flecha de lona y dicen que la descoció. 


Abrazo 


Tito

Y la verdad que a mí nunca me gustó mucho escribir por encargo pero con esto no puedo esquivarle al bulto. Recibir un mail del Tito, con esa lucidez arrolladora que siempre tuvo, y generando semejante idea, sólo puede terminar con ese texto en el que una persona que fui en un sueño le patee un penal a un arquero que mi viejo fue en sueños. Desde que recibí ese mail no dejo de pensar en cómo escribir eso, en cómo no fallarle. Así que: Tito, lo voy a hacer. Cuando esta situación se “normalice” lo voy a escribir con toda la carne y las palabras justas, como te gusta. Abrazo grande. Y así me despido también de esta vidriera ególatra. Si las cosas tienden a asociarse, ojalá pueda volver a soñar con Spinetta pero incluyéndolo a Walter Nelson y a Tito: casi una reunión cumbre. Mientras yo hablo con Walter de box, ellos pueden hablar de su River. Mientras hablo con Luis de música, Walter y Tito pueden hablar de fútbol; Tito explicándole por qué ya no mira partidos, porque odia el negocio obsceno de la actualidad, y Walter asintiendo, arreglándose el nudo de la corbata, desmereciendo el porvenir. Y entonces Luis increpándolos, diciendo que adelante está la posta, que nunca lo pasado puede superar a lo que viene. Y así. Hasta que tenga que ser.

28.6.12

Un correo de mi padre sobre el post anterior


Diego: Leí tu relato acerca del sueño (pesadilla). Me movió a comentar algo a través del blog. Lo pensé, traté de resumirlo, extractarlo, concentrarlo, pero me resultó imposible.
El relato me conmovió y me hizo recordar algunos sueños que siempre tuve, pero donde yo no estaba en el punto del penal, sin piernas, sino parado en la línea del arco, con las piernas endurecidas y sin poder mover las manos!, sometido, disminuido, con todas las de perder, a que me patearan un penal. Escuchaba, a lo lejos, como en la realidad al estar dentro de una cancha de fútbol con mucho público, el lejano murmullo de los hinchas. Nunca atajé esos penales de mis sueños, pero tampoco me los llegaron a patear. Siempre me desperté antes del grito de gol o de la exclamación de alegría de los hinchas propios por haberlo atajado.
Fuera del sueño, y con respecto a tu comentario acerca de los personajes reales, te agrego algunos detalles respecto del “bicho” Flotta.  Es verdad que hemos compartido algunos años en las inferiores de Racing (bastaría con consultar los archivos de la AFA). Pero, nobleza obliga, al bicho no se lo puede desligar, o desagregar, o desvincular, de su hermano “el fino”. Ambos fueron integrantes de aquella 5ta. División del Racing (glorioso) de esos años. Son mellizos, no gemelos. Por eso uno es bastante más alto que el otro.  El bicho, un típico “ocho” antiguo. Estratégico, bien ubicado y eficiente. Si te gusta, tipo Pizzutti. El fino, “wing izquierdo puro”, haciendo honor a su apodo, sutil, hábil, escurridizo. Una mariposa. Si te gusta, tipo Belén. Ambos, grandes seres humanos.
Finalmente, el que te saludaba, tratando de reubicar la tapa del baúl del glorioso y amado Senda, no era yo. Estoy casi seguro que era el que me lo compró. 

