1.3.10

Pequeña reflexión diurna sobre serenatas sin rima

(Para la banda del Cabo Polonio)


“Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad”, escribió y cantó alguna vez Silvio Rodríguez, un domingo en el sillón de cuero de su living (un sillón viejito, individual, bajito y marrón clarito, para comenzar a introducir la rima como néctar de esta intervención). En realidad no sé si fue un domingo, pero quiero creer que sí, que era domingo por la mañana cuando Silvio escribió eso, en primer lugar porque hoy es domingo por la mañana (domingo 28 de febrero, diez horas) y también porque tenemos que ser ubicados: ¿qué otro día de la semana una persona puede levantarse y anotar semejante cosa? Un domingo. No otro. Todos tenemos nuestros muertos acumulados que dan olor, materia y textura a nuestras felicidades momentáneas; los muertos a los que se refiere esa hermosa canción funcionan como fondo de reserva de nuestro Banco Central de la Vida para sostener la parte brillante de las cosas, cuando la hay, eso sí. Y la hay. Ahora pienso que los gramos de felicidad que pesamos día a día no podrían brotar a la luz sin la certeza de nuestros muertos, los de cada uno; el volumen de la felicidad, en ese sentido, es convertible en su mayor dimensión y se desequilibra cuando esa convertibilidad se rompe. Así como alguna vez Carlos y Domingo estipularon la correspondencia entre dólares y pesos para la economía nacional, afirmando en su momento que dentro del Banco Central de la República Argentina había un dólar por cada peso circulando en la calle, nosotros debemos acumular la misma cantidad de muertos en nuestra conciencia para que la divisa circulante, el bien de cambio que utilizamos tanto en la calle como en los sueños como en la cama (la felicidad), se mantenga equilibrado. Gastamos mucha o poca felicidad según nos lo permiten nuestros muertos. Y así como a fines de los noventa nadie creía que dentro del Banco, allí en la calle Reconquista, en el microcentro porteño, había un dólar por cada peso que andaba la calle, a nosotros también se nos complica cuando esa paridad cambiaria no es creíble en el microcentro de las fibras íntimas. Pero como todo corolario de una primera reflexión, debo decir que yo no quería hablar específicamente de esto. Yo quiero hablar sobre este mismo mecanismo de la economía diaria pero aplicado al fútbol, donde los muertos de la felicidad son la materia flexible de las metáforas de la confrontación y también son su resultado, la materia impenetrable de la realidad objetiva. El hincha de fútbol no pide perdón por sus muertos pero los utiliza de igual modo, con igual fruición y necesidad, porque no podría avanzar en el sentimiento repetido de los domingos sin contar con los muertos que se oponen o bien a su resistencia para soportar las derrotas mientras canta (contento) en la tribuna, o bien a sus estados de euforia sonora, cuando los resultados deportivos acompañan y esos muertos configuran el centro de la burla. El hincha depende aún más de los muertos que despide el domingo, los propios y sobre todo los ajenos.

