18.10.06

La casa está en orden

Cómo decirlo. Mientras los restos de los restos del General Perón vibraban gracias a los gritos de los restos de los restos de Antonio Cafiero y otros dirigentes, el himno nacional sonaba de fondo. Y el chofer del hijo de Hugo Moyano, un tal Madonna, disparaba plomo con total impunidad contra las mismas personas con las que, dentro de unos meses, en el marco de un próximo acuerdo que nadie conocerá, compartirá un asado, probablemente en esa misma quinta de San Vicente.

Ayer los analistas políticos, en los medios, recurrían a la conocida frase de Borges para explicar lo que sucede cada vez que hay que seguir a Perón. “No son ni buenos ni malos, son incorregibles”. En algún otro momento, el General Franco despidió al primer trabajador de España; horas después más de un millón de personas fueron a recibirlo a Ezeiza, y minutos después de ese recibimiento se produjo una de las batallas campales más grandes de la historia de este país. Entonces nacen las comparaciones: lo de ayer fue como un extracto de lo de Ezeiza. Los peronistas hacen siempre lo mismo. Nadie puede hacer nada para cambiarlo. Pero volviendo a Borges: si los peronistas no son ni buenos ni malos, sino incorregibles; ¿entonces qué son? ¿Son lo que son y no pueden no-ser? ¿Se acabaría esta manera de “pechar” la realidad si alguien hace desaparecer los restos de los restos de los restos de Juan Domingo Perón?

De ninguna manera.

Otros generales y otros políticos y otros interesados podrían haber hecho mejores cosas con la plata que tuvo este país a mediados del siglo pasado, pero el General nos calzó justo, porque nos brindó las facciones con las que reconocernos en cada gesto, en cada centímetro, en cada posible tramoya o ventaja, en cada estertor de violencia “por las dudas”.

Cada uno de nosotros vive de los restos y el peronismo también, y no podría ser de otra manera. Nosotros vivimos de los restos, y no somos incorregibles ni buenos, sino que somos malos, pura y exclusivamente malos, porque a partir de cada gresca un altísimo número de interesados –que nadie reconoce pero que tampoco nadie objeta– se encarga de aclarar el papel de víctima que siempre nos calza como una media de costuras perfectas. Los 30 mil desaparecidos, según las voces que más se escuchan, eran todos peronistas. Pero quienes los mandaron a aniquilar fueron ellos (nosotros) mismos. Ayer no hubo lucha de ideologías: eran los mismos contra los mismos buscando un lugar para sostener la manija de bronce del cajón de los restos de los restos del General Perón. El primer (el pionero) trabajador.

El peronismo se gesta con los restos. Se gesta en los restos de baba de cada uno que se acuesta a la noche, y en los restos de lo que piensa. Se gesta en los restos de caca que cada argentino deja en el baño, a solas, en el momento más íntimo de la tarde de un domingo. El peronismo se gesta en los restos de la masturbación que ejecuta ese mismo argentino segundos después de hacer caca. En los restos de los pelos que se le caen cuando se baña.

Pero sobre todo, como dijo Cralo, en los restos de las acciones comunes. En lo que sigue al argentino que salió por la ventanilla del auto para tocarle el culo a la mina que paseaba tranquila en bicicleta. En esa risa posterior del tipo, compartida con los amigos, ya metido en el auto. En lo que piensa la chica cuando ese auto se aleja.

1 comentario:

Jaramillo dijo...

¡Póngase un gorila, carajo!

Y sí, señores, vamos que vamos con la oveja que está que ardeeeeeeeeee...