22.6.12

Zielinski dijo tal y tal

Voy con más alimento balanceado para la gilada corte red social, bitácora, ilusión de sentido. Otro sueño. Hace cuestión de momento, nomás, soñé que jugaba en Belgrano. No era un partido oficial sino un entrenamiento, y no reconocí a muchos jugadores de la primera: podrán preguntarse, ¿pero era Belgrano, realmente? Y sí, era porque uno de los protagonistas del momento era Ricardo Zielinski. Mi mente emite algún tipo de conexión con Zielinski: algo de su ser me atrae, quizás su zezeo al hablar, porque parece que le sucede algo en la boca; quizás su tranquilidad al presentarse en público, una presencia ultra porteña de la familia del fulbo, con chaqueta de cuero, cuello de la camisa abierto y cadenitas; quizás es su coyuntura capilar, bastante pelado pero gringo y por tanto medianamente pelado. O quizás sea su ayudante de campo, Rubén el Bicho Flotta, que forma parte de "la historia oficial" de mi relación eterna con el fútbol porque mi padre jugó con él varios años en las inferiores de Racing, y lo he sentido nombrar muchas veces. Pero se nota que algo de la figura de Zielinski llama mi atención. Estaba, entonces, Zielinski en el sueño dirigiendo el entrenamiento, y por tanto me dirigía. Yo jugué de ocho. Mis pensamientos y certezas dentro del sueño giraron en torno a: a) la vivencia explícita de que estaba jugando en Belgrano a los 30 años, en este momento particular del tiempo de vigilia; es decir, en el momento en que me paso los días anclado frente a esta computadora. Sentí un extrañamiento exagerado respecto al campo de juego, como si nunca en mi vida hubiese ocupado una posición en una cancha de once. b) La certeza preocupante de estar jugando con unas zapatillitas tipo Converse, sin medias, y el miedo atroz a que Zielinski lo notara, porque, no sé porqué, me había olvidado de ejecutar la producción inferior del cuerpo: medias, vendas, botines. c) La certeza triste de haberme equivocado en muchos pases, casi lo único que me gusta hacer bien al jugar al fútbol: dar buenos pases, eso y pegarle bien al fulbo, hacer algún lindo gol siempre y cuando la pelota no ingrese por el medio del arco. d) Por último, el miedo hecho carne y lo de siempre, la frustración de vivir en pleno match la falta de piernas. No tenía piernas en el sueño. O sea, siendo un sueño, voy a la literalidad: tenía piernas, pero absolutamente cansadas, no las podía levantar del césped casi, aun en zapatillas livianas. Pero necesitaba que Zielinski entendiera mi deseo de despliegue, mis ganas de formar parte del plantel, cierta facilidad que en algún momento de mi vida tuve para pasar al ataque. Pero hacía un pase bien de tres. Y sobre un costado de la cancha estaba mi papá (su presencia puede comprenderse a partir de las conexiones con Flotta y Zielinski, o no) tratando de ponerle el baúl al Volkswagen Senda azul Bilbao que supo tener durante tantos años, y del que ya he emitido opinión. Como bien sabrá el lector, el baúl de un Senda es el clásico baúl de un sedán, horizontal con una leve caída, no es pequeño ni grande pero se trata de una pieza respetable. Bueno, mi papá había descubierto una forma de colocarlo al revés, es decir, primero desde el canto donde se encuentra la cerradura, donde traba, y después desde las bisagras. Esta última palabra, "bisagra", en ese momento no apareció, y lo bien que hizo: es verdaderamente imposible colocar ese baúl de ese modo. Lo cierto es que al momento de ejecutar un lateral sobre mi zona de acción (la franja derecha de la cancha) encontré a mi papá maniobrando con el baúl, distrayéndome para mostrarme eso. Le pregunté: ¿viene Damián al club después? No. ¿Vos vas y volvés? No. ¿Por qué? Los botines, le decía yo. Y seguía el juego. 
Hubo un penal. Creo que esto sucedió entre las 8:30 y las 8:50 de esta mañana, es decir, después del despertador. Ahora ya pasó un poco el tiempo de vigilia y brotan las dudas: creo que tuve que ver con la jugada, creo que lo provoqué, de hecho, y por esa razón me acerqué a mis compañeros para decirles que quería patearlo. El arco, ahora me doy cuenta, era muy muy similar al arco norte de la cancha del club santafesino de la ciudad de Neuquén: tenía el punto penal pelado y detrás canchas de tenis. Mis compañeros de equipo no me dejaban patear porque según ellos había shoteador asignado. Entonces, con lo poco de pierna que me quedaba, con lo último ya, deshice el terreno de juego y parte del club santafesino hasta la zona de parrillas y quinchos, donde Zielinski estaba jugando al truco con Flotta y otros. Me le arrimé por detrás al ruso, con sutileza, y le pregunté: ¿Quiénes patean penales, Ruso? ¿El Chiqui Pérez? ¿El que lo hizo nunca puede patearlo, ruso? ¿Hay lista, patea el Chiqui o quién? Zielinski nunca dejó de mirar las cartas. "Patean tal y tal", me dijo. ¿Y el que lo hizo? "Tal y tal", dijo. 
Volví corriendo al área, porque no quería perderme el penal a pesar de correr triste. Al pasar, sobre la izquierda esa vez, vi al Senda detenido y a mi papá jugando con el baúl, tranquilo, concentrado. Corrí sin dejar de mirar esa escena, torciendo la cabeza como un búho: finalmente estaba logrando colocarlo al revés, casi que pude sentir el click primero de la cerradura y luego un encastre final. Lo vi levantar la cabeza y una mano y saludarme en medio de un tránsito constante, como si mi trote cansado se hubiese convertido, finalmente, en un vagón de tren. 