Estas palabras ponen el ojo en la letra de la canción a la que hace referencia el título, pero a partir de acá quiero detenerme en la idea de serenata sin rima. Hoy domingo quiero hacer algunos comentarios sobre las canciones de cancha, y particularmente sobre el talento y la originalidad oculta y poco valorada por la crítica que ostenta una de las hinchadas más importantes del fútbol cordobés (podría decir LA hinchada del fútbol cordobés): la del Club Atlético Belgrano de Córdoba. Cuando llegué a la ciudad, mis amistades tuvieron la posibilidad de fabricar un hincha más a su antojo, porque lo único que tenían que hacer era mostrarme el ambiente de cada cuadro local y allí yo podría decidir, tranquilo, a quien apoyar sin locura, porque ya tengo mi corazón partido al medio. Los primeros meses de mi vida en Córdoba tuve la posibilidad de ver a uno de mis cuadros, el que corresponde a mi aurícula y mi ventrículo derechos: el Club Cipolletti de Río Negro, jugando y perdiendo la final del Argentino A en el barrio de Nueva Italia contra el Racing del diablo Montserrat, la chanchita Albornoz y algún otro muerto vivo de esa época. Allí mismo quedaron sepultadas mis ganas de apoyar al homónimo cordobés de mi otro club del corazón, el Racing Club de Avellaneda. Entonces quedó fuera de discusión el resultado de esa primera experiencia: nunca le pondría un peso encima a los muertos de Racing de Córdoba. Luego, el padre de un amigo me invitó a ver un partido por la Copa Libertadores de América aquí en la ciudad (¡qué raro que suena eso hoy!), que jugaría Talleres contra el América de México: mierda, pedazo de oferta, pensé yo, que nunca me había imaginado semejante nivel de competencia en esta provincia, a cargo de un club supuestamente tan importante, sumado a que sólo conocía de cerca la Copa Libertadores por haber visto perder a Racing en 1997 contra Alianza Lima, en Perú, 4 a 1, dando verdadero asco. Todo por TV, por supuesto: la Copa Libertadores era para mí un producto mediático. Finalmente aquel programa de miércoles por la noche no prosperó porque se solaparon unos compromisos y no pudimos ir a la cancha, y lo bien que habré hecho en no insistir por otro lado, porque después no sólo tuve la posibilidad de ver la tribuna de Talleres desde lejos (como se deben ver las cosas, y más en el fútbol), sino que también puedo analizar el momento actual del club, que en estos días existe porque el aire es gratis y que tiene para rato (para rato en serio) en un torneo que conozco muy bien en su miseria constitutiva: el ya nombrado Argentino A. Con Instituto la experiencia fue negativa y corta (fui con mi cuñado a ver a Racing de Avellaneda, ganamos 1 a 0 con gol de Lisandro López de tijera y nos cagaron a botellazos de Pritty) y ya me queda por último el objeto de este texto, el club Belgrano. Otros amigos sí pudieron rubricar la invitación y me llevaron al estadio mundialista Chateau Carreras a ver un clásico cordobés. Lo interesante de esa primera invitación fue que me olvidé los anteojos, y que el Chateau es el estadio argentino que más lejos tiene las tribunas de la cancha. Una reverenda cagada. Por suerte salió 0 a 0 y me sirvió para mirar las dos hinchadas (estaba en la platea del costado). La de Talleres, una hermosa postal panorámica. La de Belgrano, una fiesta enloquecida del sufrimiento, la derrota afincada en el corazón como combustible de la alegría. La muerte como sangre de la vida. A partir de ese momento fue a ver algunos clásicos más que ganó Belgrano (justo agarró una de esas rachas, con muertos como Mariano Campodónico o el arquero Robinson Zapata alzándose como figuras) y terminé por elegirlos, hasta el momento en que me hicieron vivir el partido más impresionante que pude presenciar en mi vida: el 3 a 3 con Nueva Chicago, definitorio por el ascenso a la primera A que, por supuesto, en ese momento, no prosperó (lo haría unos días después, en Bahía Blanca, al ganar sorpresivamente la llave de la promoción contra Olimpo), aunque la gente terminó aplaudiendo a rabiar a un equipo exhausto y diezmado que había dejado, literalmente, todo en la cancha. Ese partido, en que el también grité y aplaudí, fue suficiente para entender la cosa. Y también me sirvió que uno de mis clubes, Racing, corriera el riesgo de perder la máxima categoría, porque justo le tocó jugar con Belgrano y en el partido de ida, en el Chateau, pude ver desde lejos, en panorámica, a la gente de Belgrano, y hasta pude putearlos, porque yo estaba en la popular de Racing. Así y todo, desde allí mismo, los puteaba como loco pero sentía el cariño que todos estos años de atención me imprimieron en el cuerpo. La hinchada de Belgrano es especial, como la de Racing, y esa noche de promoción lo pude sentir en perspectiva: las dos hinchadas gritaban como locas a pesar de que lo que se estaba jugando eran restos de basura. Finalmente Racing le ganó la llave a Belgrano, pero el espectáculo lo dieron las hinchadas, especialmente la pirata, que tenía más espacio en las tribunas. Por lo tanto, Racing y Belgrano comparten la esencia que les da ese empuje que nunca van a perder: viven de la muerte y convivirán con ella cada minuto que la pelota ruede.

