23.2.18

Domingo 5 de noviembre

Acá, sobre el mar, son las horas que no sabemos, porque en la pantallita de cada butaca sólo aparecen referencias de los lugares de origen y destino. Está la hora de Buenos Aires, y la hora del lugar que nos espera. En este preciso momento estamos justo sobre la ciudad de San Juan de Puerto Rico. Según la pantallita, ahora sí el mar se va a poner profundo.

Miramos los datos, las cifras, y el avión parece ir perdiendo velocidad porque cada dos o tres minutos desaparecen algunas millas, como si gotearan en el aire.

–Estamos perdiendo velocidad –le digo a Nico.

–¿Vos decís que va a faltar combustible vegetal? –pregunta él.

Es lindo: imaginamos que esta máquina funciona en realidad a carbón. Uh, garronazo, dice el comandante en la cabina, e inmediatamente se toma la cabeza con una mano que tiene apoyada (un codo, en realidad, más una mano) en uno de los apoyabrazos de su butaca de piloto: nos quedamos cortos de carbón, le dice a su ayudante. Nos quedamos sin fuego. E inmediatamente, también, lo traduce al inglés, como cada cosa que debe informar a la cabina. Se estremecen los parlantitos, en cada fila: nos faltaron como 10 bolsas de cuatro kilos, dice el comandante. Cómo mierda hacemos ahora, se confiesa.

–El viernes compré una bolsa de carbón en el Disco –le digo a Nico–. De haber sabido la traía y avanzábamos un toque más. Me salió 60 pe, sigue subiendo el precio, pero es una lástima porque ahora necesitaríamos sólo 600 pe para llegar a Manhattan.

–No es tanto –dice Nico–: acá somos como 300 personas; con 20 pe por pera llegábamos.

–Sigo creyendo fervientemente que los aviones deberían tener volante como los autos –le digo a Nico–. Con los comandos para atender llamadas y para regular el volumen. Con dirección asistida. Si este avión tuviera volante ahora mismo, y carbón, con un saque hacia la derecha nos podríamos ir a Madrid.

Apunto todo esto en un cuaderno cuyo modelo se llama Tundra; hay otros modelos en la serie que los comercializa, con otros biomas, pero me tocó escribir en éste. En su primera hoja ofrece algunas pistas a sus futuros invasores, en este caso quien narra: tundra quiere decir, según se explica acá mismo, en el comienzo, “tierra alta”, o “llanura sin árboles”.

Escribo esto desde la llanura más alta, la verdadera llanura sin tierra. Acá donde paradójicamente necesitaríamos, desde la fantasía que impone la mente, unas bolsas de árboles quemados y en trozos para poder avanzar más.


Después de hablar de estos temas rutilantes nos quedamos en silencio como una hora. Después de esa hora Nico me dijo que había intentado volver a jugar al fútbol, pero que tiene una molestia en la rodilla.

–Es una mierda esto de ser biodegradable –dijo.

Y todavía seguimos perdiendo velocidad.



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