8.6.12

Obsesionado por el arte roquero

Pablo Ramos, autor de grandes libros, entre los que elijo Cuando lo peor haya pasado y El origen de la tristeza, vive en La Paternal y está haciendo una película sin edición, sin efectos ni promoción, con su celular. La película versa sobre un bar del que es "habitué" (para recordar esa bella palabra que decíamos cuando chicos): Pito 4. No lo conozco, pero voy a tratar de ir cuando vaya para allá. Dejo acá una escena de la película, colgada como adelanto. Se titula "Obsesionado por el arte roquero",  tal como escribió Ramos en su blog: el protagonista es Pato y su musa el Carpo, héroe de Paternal.




2.6.12

Parte

Estoy con mucho trabajo. No vengo a pelotudear acá por eso mismo. Hay varias cosas que me gustaría escribir, quizás alguna después aparezca: todavía no conecté el calefactor a la pared, hace poco que tengo nueva casa. Esto puede llegar a convertirse en un problema, si llegara a acechar una nueva ola polar. Sí arreglé el calefón, eso es un verdadero alivio. He podido bañarme en paz, sin tener que salir cagando de la ducha porque se pone fría. Ha llegado, también, hace un tiempo, el timbre para la bicicleta que compré directamente a China, gracias al consejo de mi amigo Pitbull Andrada. Llegó intacto. Un dólar con noventa. Tiene detalles de terminación naturales, propios de los productos chinescos, pero anda. Tiene, debo decirlo, un sonido bastante opaco. Chino también, el sonido. Pero anda. Llegó en un sobre al trabajo. El sobre tenía estampillas y anotaciones en chino. La secretaria de la oficina, Celeste, me escribió un mail para que me acercara a su escritorio porque había llegado "un paquete sospechoso". Sí, un timbre, le dije. En ese momento se le iluminaron los ojos. Ella es una suerte de compradora bola de nieve: compra lo que los otros se compran, en una cadena que parece no terminar jamás. Por ejemplo: entré una mañana a la oficina y le dije que tenía una juguera nueva. Celeste tardó menos de quince días en encontrar una juguera idéntica, a menos de la mitad de lo que vale. La compró, me dijo que hizo un jugo y después ya no supo más que hacer. Entonces volví a entrar, tiempo después, para decirle que me había comprado una bicicleta plegable. Ahora espero novedades. El gran Marcelo Barchi estuvo surfeando en Brasil, y trajo una nueva técnica de copiado de fotografías. Es maravillosa. Hemos renovado el laboratorio de fotos, con esta nueva información. Cada vez sale mejor la cosa. Estamos sacando buenas fotos, y además estamos adquiriendo una muñeca interesante para copiarlas. Acá mismo estoy levantando la vista y mirando la última que hice, con al nueva técnica. Creo que podría integrar algún libro de fotos del mundo, no se cuál, uno tranca, medio pelo, pero podría estar ahí. Hay mucho por hacer. Marcelo volvió a pintar, e intuyo que para la segunda mitad del año se va a despachar con algo groso. También intuyo que para la segunda mitad del año podré terminar los escritos que tengo empezados. Por ahora, sólo trabajo y para despejar, fulbo y laboratorio. Estoy muy ansioso, casi no he registrado esta primera mitad del año, pero estoy bien igual. Estuve en Chile. Flasheé con Valparaíso. Qué ciudad preciosa, decadente, empinada. Una verdadera maravilla. Volveré, a estar y a sacar fotos. Saqué un par que se defienden. Perdí otras, por no estar atento arriba del auto: por ejemplo: una ventana de una casa. La ventana bastante ajada. Detrás, formando parte de una mitad de reflejo de otra cosa, un hombre en cueros, con una toalla chica colgando de un hombro, se afeita usando esos reflejos de la ventana como espejo. Delante, en el fragmento de tierra entre la vereda y la casa, un pequeño mástil: sí, un mástil pequeño, con una bandera chilena izada. Todo eso hubiese formado parte del encuadre. Y cuando lo vi, el gesto era la fotografía: esa es una de las maravillas de sacar fotos, cuando uno, ya medio acostumbrado a mirar, encuentra la fotografía naciendo en el gesto, y recién después naciendo en el encuadre. Esas, por el niño Messi, esas son las fotos que quedan para siempre, las atemporales, las que darán que hablar. El gesto del hombre era así: la cabeza un poco inclinada hacia atrás, pero no por el hecho de inclinarse él, sino por el hecho de haber estirado el cuello. ¿Se entiende? Las comisuras caídas, para estirar los cachetes. Y una mano ayudando a estirar todo, haciendo presión desde la pera, y la otra con la Track haciendo lo suyo. Perdí esa foto. Algo, sin embargo, me tranquiliza: la memoria. Ahora escribo esa foto y la estoy mirando. Pero la memoria durará menos que la estampa, si hubiera logrado gatillar. Algo, sin embargo, me tranquiliza: cuando pasa eso, quiere decir que la pulsión se ensancha. Hay tantas otras fotos ahí, esperando en el aire. Tantas como minutos restan.
Pronto intentaré escanear las fotos en blanco y negro para mostrarlas en el Flickr. Una de las que sí saqué, tiene un valor especial, que desarrollaré luego, cuando afloje un poco el laburo. En una de esas fotos estoy posando al lado de Pedro Lemebel. Ésa la sacó mi viejo. Estuvimos con Lemebel, en su casa, charlando un rato. Una semana antes de que lo operaran de su cáncer de laringe. Pero esto es importante, prefiero contarlo después. 
Finalmente, una idea: se me apareció una idea. Tiene que ver con el laboratorio de fotos, también. Y es para practicarla y luego para escribirla. No pienso contarlo acá, porque de contarlo estaría abandonando esta conducta infantil y narcisista que implica decir "tengo una idea" y no decir más que eso. Esto es un parte, un monólogo gil, un nuevo post para este diario éxtimo que llevo a cabo desde hace tanto tiempo. Diario éxtimo. Qué bella palabra, googléenla. Googléenla. Cuando estén en medio de esa búsqueda, podrán escribir algo mejor en el Facebook, o en el Twitter: googleándola. Googleándola. Facebook y Twitter, reinos de los gerundios. Si la gilada supiera todo todo todo lo que ha aprendido escribiendo, en sus "estados", en: "lo que está pensando", tantos  gerundios. Es tan perfecto, hostil y escurridizo el gerundio que se te mete como una sanguijuela en la mucosa: fíjense recién: "escribiendo", escribí, en medio de la burla. Facebook y Twitter: fábricas de gerundios. Estado de Rodrigo: "estudiando". Tuit de Gabi: "comiendo con las chicas". Estado de Nancy: "sacando los restos de comida del resumidero". Tuit de Blas: "cosiendo los agujeros de las medias". Estado de Tavo: "atando la bolsa de basura ya para sacarla". Tuit de Nilda: "raspando la asadera". Estado de Pitufina: "soplando la termocupla de mi Orbis". Tuit de Sanfilippo: "calentando la cera". 
Fin de espacio publicitario. 