Pero vuelvo a la hinchada, y a las serenatas sin rima. Como bien saben ustedes, las canciones de cancha son un subgénero propio de la música popular, sostenido a partir de la adquisición y robo de temas compuestos por artistas populares (desde Donato y Estéfano a Sergio Denis, pasando por Gilda, Rodrigo, Los Redondos y Vilma Palma e Vampiros) y adaptados a los requerimientos de los que hablaba al principio: el aguante, la resistencia, la burla. Y todo ese mecanismo se ha expandido dentro y fuera de las fronteras nacionales a partir de la rima: algunas hinchadas hasta han forjado una suerte de academia para entrenar a simpatizantes extranjeros que quieran hacer negocios en sus respectivos países con el camuflaje de la pasión por su club, y así les enseñan melodías, tácticas de matonismo y el procedimiento de la rima. No pienso ponerme a contar las sílabas de cada verso para analizar la métrica precisa de las canciones de cancha porque es domingo por la mañana, y porque me guardo el tema por si continúo viviendo de la investigación de acá a unos años, pero sí quiero decir algunas cosas sobre esa cualidad elemental de las canciones de cancha que homogeneízan sus palabras clave para darles una entidad épica y poética al mismo tiempo: ser campeón porque se pone el corazón, poner huevos sin cesar porque esta noche tenemos que ganar, olé olé olé olá cada día te quiero más, oh, soy de Racing (por ejemplo), es un sentimiento (por ejemplo), no puedo parar. La rima es constitutiva de la sinrazón del fútbol, y por transitividad es constitutiva del deporte mismo, como forma de vida. Y por supuesto hay hinchadas ya industrializadas que son especiales por el aparato que han sabido construir, como las de los equipos grandes, pero también está la hinchada de Belgrano, que por cordobesa o por lo que carajo sea se distancia del resto. El jugador número 12, por ejemplo, también llamado hinchada xeneize o bostera, ha sabido escribir en el aire del aliento una de las canciones que más ganas contagia a quien la escucha, por más que no se simpatice con el club: “Vamo Boca vamo, hay que poner más huevo que ganamo, vamo a traer la Copa a la Argentina, la copa que perdieron las gallinas, las gallinas”, con música de Sergio Denis. O el dogma peronista, emotivo y nacional de la hinchada de Racing para cantar su himno: “Desde el este al oeste, y del norte hacia el sur, brillará blanca y celeste la academia el Racing Club. Y la acadé, y la acadé, y la acadé, y la acadé”, con música de Hugo del Carril. Otros ejemplos de rimas compartidas por todos nos atacan cuando se acerca ese mojón de la historia social, económica y política que es el Mundial de Fútbol de la FIFA, y nos hace colgarnos de los bíceps del pasado (exactamente igual que Ricardo Fort) para cantar “volveremo volveremo, volveremo otra vez, volveremo a ser campeones, como en el ochenta y seis”, o la canción que más recuerda y ejecuta el público femenino en días de Mundial, porque también anda en el aire y es fácil: “Vamos vamos, Argentina, vamos vamos, a ganar, que esta barra quilombera, no te deja no te deja de alentar”. Todas son potentes gracias a esa virtud pegadiza, que uno vuelve automática justamente porque ése es su cometido: naturalizar el discurso y memorizarlo, hacerlo una exhalación, un producto vocal de la ausencia de pensamiento.