14.5.12

Viva el mundo



Hoy llegó Matilde, por fin la reputa madre. Llegó Matilde. ¡Llegó Matilde! Matilde Boero Etcheverry, hija de mi hermano Chicho y de su mujer, Eugenia, llegó esta mañana al mundo, este mundo de Lanatas vestidos con sacos de pana. Lanata, gilazo, todos los demás: gilazos. Viva el mundo, giles. Ustedes fumen en cámara. Y Vicente crece: Vicente Fabra Cortona, hijo de mi queridísima Eugenia y de su compañero Guille, sigue creciendo like a champ, un verdadero campeón de la tranquilidad era cuando lo cargué, hace ya unos meses, así que ahora debe estar rompiendo los huevos como nadie. Miren ese rostro sino: demoníaco y feliz, peligroso y tierno, Vicente el grande, Vicente que salió gringo como la madre, observador como el padre. La única salvedad que tendrá, ya no lo es para mí. Vicente, si sigue el mandato, será hincha de Independiente. No me importa. Querré a Independiente con tal de quererlo a él. Siento alegría y emoción hoy, hay sol en Alto Alberdi, esta casa sigue vacía pero en calma, el lavarropas acaba de terminar su centrifugado y en este preciso momento retorna el silencio. ¡Pero qué silencio! ¡El mejor de todos! Hace un rato nomás llamó Chicho, Todo salió perfecto. Vio la salida de Matilde, una nueva niña en este mundo, y qué niña la puta madre: Matilde. Matilde la primera, Matilde the first one, entre nosotros, el Chicho, Nicolai y quien respira hondo aquí, la primera. Miren ese rostro, calentita como una tira de pan recién hecha. Miren a Matilde, la hija de Chicho y Eugenia. Por lo pronto, la nariz: de la madre. El quiebre debajo de la nariz: de la madre, intuyo: habrá que ver con el paso de los días. Las entradas: del padre. Habrá que ver: el paso de los días volverá a dejarlo solo en ésa, Matilde tendrá mucho pelo en la frente y sólo quedaré yo para acompañar al Chicho en el lento pero insaciable proceso de quedarse pelado. Miren a Matilde y a Vicente. Ya están creciendo. Los quiero mucho. Ya crecen, fíjense. Viva el mundo, hijos de puta. Hijos de puta: viva el mundo. 

Lanatesco


Hace un tiempito escribí un post que se llamó "Lanata, el pateta". Ayer hubo otro programa. Otro programa. Se abrió un telón y apareció una tribuna de periodistas con pancartas, pidiendo al  unísono por una consigna concreta: "queremos preguntar". (Precioso el equívoco, realmente, porque preguntar preguntan, todo el tiempo, a la mañana en la radio y en los diarios, a la tarde en la radio, a la noche en la tele. Preguntan, y ensayan, e inventan, y vuelven a preguntar. Lo que pasa es que no les responden.) 
El Pateta dijo que habían invitado a periodistas de todos los medios, que algunos adherían pero pedían no ser sindicados, para evitar represalias. Lo que no terminó de explicar bien fue la designación de los rostros que ocupaban LA PRIMERA FILA de esa tribuna de éticos. Las pancartas tampoco tuvieron desperdicio: "No al paraperonismo", decía una. "No al escrache de periodistas no oficialistas", decía otra en medio de (uy) un escrache. "Libertad de acceso a la información", decía otra. Hasta Magdalena Ruiz Guiñazú, obviamente en primera fila, tenía una pancarta en mano. El patetismo, como término, evidentemente, es elástico como un estómago, como un globo. Siempre entra un poco más.
El sketch terminó con la voz de El Pateta.
"Esto es periodismo, sólo queremos preguntar", dijo.
"Yo sólo hago pop", decía Micky Vainilla en Peter Capusotto y sus videos. 


5.5.12

22 de mayo, Las ostras


22 de mayo, 19:30 horas, en Cocina de culturas, Julio Argentino Roca 491 de la ciudad de Córdoba. Las ostras, nueva novela de mi amigo Martín Cristal. Presenta otro gran amigo, Pablo Dema. Creo que hay que ir, es un lindo lugar, linda gente, linda literatura, qué más se quiere. Servirán ostras a cada persona que compre el libro. Salud, carabineros del infierno

25.4.12

Los albañiles me gustan

llegan en bandada, un día,
al terreno baldío, al gran hueco,
con su música de cuarteto
en las radios
llegan gritando, llegan
puteando al trompa,
codiciándole la mujer que nunca vieron,
llegan para lastimarse,
para caerse de los andamios,
para romperse la médula jugando
a los angelitos,
llegan para ponerle el hombro
al asunto

y el asunto es acarrear tierra,
arena, agua, cemento,
el asunto,
lo que los cogotudos de la zona
dirían business, es
hacerlo 8, 10, 12 horas seguidas,
con el sol bravo de la siesta,
hacerlo, con el viento sur
del invierno,
hacerlo cansados, poner
ladrillo sobre ladrillo,
sin llorar histéricos por ninguna
cuestión metafísica, porque el tiempo
que les sobra del día
-y siempre son miguitas-
hay que usarlo
para comer,
para bañarse,
para hacerle el amor a la mujer y mirar
cómo crecen los hijos

me gustan, los albañiles,
me gustan
porque todavía tienen tiempo
de gritarnos obscenidades a las mujeres,
de sonreírnos en la vía pública,
de hacernos saber que nos ven,
que nos escuchan el taconeo,
que se fijaron
en el brillo del pelo

me gustan porque cuando se van,
donde había un vacío,
de pronto hay una casa,
una casa armoniosa y a prueba
de tormentas,
es justo recordar de quién fueron las manos,
es justo





(Hermoso poema de Elena Anníbali, a quien agradezco por cómo escribe y por mandármelo)