Pero la hinchada de Belgrano es distinta, como son distintos los tipos que se sientan a escribir canciones priorizando el sentido por sobre la forma, el fruto del intelecto y la emoción del pensar por sobre la técnica, el hecho estético en sí, complejo, inasible, como proceso, por sobre los cánones de las estetización, es decir, el hecho estético de la búsqueda por sobre la noción flaca de lo lindo o lo feo, lo simpático o lo divertido. El hincha de Belgrano, individual o colectivo, también suscribe a este modo de pararse sobre la tierra y enfrentar las vicisitudes cotidianas: el hincha de Belgrano (como el de Racing Club pero cordobés y ocurrente) prioriza la búsqueda del sentido por sobre el resultado final, y metaboliza la experiencia de apoyar a un equipo que no sabe triunfar de verdad por sobre la noción de éxito en sí, tan flaca como la discusión posmoderna popular sobre lo bello. La hinchada de Belgrano es distinta y ha sabido madurar el knock-out repetido sencillamente porque prescinde de la rima. No necesita que las canciones vuelen por el verde césped con la forma esférica de una burbuja de jabón que nace del dispositivo que ofrece un vendedor ambulante, ni necesita que los jugadores que visten la camiseta (los que tienen que transpirar) recuerden la letra como quien recuerda un rezo. Algunas veces sí, pero no hace falta todo el tiempo. Los hacedores del Club Belgrano no necesitan la hegemonía de lo pop, porque son, en el fondo, cantautores: incomprendidos por las cáscaras del mercado de lo bien hecho, autores de culto para los que se alimentan de la tristeza, detractores de la eficacia como noción troncal de la vida. El hincha de Belgrano, suelto como una bandera, canta desde la tribuna una construcción compleja de sentido, que abandona la lógica de la transitividad irracional y en cambio la reemplaza por el rebote de lo denso: “En Jardín Espinosa, viven los puto e Taiere, que a Alberdi, nunca van, porque les tiembla la pera; ahhh, ay ay ay, vo corré como corre Central; ahhh, ay ay ay, sos amigo de la Federal”. A primera vista o sonido nos encontramos con una pieza tradicional, rimada y sin sorpresas, pero ojo: ¿qué pasa con los primeros versos? ¿Se los puede dejar pasar así como así? No. En Jardín Espinosa viven los putos de Talleres, que a Alberdi nunca van porque les tiembla la pera. Esto es más que una declaración, porque incluye, ante todo, la cuestión geo-política: delimitar los barrios es delimitar las fronteras de la dignidad y la militancia, y eso basta, en esta ciudad, para comprender que en Jardín Espinosa la gente no sólo tiene para comer, sino que también tiene para ostentar, mientras que en Alberdi el orden de la cotidianeidad se basa en sacar la silla de tela (antiguas reposeras) a la vereda para ver caer la tarde y saludar a los vecinos. Son dos formas de vida que si intentaran comunicarse a través de dos vasos de plástico, cortarían el hilo. Y luego, por supuesto, la presencia del miedo: según los manuales de composición canónicos, la demostración del miedo podría caber fácilmente en aseveraciones como “van a correr”, o “sos cagón”, o alcahueterías como “ser amigo de la yuta o la Federal”. Sin embargo los cantautores de la hinchada de Belgrano eligen una imagen: el temblar de la pera. La resonancia no se circunscribe a un tiempo en particular: el temblar de la pera comunica escenas de la infancia con íconos de la ficción, los procedimientos de los dibujos animados y los cómics en diálogo con la tragedia, o la pérdida del control del cuerpo. Entonces después sí, se le puede dar a la masa lo que la masa quiere: una rima. Pero antes la convicción se despacha con un engranaje extraordinario, un signo de la diferencia.