22.4.12

Lanata, el pateta

Como el amor, la muerte y la música, el patetismo ha demostrado ser un verdadero misterio. Como el burócrata o el esteta, el pateta (que podría llamar patético pero no, porque así sólo marcaría una adjetivación, su condición involuntaria, algo que no maneja, y el pateta, en el fondo, sí lo maneja) ejecuta una serie de actos y de palabras con una convicción cada vez más sólida a medida que aumenta su patetismo. Para decirlo llanamente: el pateta sabe lo que hay en el fondo de las cosas, intuye el descalabro que ejecuta ante el observador que no lo puede creer, y así y todo, o por eso mismo, cree más: da forma a lo realmente inexplicable, situaciones que parecen correr al lado de la razón. Es domingo, ahora, por la noche. En el Canal 13 de Buenos Aires, Jorge Lanata intenta con muy muy poco resultado ejecutar un número de Stand Up. Jorge Lanata, aquél de Día D, el cuestionador intelectualoide, el escritor lúcido anti-corrupción, formador de periodistas, habla en la pantalla de Canal 13 burlándose de Carlos Méndez porque afirmó que votará a favor de la nacionalización de YPF. A ver, para que no se escape: Lanata, en abril de 2012, se burla de Méndez en la pantalla de Canal 13, e intenta desenmascarar algo evidente. Hacía rato que no nos chocábamos con un pateta tan inconmensurable. Lanata, que frente a la dominación política del Kirchnerismo salió a renombrar críticamente estos años con la frase "Ojo que volvieron los noventa", el domingo pasado entrevistó a MARIO PERGOLINI en su programa de Canal 13. Le preguntó si era feliz, si iba a reconciliarse con su padre, si pensaba en la muerte, con la displicencia patética que siempre ejecutó. Y mientras tanto, ¡fumaba! ¡Lanata, en Canal 13, denunciando el regreso de los noventa, fumando en cámara sin tragar el humo, un pucho atrás del otro, entrevistando, como postre de su primer programa, en el primetime del domingo, a Mario Pergolini! Ahora, en este preciso momento, en su número de Stand Up, se burla y critica a Méndez porque va a votar por la nacionalización de YPF. Qué pateta, por el amor de la patria. ¿Es Méndez un pateta, en este mismo contexto? Por supuesto que no: Méndez es un hijo de recontra mil putas, viejo Montgomery Burns de mierda, impune hijo de puta, inteligente de la peor manera. Méndez no actúa con convicción de pateta: Méndez resbala, surfea y ofrece excusas patéticas con la certeza de la coyuntura, una certeza que sostiene con sus hombros endebles sólo esperando que caiga para transar con otras certezas. El pateta Lanata cree hacer uso de la coyuntura, mientras la gente que lo observa se muerde el labio inferior. Lanata fuma creyendo que sigue distinguiéndose por sucumbir ante el cigarrillo, como sus viejos maestros norteamericanos. Lanata cree, cada vez con mayor potencia, hacer preguntas de ostensible espesor y ofrecer argumentos originales y brillantes. Jorge Lanata, el hombre que ha abandonado todo, que ha dejado todo a mitad de camino, que ha escapado de todos sus proyectos como una rata ególatra que pierde el gusto por las golosinas, habla, en estos días, desde Canal 13, con la fuerza misteriosa del pateta. Habla en el fondo sabiendo tener una clave, ejercita uno de los grandes misterios del mundo. Habla con anteojos de carey, y fuma, sabiendo lo van a multar, mientras se regodea con su clave, y fuma, y vale la pena, mucho, mirar la escena que reproduce, sobre todo para quienes comprábamos sus libros y creíamos en sus virtudes con la palabra y la mente. Prueben. Es como mirar a un hombre deforme y no poder sacarle los ojos del cuerpo.   

20.4.12

Para Diego

Hace un tiempo, mi amigo Alejandro Boglione, de Monte Buey, tuvo que atravesar unos meses del orto por culpa de una enfermedad extraña, hija de puta, que sin previo aviso y sin demasiadas explicaciones paraliza todo el cuerpo y provoca un riesgo importante si no se la agarra a tiempo. Por suerte Alejandro pudo recomponerse, después de un tiempo y con muchísimo trabajo, pero lo logró al punto de que hoy se encuentra como si no hubiese pasado nada. Digo esto, en realidad me lo digo a mí mismo, porque acá en Córdoba nos enteramos que al gran Diego Formía, gran amigo y colega de Río Cuarto, le agarró lo mismo, y ahora está pasando por los momentos más complicados del proceso. Por suerte, también, está muy bien cuidado y controlado por amigos y médicos, así que sólo resta que pase un poco el tiempo para que Diego pueda recomponerse totalmente. Eso es lo que va a pasar. Escribo esto, en definitiva, para mandarle la mejor desde acá al gran Diego, decirle que ya va a pasar y también para compartir un poco de música con él, música que ayude a pasar un poco la mala. 

Así que acá, Diego, dejo unos rocanroles. El primero es éste, como para ir arrancando así, tranca:


Acá te dejo un poco de Luis Alberto:


Y al final el final:



Abrazo grande y aguante para allá, de todos los de acá.

18.4.12

Estar de pie


Confines

Alguien viaja todavía
en trenes difuntos en el campo.
Alguien alambra el agua.


El cielo atraviesa la laguna, tras otro cielo
y una sortija inmensa
de luz, vacío y lluvia desterrada
perfora el planeta.


Hay casas por ahí. Pobres hasta el hueso.


Más al fondo,
donde uno comienza a perder la tonada,
aúllan
el coirón en los eriales
y en los álamos de Neuquén
                      las horas quietas.


No hay quien vuelva de allí.


Un viejo refucilo
acorrala al hombre
descarga los ojos de los animales
y fulmina la frontera.


Después
-si es que hay después-
de la nada
         nace
            la nieve
y de un relámpago la cordillera.




Leopoldo Castilla (Salta, 1947), Coirón, Ediciones del Zorrito, Buenos Aires, 2011