Y hay un poco más: la otra noche, en la preferencial que da la espalda a la avenida Colón, en el barrio de Alberdi de la ciudad de Córdoba, mientras Atlético Rafaela metía un poco de presión sobre la defensa celeste, pude cerciorarme de que el ejemplo que acabo de mencionar no es un brillo flotando en el aire, la excepción a la regla: sin duda estamos frente a una política discursiva que se sostendrá por tiempo indefinido, una posición sólida y persistente como el hormigón de las tribunas que se alimenta de todo tipo de estrofas. Con la música de Víctor Heredia, un pilar de la canción popular y, podríamos decir, una bestia salvaje de la entonación, en un momento la hinchada cantó “somos de la gloriosa banda de los piratas, la que va a todas partes, se aguanta los quilombos” y yo casi me caigo de orto, primero por la emoción y la revelación de lo que estaba escuchando, y segundo porque el zaguero izquierdo de Rafaela había metido un cabezazo en el travesaño que obligó a fruncir las válvulas del cuerpo (anos, vulvas, uretras, bocas, ombligos) a todos los presentes. No creo que se trate de una casualidad el hecho de que la melodía en cuestión se titule originalmente “Todavía cantamos”; la premisa es evidente y apunta a permanecer en el tiempo todo lo que el ritual lo permita. Algunos cerebros de la hinchada celeste, en algún sillón cuarteado y marroncito similar al que durante años habrán achatado los integrantes de la trova cubana en casa de Silvio, decidieron en su momento no reemplazar, sino reescribir la letra de una himno de la gente como “Todavía cantamos” para ofrecer en su lugar la potencia avasallante de lo incondicional. Y otra vez la prioridad fue el sentido por sobre la musicalidad: erigir la fibra medular de la resistencia a partir de su trenzado con los filamentos del lugar común. Este último fragmento que menciono juegan a mezclar (coser con palabras) un delgado hilo dorado entre agujas de paja. La construcción, por ejemplo, que gira en torno a la “gloriosa banda” ya ha sido utilizada por infinidad de hinchadas y se constituye sin duda como un cliché, al igual que la noción de “quilombo” y la del movimiento libre que prefigura el fixture: “ir a todas partes”. Pero la receta que lograron con esos ingredientes tan comunes (un menú gourmet, cocina de autor, a partir de la combinación de minutas) se sale del marco: la hinchada que va a todas partes y se aguanta los quilombos no necesita de rankings de canciones pegadizas como los que alguna vez organizaban algunos programas deportivos para expresar la sensación que los une: la incondicionalidad absoluta, a caballo de la fantasía del ascenso. El mensaje es claro: la memoria de todas las batallas juntas, trasladada al presente, exige la prosa fuerte por sobre la dulce presencia de la rima. Al igual que aquellas aristas teóricas que han organizado los hechos de la vida cotidiana en torno a la noción de relato, la hinchada de Belgrano no sólo se escapa de toda fórmula para emitir reflexiones sobre las miserias de los adversarios, sino que también elige contar el devenir de su amor a partir de las coordenadas espacio-temporales de las que nadie escapa. En este sentido, transitar por la vida se puede pensar como el desarrollo incesante de un relato que no augura un final previsible, y según como se organice dicho relato, cualquier intérprete podrá, cuando así lo requiera, recuperar la naturaleza de lo atravesado. En virtud de la producción intelectual de la hinchada celeste, el recorrido que quiero compartir con ustedes en mis pocos años de experiencia reúne el valor suficiente como para dejar sentada esta conclusión: los cantautores del fútbol se asientan en la ciudad de Córdoba.

Ya es hora de que las playas y los fogones aislados en las orillas del continente puedan recoger estas producciones sin necesidad de dar explicaciones a cuanto hippie se halle presente. Ahora no sólo sonarán los clásicos de Serrat, Serrano, Sabina, Rodríguez, Milanés, Gabo Ferro y compañía en las guitarras de las noches estivales, con botellas de ron o vodka como adornos del relajo colectivo. Si otros se animan a seguir este camino de la experimentación (una banquina bien alisada), también habrá de aquí a un tiempo, en los arpegios del mundo sensible, algún indicio de los otros clásicos, los de la tribuna y su resistencia.


* Las negritas me corresponden (o eso quisiera).

1 comentario:

Pepe Comba dijo...

¡¡¡PORQUE TENEMOS LOS HUEVOS QUE LE FALTAN A LA "T"!!!
Abrazo hermano