10.4.12

Zeri

En resumen, treinta. Ahora en un rato se cumplen con cierta precisión, sin contar las fallas del calendario gregoriano. Por los números en sí, ahora en un rato, en un toque, cumplo treinta. Dicen que nací al mediodía, en el momento exacto en que Galtieri dijo, desde el balcón, "si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla". Yo nací y pagué, y perdí, pero, pero, la placenta no se mancha. En ese momento, entonces, hace treinta, nací. Hoy a la madrugada, cuando cambió el día, sentí por primera vez un dejo de nostalgia: ya no voy a tener nunca más veintipico. Ya sé, los más viejos dicen "bueno, vas a ver a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta", papá dice "abrís los ojos, los cerrás y tenés cincuenta", mamá dice que hay que disfrutar la juventud, todo bien, pero no creo en dios, no me cierra la idea de la reencarnación por una cuestión cuasi metodológica y entonces vale mi pensamiento, por qué no: ya no voy a tener nunca más veintipico. Y no es sólo eso. Es que los veintipico aún mantienen alguna cuerda o soga o piolín atada a un cierto ethos adolescente, livianón, impune. En resumen, ya no. Pero ojo: sonriamos porque viene la noche. Hermoso recuerdo: una tarde de hace un tiempo, estaba llegando el verano, pasé varias horas en la pileta del Holiday Inn, allá cerca del Orfeo, con mi hermano Nicolás y los músicos del Bahiano. Nos pasamos la tarde mirando las olitas de la pileta y tomando unos porrones, y hablando de éste guitarrista y de aquél otro, de tal o cual músico, de tal o cual mina, pelotudeces de todo tipo. Hasta que uno de los changos dijo: qué hermosa tarde que pasamos, hermosísima, y pensar que ya se acaba. Y otro de los músicos se le asomó desde atrás, con una sonrisa infantil, y le dijo: pero viene la noche. Claro: la noche es, para los músicos, lo que el Nesquik para los chicos. Pero viene la noche. A partir de ahora, supongo, salvo una planicie que durará parte de esta década, viene la noche, pero hay que sonreír: viene la noche. Hace un rato, hablando con mi amigo Gabriel Giannone, surgió el tema de cómo estábamos. De cómo uno se piensa a los treinta, cómo imagina llegar y cómo llega. Salvo los mechones que me faltan, creo que estoy bastante entero. Le dije al Gabi: soy como un VW Senda modelo 97, más o menos bien cuidado (este modelo no es una elección cualquiera, recuerden). Si lo arrancás te das cuenta que tiene unos años, pero desde afuera está enterito, con las llantas sin tanto rayar, los plásticos seudo-negros, las manijas intactas. Entonces empezamos a incorporarle cosas al Senda: una colita rutera, alguna huevadita colgada del espejo retrovisor, fundas para los asientos, grasadas varias. Pero que embellecen. La verdad que nunca me imaginé llegando tan niño de mente a los treinta años. Le vengo metiendo una resistencia importante, habilidosa, neurótica, con altos índices de alegría, miedo y trampa. De chico, cuando veía a un veintiañero, me parecía un adulto en la cresta de la ola, pero bien adulto. Cuando veía a un treintiañero directamente era un padre de familia, con la cabeza resuelta, con las dudas negociadas, con la paz enganchada del cinturón. Nunca me imaginé cómo carajo llegaría a los treinta. Sí debo mostrar mi gratitud para con el pelo: logré verme canas. Llegué a cierto número ínfimo pero notable de canas. A los dieciocho, cuando me di cuenta que se me empezaba a caer, después de haber pasado cuatro o cinco años con el pelo larguito y después de haber recibido elogios de todo tipo, e incluso consejos comerciales (a los quince me recomendaron dejarlo crecer y luego venderlo, por lo lacio y brilloso que me nacía), deseé fervientemente llegar a los treinta con algo de pelo. En resumen, acá, después de haber cortado la cinta de llegada, debo ser sincero y agradecerlo: llegué con un poco de pelo. Es más: llegué con una cantidad de pelo que otros envidiarían, así como envidiarían los treinta. Es verdad que le metí un toque de ayudita, nunca invasiva por supuesto: algún productito, alguna pastilla resultado del avance técnico en materia de medicina y belleza... algo hay. No lo voy a negar. Pero bueno, es el declive del mundo, queridos. Ahora joden con las células madre, parece que pueden imprimir un órgano, un riñón por ejemplo, con una impresora de células madre, para después trasplantar gente con sus propios órganos impresos en cautiverio, y resulta que no puedo tomar una pastillita del orto para que se frene un poco la alopecía androgenética. Éste no deja de ser otro detalle: jamás, en la reputa vida, me imaginé ser pelado. Pero esto no es de los treinta, es un proceso ya madurado de fracaso y aceptación. Mi viejo tiene más pelo que yo. Mi vieja tiene más pelo que yo. Mi hermano tiene mucho más pelo que yo. Está bien. Pero yo todavía tengo un poquito de pelo. Y no fui a ningún mercenario de ésos que operaron a Caruso Lombardi o a Luis Islas. Soy un Senda modelo 97, bordó, naftero, con alguna perilla rota y algún buje ruidoso, pero en marcha. 
Otra cosita. El miércoles pasado llegué a la cancha de River con un poco de fiebre, a ver a Foo Fighters. En el medio se largó una lluvia furibunda. Pensé que iba a ser una noche larga, con el Pez creímos que era un tanto garrón lo que estaba pasando: no tenía fuerzas para saltar, como siempre, y tomar temperatura entre la muchedumbre, y la lluvia no mermaba, y parecía algo negativo, un fuerte motivo de queja, pero llamativamente me sanó la música. Quiero resaltar esto porque lo intuyo, hacia delante, como una salvación posible, al margen de cualquier dios u obligación. El miércoles me sanó la música. Quedamos absolutamente empapados, probablemente con más fiebre que la inicial, pero cuando Dave Grohl se puso las pilas, todo cambió. Fui tomando fuerzas de a poco. Fuimos sonriendo cada vez más. Y terminamos el recital allá adelante, saltando lindo, casi pogueando. Los pieces hechos sopa, la ropa una lástima de agua: nos acostamos muy tarde y destemplados y el jueves, para sorpresa del universo, me levanté contento, sano, al tiempo, como dicen los norteños. Así que esto, en resumen, es la continuación de lo inimaginable. Pero si me tiene que salvar algo, que me salve la música. Que me cure. Que me crezca dentro. Un saludo a todos los que no me conocen. Un saludo a los que me conocen. A los que hace un tiempo que no hablo, estoy igual, sintiendo lo mismo, con las mismas dudas. A los que veo todos los días, esta semana hacemos algo. A los que siguen leyendo este blog, buenísimo, gracias, espero les guste toda esta mierda, es fruto de mi egolatría y también de mis ganas de no quedarme quieto, algo que, intuyo, tienen quienes entran acá a leer de vez en cuando, como quien se toma un aperitivo. Gracias por leer. Ojalá estés bien, vos. Que estés bien. Que estemos bien.